jueves, 2 de julio de 2009

EL SINDROME DE ACOMODACIÓN AL ABUSO SEXUAL INFANTIL



por Roland C. Summit, M.D.

Resumen: Los niños víctimas de abuso sexual enfrentan un trauma secundario en la crisis de descubrimiento. Sus intentos para reconciliar sus experiencias privadas con las realidades del mundo exterior son asaltados por la incredulidad, la culpa y el rechazo que ellos experimentan de los adultos. Su conducta normal de enfrentarse a los problemas contradice las creencias y expectativas reafirmadas y típicamente sostenidas por los adultos. Los padres, los tribunales y los clínicos estigmatizan al niño con acusaciones de mentir, manipular o ser sugestionable. Dicho abandono por los mismos adultos más cruciales para la protección y recuperación del niño impulsa al niño más profundamente en la culpa, el auto-desdén, la alienación y la revictimización. En contraste, la abogacía por parte de un clínico empático dentro de una red de tratamiento apoyador puede proporcionar credibilidad y respaldo vitales para el niño.

La evaluación de las respuestas de niños normales ante el ataque sexual proporciona una clara evidencia que las definiciones de la sociedad de la conducta “normal” de la víctima son inapropiadas, y sirven a los adultos como aisladores míticos contra el dolor del niño. Dentro de este clima de prejuicio, las opciones de sobre vivencia disponibles para la víctima fomentan la alienación del niño de cualquier esperanza de credibilidad o aceptación externa. Irónicamente, la elección inevitable del niño de las opciones “erróneas” refuerza y perpetúa los mitos perjudiciales.
Las reacciones más típicas de los niños son clasificadas en este artículo como el sindrome de acomodación al abuso sexual infantil. El sindrome está compuesto de cinco categorías, de las cuales dos definen la vulnerabilidad básica de la niñez y, tres son secuencialmente contingentes en la agresión sexual:

(l) el secreto,
(2) el desamparo,
(3) el entrampamiento y acomodación,
(4) la revelación tardía y no convincente, y
(5) la retractación.

El sindrome de acomodación esta propuesto como un modelo simple y lógico a utilizar por los clínicos para mejorar la comprensión y aceptación de la posición del niño en las dinámicas complejas y controvertidas de la victimización sexual. La aplicación del sindrome tiende a desafiar los mitos y prejuicios consolidados, proporcionando credibilidad y defensoría para el niño dentro del hogar y los tribunales, y a través de todo el proceso de tratamiento.
El artículo también proporciona discusión de las estrategias de enfrentamiento de los niños como análogos para los subsiguientes problemas conductuales y psicológicos, incluyendo las implicaciones para las modalidades específicas de tratamiento.
Palabras claves: Abuso Infantil, Abuso sexual, Hostigamiento sexual, Incesto, Victimización, Pedofilia, Defensoría infantil, Testimonio experto, Estrés post-traumático.

INTRODUCCION

El abuso sexual infantil ha estallado dentro de la conciencia pública durante un espacio de tiempo de menos de cinco años. Más de treinta libros (1-34) sobre el tema han aparecido así como un torrente de diarios, revistas y programas de televisión. De acuerdo a una encuesta conducida por Finkelhor (35), casi todos los norteamericanos respondientes recordaban alguna discusión en los medios sobre abuso sexual infantil durante el año anterior.

El mensaje resumido en esta explosión de información es que el abuso sexual de los niños es mucho más común y más dañino para los individuos y para la sociedad de lo que se había reconocido por los clínicos o los cientistas sociales. El soporte para estas afirmaciones proviene de relatos en primera persona y de los hallazgos preliminares de los programas especializados de tratamiento sobre abuso sexual. Hay un comprensible escepticismo entre los cientistas y una resistencia para aceptar tales reclamaciones sin precedente a partir de tales muestras sesgadas. Hay también una contra-afirmación predecible de que en tanto los contactos sexuales del niño con adultos pueden ser relativamente comunes, la invisibilidad de tales contactos prueba que la experiencia para el niño no es uniformemente dañina, sino más bien neutral o aún beneficiosa (20, 36-40). Cuales fueren los méritos de los variados argumentos, debería quedar claro que todo niño que está tratando de enfrentarse con una relación sexualizada con un adulto encara una respuesta incierta y altamente variable de cualquiera sean los recursos personales o profesionales de quienes puedan conseguir ayuda.
La explosión de interés crea nuevos peligros para el niño víctima de abuso sexual, ya que aumenta la probabilidad de descubrir pero fracasa en proteger a la víctima contra los hostigamientos secundarios de un sistema de intervención inconsistente. El niño víctima identificado enfrenta un mundo adulto el cual otorga un reconocimiento a regañadientes a un concepto abstracto de abuso infantil, pero que desafía y reprime al niño quien presenta una demanda específica de victimización. Las creencias adultas son dominadas por una mitología reafirmada y auto-protectiva que pasa por el sentido común. “Todo el mundo” sabe que los adultos deben protegerse a sí mismos de las acusaciones infundadas o vengativas de la gente joven. Persiste una imagen de las adolescentes casaderas realizando peligrosos juegos surgidos de su floreciente fascinación sexual. Lo que todos no saben, y no les gustaría saber, es que la vasta mayoría de acusaciones investigadas se prueban como válidas y que la mayoría de las personas jóvenes tenían menos de ocho años al momento de iniciarse el abuso.
Más que ser calculador o práctico, el niño es más a menudo temeroso, tentativo y confuso acerca de la naturaleza de la experiencia sexual continuada y del resultado de la revelación. Si un adulto razonable y respetable es acusado de conducta perversa y ofensiva por un niño dudoso, turbado emocionalmente, la mayoría de los adultos que escuchan la alegación, culparán al niño. La incredulidad y el rechazo por los cuidadores adultos incrementarán el desamparo, la desesperanza, el aislamiento y la auto-culpa que construye los aspectos más dañinos de la victimización sexual del niño. Al mirar hacia atrás, las víctimas se sentirán más amargadas hacia quienes rechazaron sus súplicas que hacia quien inició las experiencias sexuales. Cuando ningún adulto interviene para reconocer la realidad de la experiencia abusiva o para fijar responsabilidad sobre el adulto ofensor, hay un reforzamiento de la tendencia del niño para tratar con el trauma como un evento intrapsíquico y para incorporar una monstruosa aparición de culpa, auto-culpabilidad, dolor y rabia.
La aceptación y validación son cruciales para la sobrevivencia psicológica de la víctima. Un niño acosado por un padre u otro hombre en el rol de padre y rechazado por la madre está psicológicamente huérfano y casi indefenso contra las múltiples consecuencias nocivas. Por otra parte, una madre que puede defender al niño y protegerlo contra el re-abuso parece conferir al niño el poder de ser auto-aprobatorio y recobrarse con mínimas secuelas (22,41).
Sin la intervención profesional o del grupo de auto-ayuda, la mayoría de los padres no están preparados para creerle a su hijo ante las negaciones convincentes de un adulto responsable. Ya que la mayoría de los adultos, quienes molestan a los niños, emplean una relación amistosa o confiada (8, 22, 49, 50), el niño es puesto a la defensiva por atacar la credibilidad del adulto de confianza, y por crear una crisis de lealtad la cual desafía una resolución confortable. En el momento en que el niño necesita más amor, respaldo y disculpa la figura parental no preparada responde típicamente con horror, rechazo y culpa hacia el niño (22,24).
El profesional en salud mental ocupa un rol central en la crisis de la revelación. Ya que los eventos representados por el niño a menudo son percibidos como increíbles, los cuidadores escépticos recurren a los expertos para una aclaración. En la práctica presente, no es inusual que la evaluación clínica estigmatice a las víctimas legítimas ya sea como confusas o maliciosas. A menudo una evaluación respaldará las quejas del niño y convencerá a los acusadores que la acción criminal es apropiada, en tanto que una evaluación adversaria certificará la normalidad de su defendido y convencerá al juez o al jurado de que el niño miente. En un crimen donde usualmente no hay un testigo ocular de tercera parte y no hay evidencia física, el veredicto, la validación de la percepción del niño de la realidad, la aceptación por los cuidadores adultos y aún la sobrevivencia emocional del niño pueden depender del conocimiento y habilidad del clínico evaluador. Cada clínico debe ser capaz de comprender y articular la posición del niño en el extendido desequilibrio adulto de credibilidad. Sin conciencia de la realidad del niño, el profesional tenderá a reflejar la mitología tradicional y otorgar el sello de autoridad científica para continuar la estigmatización del niño.
El estudio clínico de grandes números de niños y sus padres en casos probados de abuso sexual proporciona contradicciones enfáticas de los puntos de vista tradicionales. Lo que emerge es un patrón conductual típico o un sindrome de variables mutuamente dependientes, lo que facilita la sobrevivencia inmediata del niño dentro de la familia pero lo cual tiende a aislar al niño de la aceptación eventual, la credibilidad o empatía dentro de la sociedad mayor. La mitología y la negación protectiva que rodea al abuso sexual pueden ser vistas como una consecuencia natural tanto de los mecanismos de enfrentamiento estereotípicos de la víctima niño, como de la necesidad de casi todos los adultos para aislarse a sí mismos de las realidades dolorosas de la victimización de la niñez.
El proceso de acomodación intrínsico para el mundo del abuso sexual infantil inspira prejuicio y rechazo de todo adulto quien escoge permanecer lejos del desamparo y el dolor del dilema del niño o de quien espera que el niño pudiera comportarse de acuerdo con los conceptos adultos de auto-determinación y autonomía, de elecciones racionales. Sin una clara comprensión del sindrome de acomodación, los especialistas clínicos tienden a reforzar la creencia confortante que los niños son solo víctimas raramente legítimas del abuso sexual unilateral, y que dentro de las escasas quejas que se hacen visibles, la mayoría puede ser descartado como fantasía, confusión, o un desplazamiento de los propios deseos del niño por poder y conquista seductiva.
El conocimiento clínico del sindrome de acomodación al abuso sexual es esencial para proporcionar una explicación contrajudicial a la conducta de la víctima de otra forma auto-camuflada y auto-estigmatizada.
El propósito de este artículo entonces, es proporcionar un vehículo para una respuesta más sensitiva, más terapéutica para legitimar a las víctimas de abuso infantil y para invitar a una respuesta legal más efectiva, más activa para el niño dentro de la familia y dentro de los sistemas de protección infantil y justicia criminal.

FUENTES Y VALIDEZ

Este estudio es extraído en parte desde suposiciones estadísticamente validadas considerando la prevalencia, la relación de edad y la característica del rol del abuso sexual infantil; y en parte de las correlaciones y observaciones que han emergido como evidentes dentro de una red extendida de programas de tratamiento del abuso infantil y las organizaciones de auto-ayuda. La validez del sindrome de acomodación, como ha sido definido aquí, ha sido probada dentro de un período de cuatro años en la práctica del autor, la cual se ha especializado en consulta comunitaria para diversos programas y profesionales clínicos que tratan el abuso sexual. El sindrome ha producido intensas aprobaciones tanto de profesionales experimentados como de las víctimas, ofensores y otros miembros familiares.
Cientos de simposios de adiestramiento compartidos con especialistas por todos los Estados Unidos y Canadá han llegado a miles de individuos quienes han tenido implicación personal y/o profesional en abuso sexual. La discusión del sindrome típicamente abre las compuertas del reconocimiento de observaciones previamente no consideradas. Los adultos quienes han guardado un secreto avergonzado por toda una vida encuentran autorización para recordar y discutir su victimización de infancia. Los miembros de la familia quienes han desconocido a las víctimas identificadas encuentran una base para la compasión y la reunificación. Los niños aún atrapados en el secreto y en la auto-culpabilidad encuentran esperanza para su protección. Y los profesionales quienes han desestimado las indicaciones de abuso sexual descubren una nueva capacidad para el reconocimiento y el compromiso.
Un sindrome no debería ser visto como un diagnóstico que define y dicta una estrecha percepción de algo tan complejo como es el abuso sexual infantil. Cuando la elección de sexualizar la relación con un niño incluye un amplio espectro de adultos actuando bajo motivaciones y racionalizaciones ampliamente diversas (43), las opciones para el niño son también variables. Un niño que busca ayuda inmediatamente o quien logra intervención efectiva no debería ser descartado como contradictorio, nada más que el sindrome podría ser descartado si éste fracasa en incluir cualquier variante posible. El sindrome representa un denominador común de las conductas más frecuentemente observadas en las víctimas.
En el estado actual del arte la mayoría de las víctimas disponibles para estudio son niñas jóvenes molestadas por adultos hombres confiadas a su cuidado. Las víctimas varones jóvenes son menos frecuentes, al momento de ser más desamparados y aún más estigmatizados que las niñas jóvenes (9, 44, 45).
Debido al rechazo extremo de los hombres para admitir las experiencias de victimización sexual y debido a la mayor probabilidad de un niño de ser molestado por alguien ajeno al núcleo familiar, menos se sabe acerca de posibles variaciones en los mecanismos de acomodación de los varones sexualemte abusados. Parecen reaccionar más exageradamente en varios aspectos del secreto, desamparo, y auto-alienación, lo que lleva a un aislamiento aún mayor de la validación y la aprobación de parte de padres incrédulos y de otros adultos. Existe una suposición casi universal de que un hombre que molesta a un niño debe ser homosexual. Ya que el molestador habitual de niños es raramente atraído por adultos varones (46), él encuentra una rápida disculpa en el examen clínico y en los respaldos de sus conocidos. En tanto que hay alguna capacidad pública para creer que las niñas pueden ser víctimas desamparadas de abuso sexual, existe un repudio casi universal de la víctima niño-varón.
Por razones de brevedad y claridad el sindrome de acomodación al abuso sexual infantil es presentado en este artículo como éste se aplica a la víctima más típica femenina. No hay intento de minimizar ni de excluir las privaciones substanciales de las víctimas masculinas, ni de ignorar la minoría visiblemente pequeña de ofensoras que son mujeres. Una discusión más comprensiva de las variantes del rol dentro de un sindrome extendido es presentada en otra parte (47). En la siguiente discusión el pronombre femenino es usado genéricamente para el niño más bien que el más incómodo el/ella. Esta convención no significa desanimar la aplicación del sindrome de acomodación a las víctimas masculinas.

EL SINDROME DE ACOMODACION AL ABUSO SEXUAL INFANTIL

El sindrome incluye cinco categorías, dos de las cuales son precondiciones para la ocurrencia del abuso sexual. Las tres categorías restantes son contingencias necesarias que se encargan de la creciente variabilidad y complejidad de la experiencia abusiva. Cada categoría refleja una realidad apremiante para la víctima, y representa también una contradicción para las más comunes suposiciones de los adultos.

Las cinco categorías del sindrome son:
1. Secreto
2. Desamparo
3. Entrampamiento y acomodación
4. Revelación tardía, conflictiva y no convincente
5. Retractación


1. Secreto

La iniciación, la intimidación, la estigmatización, el aislamiento, el desamparo y la auto-culpa dependen de una realidad aterradora del abuso sexual infantil: Este ocurre sólo cuando el niño está solo con el adulto ofensor, y jamás debe ser compartido con nadie más.
Virtualmente ningún niño está preparado para la posibilidad de ser molestado por un adulto de confianza; esa posibilidad es un secreto bien guardado aún para los adultos. El niño por lo tanto, queda enteramente dependiente del intruso ante cualquier realidad que sea asignada a la experiencia. De todas las explicaciones inadecuadas, ilógicas, auto-complacientes o auto-protectoras proporcionadas por el adulto, la única impresión consistente y significativa lograda por el niño, es el resultado peligroso y atemorizante basado en el secreto (22, 48). “Este es nuestro secreto; nadie más lo comprenderá”. “No se lo digas a nadie”. “Nadie más te creerá”. “No se lo cuentes a tu mamá; (a) “Ella te va a odiar, (b) ella me odiará (c) ella te matará (d) ella me matará (e) esto la matará (f) ella te echará (g) ella me mandará lejos, o (h) esto destruirá la familia y tú terminarás en un orfanato”, “Si tú se lo cuentas a alguien (a) yo nunca más te querré, (b) yo te daré una tanda, (c) yo mataré a tu perrito, o (d) yo te mataré a ti”.
Ya sea que la intimidación pueda ser gentil o amenazante, el secreto le deja claro al niño que esto es algo malo y peligroso. El secreto es la fuente tanto del temor como de la promesa de seguridad: “Todo va a ir bien, sólo si tú no lo cuentas”. El secreto adquiere proporciones mágicas, monstruosas para el niño. Un preescolar sin conciencia del sexo y aún sin dolor o vergüenza de experiencia sexual en sí misma, será no obstante estigmatizado con un sentimiento de maldad y de peligro a partir del penetrante secreto.
Cualquiera de los intentos del niño por iluminar el secreto será contrarestado por una conspiración de silencio y descrédito por parte del adulto. “No te preocupes de cosas como ésta; eso no podría ocurrir en nuestra familia”, “Los niños buenos no hablan sobre cosas como esas”, “Tío John no te desea ningún daño; esta es su forma de demostrarte cuánto te quiere”, “¿Cómo podías haberte imaginado una cosa tan terrible?”, “No me hagas escuchar cosas como esto nuevamente”.
El niño promedio nunca pregunta y nunca cuenta. Contrario a la expectativa general de que la víctima normalmente podría buscar ayuda, la mayoría de las víctimas en los exámenes retrospectivos nunca le han contado a nadie durante su niñez (22, 42, 49, 50). Los respondientes expresaban temor de que fuesen culpados por lo que había ocurrido o de que una figura parental no sería capaz de protegerlos de la represalia. Muchos de quienes buscaron ayuda informaron que los padres se ponían histéricos o los castigaban o fingían que nada estaba ocurriendo (42).
Sin embargo la expectativa adulta domina el juicio aplicado a las revelaciones de abuso sexual. Cuando el niño no se queja inmediatamente, es dolorosamente aparente para todo niño que ya no hay una segunda oportunidad. “¿Por qué no me lo dijiste?” “¿Cómo pudiste mantener esa cosa en secreto?” “¿Qué estas tratando de ocultar?” “¿Porqué esperaste hasta ahora si esto realmente ocurrió hace mucho tiempo?” “¿Cómo quieres que te crea tan fantástica historia?”.
A menos que la víctima pueda contar con alguna autorización y poder para compartir el secreto y a menos que exista la posibilidad de una respuesta de compromiso, no castigadora para revelar, es muy probable que el niño se gaste toda una vida en lo que viene a ser un exilio auto-impuesto para la intimidad, la confianza y la auto-validación.


2. Desamparo


La expectativa adulta de la auto-protección del niño y la revelación inmediata ignora la subordinación y el desamparo básico de los niños dentro de relaciones autoritarias. Los niños pueden ser autorizados para evitar las atenciones de extraños, pero se les requiere que sean obedientes y cariñosos con cualquier adulto de confianza que los tenga a cargo. Los extraños, los “raros”, los raptores y otros monstruos proporcionan un conveniente contraste tanto para el niño como para los padres contra un riesgo mucho más espantoso e inmediato: la traición de las relaciones vitales, el abandono por parte de los cuidadores confiables y la aniquilación de la seguridad familiar básica. Toda la investigación disponible es notablemente consecuente con una estadística inconfortable: es tres veces más probable que un niño sea molestado por un adulto conocido, de confianza, que por un extraño (9, 42, 44, 50). El riesgo no es del todo remoto. Aún la más conservadora de las encuestas implica que cerca del l0% de todas las mujeres han sido sexualmente victimizadas como niñas por un pariente adulto, incluyendo casi un 2% en que había un hombre comprometido en el rol de padre (42). La última encuesta, y la más representativa, informan una prevalencia de l6% de acoso de parte de parientes. Un total de 4.6% de las 930 mujeres entrevistadas informaron de una relación incestuosa con su padre o una figura paterna (50).
Un corolario para la expectativa de auto- protección es la suposición general que si los niños no se quejan, están actuando dentro de una relación que consienten. Esta expectativa es dudosa aún para la mítica adolescente seductora. Dado la suposición que una adolescente pueda ser sexualmente atractiva, seductora y aún deliberadamente provocativa, debería quedar claro que ningún niño tiene igual poder para decir no a una figura parental o para anticipar las consecuencias del compromiso sexual con un adulto cuidador. Las éticas comunes demandan que el adulto en tal desigualdad, soporte la exclusiva responsabilidad por cualquier actividad sexual clandestina con un menor (51).
En realidad, no obstante, el compañero infantil a menudo no es ni sexualmente atractivo ni seductor en ningún sentido convencional. El estereotipo de la adolescente seductora es un artefacto tanto de la revelación tardía como del adulto predominante que desea definir el abuso sexual infantil dentro de un modelo que se aproxima a la lógica de la conducta adulta.
Nosotros podemos creer que un hombre puede ser normalmente atraído por una niña-mujer en edad casadera. Solo la perversión podría explicar la atracción hacia una niña o un niño no desarrollado, y los hombres involucrados en la mayoría de los acosos sexuales a niños no desarrollados obviamente no están completamente pervertidos. Ellos tienden a ser buenos trabajadores, hombres dedicados a la familia. Ellos pueden ser mucho mejor educados, más respetuosos de la ley y más religiosos que el promedio.
En la medida en que la experiencia clínica se ha incrementado en la intervención sexual infantil, se descubre que la edad de iniciación es aún menor.
En 1979, la edad promedio típica era, sorprendentemente, los prepúberes de nueve años. En 1981, los modelos de entrenamiento financiados federalmente informaron la edad promedio de iniciación como de siete años (52). En el Harborview Rape Crisis Center de Seattle, 25% de los niños presentados para tratamiento tenían cinco años de edad y menos (53).
La realidad predominante para la víctima más frecuente de abuso sexual no es la experiencia de la calle o el patio del colegio, ni tampoco alguna vulnerabilidad a las tentaciones edípicas, sino la intrusión implacablemente progresiva, sin precedente, en actos sexuales por parte de un adulto dominante en una relación unilateral de víctima-perpetrador. El hecho que el perpetrador es a menudo alguien en una posición de confianza y aparentemente cariñosa sólo aumenta el desequilibrio de poder y subraya el desamparo del niño.
Los niños a menudo describen sus primeras experiencias como el despertarse para encontrar a su padre (o padrastro, o compañero de su madre) explorando sus cuerpos con manos o boca. Menos frecuentemente, los niños pueden descubrirse con un pene en su boca o sintiéndolo entre sus piernas. La sociedad le permite al niño un aceptable conjunto de reacciones ante tal experiencia. Al igual que la víctima adulta de violación, la víctima niño se espera que resista por la fuerza, que llore pidiendo ayuda y que intente escapar del acoso. Bajo tales medidas, todo niño falla.
La reacción normal es “jugar al dormido”, esto es fingirse dormido, cambiar de posición o tirar las frazadas. Las criaturas pequeñas simplemente no recurren a la fuerza para manejar una amenaza tan abrumadora. Cuando no tienen donde arrancar, ellos no tienen otra opción que tratar de esconderse. Generalmente, los niños aprenden a enfrentarse silenciosamente con terrores en la noche. Las frazadas de la cama adquieren poderes mágicos contra los monstruos, pero ellas no logran igualar a los vejadores humanos.
Es muy triste escuchar a los niños siendo atacados por abogados defensores y siendo desacreditados por los jurados debido a que ellos han denunciado ser molestados aún admitiendo que ellos no han protestado ni llorado en voz alta. El punto a enfatizar aquí no es tanto el error judicial como lo es el asalto continuo sobre el niño. Si el testimonio del niño es rechazado en tribunales, hay probablemente también un rechazo por parte de la madre y otros parientes que pueden estar ansiosos de restablecer la confianza en el adulto acusado y de etiquetar al niño como malicioso. La experiencia clínica y el testimonio experto pueden proporcionar defensoría para el niño. Los niños son fácilmente avergonzables e intimidados por su desamparo y por su incomodidad de comunicar sus sentimientos hacia los incomprensivos adultos. Ellos necesitan un defensor clínico adulto para traducir el mundo infantil hacia un lenguaje aceptable para el adulto.
El desamparo intrínsico de un niño desentona con el adorado sentido adulto de libre voluntad. Los adultos necesitan una guía cuidadosa para arriesgarse a empatizar con la indefensión absoluta del niño; los adultos han pasado años reprimiendo y distanciándose ellos mismos del horror de la indefensión infantil. Los adultos tienden a menospreciar el desamparo y a condenar quienquiera que se someta muy fácilmente ante la intimidación. Una víctima será juzgada como un cómplice complaciente a menos que la conformidad se haya logrado a través de una fuerza abrumadora o la amenaza de violencia. Se les debe recordar a los adultos que la acción sin palabras o el gesto de un padre es una fuerza absolutamente irresistible para un niño dependiente, y la amenaza de perder el amor o la seguridad familiar es más atemorizante para el niño que cualquier amenaza de violencia.
Los asuntos de voluntad libre y la conformidad no son sólo retórica legal. Es necesario para la sobrevivencia emocional del niño que los cuidadores adultos le den permiso y aprobación ante el desamparo y la no complicidad del abuso. El prejuicio adulto es contagioso. Sin una afirmación terapéutica consistente de inocencia, la víctima tiende a llenarse de auto-alienación y auto-odio. El terapeuta que no insiste en la protección del niño, invita y permite las vejaciones sexuales.
Tanto en terapia como en tribunales, es necesario que un abogado por el niño reconozca que sin importar las circunstancias, el niño no tiene elección más que someterse pasivamente y mantener el secreto. No importa si la madre estaba en la pieza del lado o si los hermanos estaban dormidos en la misma cama. Mientras más ilógica e increíble pudiera ser para los adultos la escena de abuso, es más probable que la descripción penosa del niño sea válida. Un padre cariñoso no podría actuar lógicamente como el niño lo describe; si no hay nadie más, parece increíble que él pudiera asumir tan llamativos riesgos. Este análisis lógico contiene al menos dos ingenuas suposiciones: (1) el acoso es sensato y (2) es riesgoso. El acoso hacia un niño no es un gesto sensato de cariño, sino una búsqueda desesperada, compulsiva de aceptación y sumisión (54). El riesgo de ser descubierto es muy pequeño si el niño es lo suficientemente chico y si hay una relación establecida de autoridad y afecto. Los hombres quienes buscan a niños como compañeros sexuales descubren rápidamente algo que resulta increíble para los adultos menos impulsivos: los niños dependientes son impotentes para resistir o quejarse.
Una carta a Ann Landers (célebre consejera en los diarios americanos) ilustra muy bien el secreto continuamente desamparado y penetrante asociado con el abuso incestuoso:
Querida Ann:
La semana pasada mi hermana mayor de 32 años me contó que ella había sido molestada sexualmente por nuestro padre desde los 6 a los 16 años. Yo quedé aturdida debido a que por 20 años yo había mantenido el mismo secreto. Ahora tengo 30 años. Nosotras decidimos contarlo a nuestras tres hermanas, todas en los 20 años. Resultó que nuestro padre había molestado sexualmente a todas y cada una de nosotras. Todas pensamos que habíamos sido la única en sufrir esta humillación, una fea experiencia, y estábamos demasiado avergonzadas y atemorizadas para contarlo a alguien, así es que todas mantuvimos la boca cerrada.
Papá tiene ahora 53 años. Al mirarlo, tú podrías pensar que es el papá de todos los norteamericanos. Mamá tiene 51 años. Ella podría haber muerto si hubiese tenido alguna idea de lo que él estaba haciendo con sus hijas todos estos años (55).

3. Entrampamiento y Acomodación

Para el niño que está dentro de una relación de dependencia en la relación sexual, el acoso no es típicamente de una sola ocurrencia. El adulto puede estar atormentado por los remordimientos, la culpa, el temor y las resoluciones de detenerse, pero la cualidad prohibida de la experiencia y la inesperada facilidad de realización parecen invitar a la repetición. Tiende a desarrollase un patrón compulsivo, adictivo el cual continúa ya sea hasta que el niño alcanza autonomía o hasta que el descubrimiento o la prohibición forzada se impone sobre el secreto.
Si el niño no busca o si no recibe una intervención protectiva inmediata, no hay otra opción para detener el abuso. La única opción saludable que le queda al niño es aprender a aceptar la situación y sobrevivir. No hay camino, ni lugar para arrancar. El niño saludable, normal, emocionalmente resiliente aprenderá a acomodarse a la realidad de abuso sexual que continúa. Existe el desafío de acomodación no sólo ante las demandas sexuales que van escalando, sino ante una creciente consciencia del engaño y la objetificación por parte de alguien quien es ordinariamente idealizado como una figura parental querida, protectiva, altruísta. Mucho de lo que es eventualmente denominado como psicopatología adolescente o adulta puede ser rastreada desde las reacciones naturales de un niño saludable a un medio ambiente pariental profundamente anormal e insano. La dependencia patológica, el auto-castigo, la auto-mutilación, la reestructuración selectiva de la realidad y las personalidades múltiples para nombrar unos pocos, representan los vestigios habituales de las habilidades de sobrevivencia dolorosamente aprendidas durante la infancia. Al tratar con los mecanismos de acomodación del niño o con las cicatrices vestigiales del sobreviviente adulto, el terapeuta debe tener cuidado en evitar el reforzamiento de un sentimiento de maldad, inadecuación o de locura al condenar o estigmatizar los síntomas.
El niño enfrentado ante una continua victimización por desamparo debe aprender de alguna forma a lograr un sentimiento de poder y control. El niño no puede conceptualizar con seguridad que un padre puede ser despiadado y autosirviente: una conclusión de este tipo es equivalente al abandono y la aniquilación. La única alternativa aceptable para la niña es creer que ella ha provocado los encuentros penosos, y esperar que aprendiendo a ser buena, ella puede ganar el amor y la aceptación. La suposición desesperada de responsabilidad y el fracaso inevitable de obtener alivio establece el fundamento para auto-odiarse y lo que Shengold describe como un corte vertical en la prueba de realidad.
Si el mismo padre es quien abusa y es experienciado como malo debe ser transformado para aliviar la desdicha que el ha ocasionado, entonces la niña debe, como una necesidad desesperada, registrar al padre –ilusoriamente- como bueno. Solo la imagen mental de un buen padre puede ayudar a la niña a tratar con la intensidad aterradora de temor y rabia, el efecto de las experiencias atormentantes. La alternativa -la mantención de estimulación abrumadora y de una mala imagen del padre - significa la aniquilación de la identidad, del sentimiento de si misma. De manera que lo malo deber ser registrado como bueno. Esta es una defensa emocional y una operación de fragmentación de la mente (56).
El uso de Shengold de la palabra “ilusoriamente” no supone un proceso psicótico o un defecto en la percepción, sino más bien la habilidad práctica para reconciliar realidades contradictorias. Como él continúa más tarde en la misma página:
Yo no estoy describiendo la esquizofrenia… pero el establecimiento de divisiones aisladas de la mente que proporcionan el mecanismo para un patrón en el cual imágenes contradictorias del yo y de los padres no se les permite unirse (Esta división vertical comportamentalizada trasciende las categorías diagnósticas; Estoy deliberadamente evitando meterme en las formaciones patológicas correlacionables de Winnicott, Kohut y Kernberg) (56).
El padre sexualmente abusivo proporciona ejemplo gráfico e instrucción en cómo ser buena, esto es, la niña debe estar disponible sin queja para las demandas del padre. Hay una promesa explícita o implícita de recompensa. Si ella es buena y si guarda el secreto, ella puede proteger a sus hermanos del compromiso sexual (“Es buena cosa que yo pueda contar contigo para amarte; de otra manera tendría que recurrir a tu hermana chica”), proteger a su madre de la desgracia (“Si tu madre lo descubre, podría matarla”), proteger a su padre de la tentación (“Si yo no pudiera contar contigo, tendría que frecuentar los bares y buscar otras mujeres”), y más vitalmente, preservar la seguridad del hogar (“Si alguna vez lo cuentas, ellos podrían enviarme a la cárcel o poner a todos los chicos en un orfanato”).
En la inversión de roles clásica del abuso sexual, a la niña se le da el poder para destruir la familia y la responsabilidad de mantenerla junta. La niña, no el padre, debe movilizar el altruismo y auto-control para asegurar la sobrevivencia de los otros. La niña, en resumen, debe asumir secretamente muchas de las funciones del rol ordinariamente asignado a la madre.
Hay una división inevitable de los valores morales originales. Sostener una mentira para mantener el secreto es la virtud última, en tanto que contar la verdad podría ser el más grande pecado. Una niña así victimizada parecerá aceptar o buscar el contacto sexual sin quejarse.
Ya que la niña debe estructurar su realidad para proteger al padre, ella también descubre los medios para construir áreas de sobre vivencia donde pueda encontrar alguna esperanza de bondad. Ella puede volverse hacia compañeras imaginarias para resguardarse. Ella puede desarrollar personalidades múltiples, asignando desamparo y sufrimiento a una personalidad mala, rabia a otra, poder sexual a otra, amor y compasión a otra, etc. Ella puede descubrir estados alterados de conciencia para cortar el dolor o para disociarse de su cuerpo como si buscase una distancia. Los mismos mecanismos que permiten la sobre vivencia psíquica para la niña, se convierten en desventajas para la integración psicológica efectiva como persona adulta.
Si la niña no puede crear una economía psíquica para reconciliar el ultraje continuo, la intolerancia del desamparo y el sentimiento creciente de rabia buscarán una expresión activa. Para la niña esto a menudo conduce a la auto-destrucción y el reforzamiento del odio a sí misma; típicas son la auto-mutilación, la conducta suicida, la actividad sexual promiscua y las huidas del hogar repetidas. Ella puede aprender a explotar al padre por favores, privilegios y recompensas materiales, reforzando su auto-castigada imagen como “prostituta” en el proceso.
Ella puede pelear con sus padres, pero probablemente su mayor ira se focaliza sobre su madre, a quien ella culpa por abandonarla a su padre. Ella supone que su madre debe saber del abuso sexual, y que es demasiado descariñada o demasiado poco afectiva para intervenir. Por último, la niña tiende a creer que ella está tan intrínsicamente podrida que nunca ha sido digna de cariño. El fracaso del vínculo madre-hija refuerza la desconfianza de la jovencita hacia sí misma como una mujer, y la hace completamente dependiente de la patética esperanza de ganar aceptación y protección con un hombre abusivo.
Para muchas víctimas de abuso sexual, la rabia incubada sobre años de fachada, de enfrentamiento y de frustración, falsifica los intentos de intimidad, solo para reventar como un patrón de abuso contra la generación siguiente. La conducta imperfecta no gratificante de la niñita, y la difusión de los límites del ego entre el padre y la niña, invita a la proyección de lo malo introyectado y proporciona una salida recta, impulsiva para la ira expresiva.
La víctima masculina de abuso sexual con mayor probabilidad vuelve su rabia hacia afuera en conducta agresiva y antisocial. El es aún más intolerante de su desamparo que la víctima femenina, y más tendiente a racionalizar que está explotando la relación para su propio beneficio. El puede aferrarse tan tenazmente a una relación idealizada con el adulto que lo mantiene fijado a un nivel preadolescente en su elección de objeto sexual, como si estuviese tratando de mantener vivo el amor con una interminable sucesión de muchachitos. Varias mezclas de depresión, violencia contrafóbica, misoginia (nuevamente, la madre es vista no preocupada y no protectora), acoso infantil y violación parecen ser el legado de la rabia generada en el muchacho sexualmente abusado (45).
El abuso de substancias es una invitante vía de escape para la víctima de ambos géneros Como Myers recuerda: “Drogado, yo podría ser cualquier cosa que yo quisiera ser. Podría construir mi propia realidad: podría ser hermosa, tener una buena familia, un padre agradable, una madre fuerte, y ser feliz... el beber tiene un efecto opuesto al de las drogas... la bebida me devuelve a mi dolor; me permite experienciar mi herida y mi rabia” (57).
Vale la pena restablecer que todos estos mecanismos de acomodación- el martirio doméstico, la ruptura de la realidad, la consciencia alterada, el fenómeno histérico, la delincuencia, la sociopatía, la proyección de la rabia, aún la auto-mutilación - son parte de las habilidades de sobrevivencia de la niña. Ellos pueden ser superados sólo si la niña puede llegar a confiar en un ambiente seguro, el cual pueda proporcionar consistencia, aceptación no contingente y cuidado. En el intertanto, cualquiera que trabaje terapéuticamente con la niña (o la víctima crecida, aún trastornada) puede ser probado y provocado para mostrar que la confianza es imposible (22) y que la única realidad segura son las expectativas negativas y el odio hacia sí misma. Es demasiado fácil para el aspirante a terapeuta unirse a los padres y a toda la sociedad adulta para rechazar a una niña así, observando los resultados del abuso para suponer que tal “pícara imposible” debe ser interrogada y que merece cualquier tipo de castigo ocurrido, si en realidad el problema total no es una fantasía histérica o vengativa.

4. Revelación Tardía, Conflictiva y No Convincente

La mayor parte del abuso sexual en desarrollo nunca es revelado, al menos fuera de la familia inmediata (8, 22, 49, 50). Los casos tratados, informados o investigados son la excepción, no la norma. La revelación es una consecuencia ya sea de un conflicto familiar arrollador, el descubrimiento incidental por una tercera parte, o el resultado de la educación de la comunidad por parte de las agencias de protección.
Si el conflicto familiar gatilla la develación, esto es usualmente después de algunos años de continuo abuso sexual y de algún quiebre eventual en el mecanismo de acomodación. La víctima de abuso incestuoso tiende a permanecer en silencio hasta que ella llega a la adolescencia, cuando se hace capaz de demandar una vida más independiente para sí misma y desafiar la autoridad de sus padres. La adolescencia hace también que el padre se torne más celoso y controlador, tratando de secuestrar a su hija contra los “peligros” de las amistades o del mundo exterior. Los efectos corrosivos de la acomodación parecen justificar cualquier extremo en el castigo. ¿Qué padres no impondrían restricciones severas para controlar las fugas del hogar, el abuso de drogas, la promiscuidad, la rebelión y la delincuencia?
Después de una pelea en una familia especialmente castigadora y de un enfrentamiento despreciable de autoridad por parte del padre, la niña finalmente es dominada por la rabia para seguir con el secreto. Ella busca comprensión e intervención al mismo tiempo que tiene mínima probabilidad de conseguirlo. Las autoridades están alienadas por el patrón de delincuencia y rebelión airada expresada por la niña. La mayoría de los adultos confrontados con una historia así tienden a identificarse con los problemas de los padres al tratar de enfrentarse con una quinceañera rebelde. Ellos observan que la chica parece más furiosa respecto al castigo inmediato que acerca de las atrocidades sexuales que ella está alegando. Ellos suponen que no es verdad tan fantástica denuncia, especialmente ya que la niña no se quejó años antes cuando ella reclama fue vejada por la fuerza. Ellos presumen que ha inventado la historia en desquite a los intentos de su padre de lograr un control y disciplina razonables. Mientras más irrazonable y abusivo es el castigo disparado, es mayor la suposición de que la niña estaría haciendo algo para irse, aún hasta el punto de incriminar falsamente al padre.
A menos que estén específicamente entrenados y sensibilizados, los adultos promedio, incluyendo madres, parientes, profesores, consejeras, doctores, psicoterapeutas, investigadores, acusadores, abogados de defensa, jueces y jurados, no pueden creer que una niña normal, sincera podría tolerar el incesto sin denunciarlo inmediatamente, o que un padre aparentemente normal pudiera ser capaz de vejaciones sexuales repetidas e indiscutidas a su propia hija. La niña de cualquier edad enfrenta a una audiencia incrédula cuando ella se queja de abuso sexual en curso. La adolescente aproblemada, furiosa arriesga no solo no ser creída, sino también ser el chivo expiatorio, la humillación y el castigo.
No todas las adolescentes denunciantes parecen furiosas y no confiables. El patrón alternativo de acomodación existe en el cual la niña tiene éxito en esconder cualquier indicación de conflicto. Una niña así puede ser inusualmente talentosa y popular, ansiosa de agradar tanto a sus profesores como a sus compañeras.
Cuando la estudiante afamada o el capitán del equipo de fútbol trata de describir la historia de compromiso sexual en curso con un adulto, la reacción es de lo más incrédula, “¿Cómo podría ocurrirle una cosa así a una jovencita tan agradable?” “Nadie tan talentosa y bien ajustada podría estar involucrada en algo tan sórdido.” Obviamente, esto no sucedió o, si fue así, ciertamente no daño a la niña.
De manera que no hay causa real para quejarse. Ya sea que la niña es delincuente, hipersexual, contrasexual, suicida, histérica, psicótica, o perfectamente ajustada, y sea que la niña está furiosa, evasiva o serena, el afecto inmediato y el patrón de ajuste de la niña será interpretado por los adultos para invalidar la queja de la niña.
Contrario al mito popular, la mayoría de las madres no tiene consciencia del abuso sexual en curso. El matrimonio demanda una confianza ciega considerable, y negación para la sobrevivencia. Una mujer no confía su vida y su seguridad a un hombre a quien cree capaz de acosar a sus propios niños. Los indicios “obvios” sobre el abuso sexual son generalmente obvios solo en retrospectiva. Nuestra suposición de que la madre “debe saber” meramente se compara a la demanda de la niña de que la madre debe estar en contacto intuitivo con el disconfort deliberadamente oculto de la familia.
Típicamente, la madre reacciona ante las alegaciones de abuso sexual con incredulidad y negación protectora. ¿Cómo podía ella no haberlo sabido? ¿Cómo podía la niña esperar tanto para contárselo? ¿Qué clase de madre podía permitir que ocurriese una cosa así? ¿Qué podrían pensar los vecinos? Cómo alguien que es substancialmente dependiente de la aprobación y generosidad del padre, la madre en el triángulo incestuoso está confrontada con un dilema de división mental análoga a la de la niña abusada. Ya sea que la niña es mala y merece el castigo o que el padre es malo e injustamente castigador. Uno de ellos está mintiendo y es indigno de confianza. La seguridad total de la madre, su ajuste vital y mucho de su sentido de autovalía adulta demanda una confianza en la seriedad de su compañero. El aceptar la alternativa significa la aniquilación de la familia y un gran trozo de su propia identidad. Su temor y ambivalencia son reafirmados por el desafío lógico del padre, “¿Le vas a creer a esa marrana chica mentirosa?”, “¿Puedes creer que yo podría hacer tal cosa?, ¿Cómo algo como eso podría haber estado ocurriendo en tus propias narices por años? Tu sabes que no podemos confiar en ella si está lejos de nuestra mirada. Justo cuando estábamos tratando de restringirla y le di un pequeño refregón, ella vuelve con una historia ridícula como ésta. Esto es lo que he logrado por tratar de mantenerla alejada de los problemas.”
De la minoría de los secretos de incesto que son revelados a la madre o descubiertos por la madre, muy pocos son subsiguientemente informados a las agencias de protección(50). La madre no creerá en la queja o tratará de negociar una resolución dentro de la familia. Ahora que se requiere a profesionales de informar cualquier sospecha de abuso infantil, un número creciente de quejas son investigadas por las agencias protectivas. Los investigadores de la policía y las trabajadoras de los servicios de protección con probabilidad darán crédito a la queja, en cuyos casos todos los niños pueden ser recogidos inmediatamente dentro de custodia protectiva hasta que el tribunal de menores tome una decisión en la audiencia de dependencia. En la continua paradoja de un sistema judicial dividido, el juez del tribunal juvenil probablemente sustanciará una colocación fuera de la familia ante “la preponderancia de la evidencia” de que la niña está en peligro, en tanto que aún no se han formalizado cargos en el tribunal del crimen, el cual podría considerar la responsabilidad criminal del padre. Los abogados saben que el testimonio no corroborado de una niña no condenará a un adulto respetable. La prueba en la corte criminal requiere prueba específica “más allá de una duda razonable”, y todo miembro del jurado razonable tendrá razón en dudar de las fantásticas acusaciones de una niña. Los acusadores se resisten a someter a la niña al humillante examen cruzado justo cuando ellos están poco dispuestos a entablar demandas en casos que ellos no pueden ganar. Por lo tanto, ellos rechazan típicamente la denuncia sobre la base de evidencia insuficiente.
Los molestadores fuera de la familia son también efectivamente inmunes de incriminación si ellos tienen algún grado de prestigio. Aún si varias niñas se han quejado, su testimonio será acusado de discrepancias triviales en sus relatos, o por el contracargo de que las niñas eran conspiradoras intencionadas y seductoras.
La ausencia de cargos criminales es equivalente a una convicción de perjurio contra la víctima. “Un hombre es inocente hasta que se pruebe su culpabilidad”, dicen los parientes que protegen al adulto “La niñita reclamaba haber sido molestada pero no hay nada de ello. La policía investigó y ellos aún no han formulado cargos”. A menos que haya un abogado experto para la niña en el tribunal del crimen, la niña probablemente será abandonada como el custodio desamparado de un secreto auto-incriminatorio que ningún adulto responsable puede creer.
El psiquiatra u otros consejeros especialistas tienen un papel crucial en la detección temprana, la intervención de tratamiento y la defensoría experta en la corte. El especialista debe ayudar a movilizar a los cuidadores escépticos hacia una posición de creencia, aceptación, apoyo y protección para la niña. El especialista primero debe ser capaz de asumir la misma posición. La consejera que aprende a aceptar el secreto, el desamparo, la acomodación y la revelación retrasada aún puede ser alienada por el quinto nivel del sindrome de acomodación.

5. Retractación

Sea lo que fuere que una niña diga acerca del abuso sexual, ella probablemente lo cambiará totalmente. Por debajo de la rabia, de la revelación impulsiva, permanece la ambivalencia de culpa y la obligación martirizada de preservar la familia. En la caótica consecuencia de la develación, la niña descubre que los temores y amenazas que subyacen al secreto son ciertas. Su padre la abandona y la califica de mentirosa. Su madre no le cree o se descompensa dentro de la histeria y la ira. La familia es separada y todos los niños son puestos en custodia. El padre es amenazado con desgracia y prisión. La niña es culpada por causar esta confusión total, y todos parecen tratarla como una rareza. Ella es interrogada acerca de todos los detalles indignos, y animada a incriminar a su padre, aunque éste permanece intocable, manteniéndose en el hogar, en la seguridad de la familia. Ella es mantenida en custodia con ninguna esperanza aparente de retornar al hogar, y la petición de dependencia es sustentada.
El mensaje desde la madre es muy claro, a menudo explícito, “¿Porqué insistes en contar esas horrorosas historias sobre tu padre? Si tú lo mandas a prisión, nunca más seremos una familia. Nos suspenderán el bienestar y no tendremos donde estar ¿Eso es lo que tú quieres hacernos?”.
Una vez más, la niña sostiene la responsabilidad ya sea de preservar o de destruir la familia. La inversión de roles continúa con la “mala” elección de contar la verdad y la “buena” elección de capitular y restaurar una mentira por el bien de la familia.
A menos que haya un apoyo especial para la niña y una intervención inmediata para forzar la responsabilidad del padre, la niña seguirá el curso “normal” y se retractará de su denuncia. La chica “admite” que inventó la historia. “Me volví loca con mi padre por castigarme. El me golpeó y me dijo que nunca más volvería a ver a mi pololo. Por años he estado realmente mal y nada parece haberme mantenido fuera de problemas. Mi papá tenía mucha razón para enojarse conmigo. Pero me volví loca y tenía que buscar la forma de arrancar de ese lugar. Así es que inventé esta historia de que el se andaba haciendo el tonto conmigo y todo. Yo no quería meter a nadie en tanto problema”.
Esta simple mentira tiene más credibilidad que las quejas más explícitas de entrampamiento incestuoso. Ella confirma las expectativas adultas de que no se puede confiar en las niñas. Ella restaura el equilibro precario de la familia. Los niños aprenden a no quejarse. Los adultos aprenden a no escuchar, y las autoridades aprenden a no creerle a los niños rebeldes quienes tratan de utilizar su poder sexual para destruir.

DISCUSION

Debería ser obvio que, dejado sin poner a prueba, el sindrome de acomodación al abuso sexual tiende a reforzar tanto la victimización de los niños como la complacencia e indiferencia de la sociedad ante las dimensiones de esa victimización. Debería ser obvio para los clínicos que el poder de desafiar y de interrumpir el proceso de acomodación lleva un potencial sin precedente para la prevención primaria del dolor e incapacidad emocional, incluyendo una interrupción en la cadena intergeneracional del abuso infantil.
Lo que no es tan obvio es que los especialistas en salud mental puedan estar más escépticos de los informes de abusos sexuales y más vacilantes de comprometerse ellos mismos como abogados de los niños que muchos otros profesionales menos específicamente entrenados. Las relaciones aparentes de causa-efecto y el énfasis sobre las intrusiones unilaterales por adultos poderosos pueden parecer ingenuas y regresivas a alguien entrenado en dinámicas familiares más sofisticadas, donde los hechos son vistos como un equilibro de necesidades y provocaciones dentro del sistema como un todo (58). Freud representó una tendencia a partir del concepto víctima-ofensor hacia un punto de vista más universal e intelectualmente aceptable en 1897 cuando él renunció a su propia teoría de seducción infantil de la histeria por la tesis de seducción infantil del complejo de Edipo (l6, 59-61). Aún si un número substancial de descripciones de victimización sexual se prueban como válidas, ¿cómo pueden ellas ser distinguidas de aquellas que deberían ser tratadas como fantasía o engaño? Rosenfeld (62) ha tratado estas cuestiones en un sentido general pero persiste una incertidumbre molestosa.
La víctima de abuso infantil está en una posición algo análoga a lo que estaba la víctima adulta de violación en l974. Sin una comprensión clínica consistente del clima psicológico y los patrones de ajuste de la violación, se presumía que las mujeres eran provocativas y substancialmente responsables por invitar o exponerse ellas mismas al riesgo de ataque. El hecho que la mayoría de las mujeres prefieren no informar su propia victimización solo confirmó la sospecha no puesta a prueba de que ellas tenían algo que ocultar. Aquellas quienes la informaron a menudo se arrepintieron de su decisión por cuanto que ellas se encontraron sujetas a repetidos ataques sobre su reputación y credibilidad.
El cambio para las víctimas adultas vino con la publicación de un artículo famoso en la literatura clínica durante una época de protesta levantada por el movimiento femenino. El Síndrome de Trauma de Violación de Burgess y Holmstrom apareció en l974 (63). Este proporciona guías para el reconocimiento y manejo de las secuelas psicológicas traumáticas y estableció una secuencia lógica de la vergüenza de la víctima, la propia culpa y el secreto que típicamente camuflan el ataque. Su publicación inició lo que probó ser una tendencia hacia una recepción más simpática de las víctimas de violación tanto en las clínicas como en los tribunales.
Una recepción similar es hace tiempo anhelada para las víctimas juveniles (24). Irónicamente, el mismo estudio clínico que definió el trauma de violación condujo a los autores a describir un conjunto relacionado de situaciones observadas en niños tratados dentro del Programa de Consejería de Víctimas del Hospital de Boston. El Trauma Sexual de Niños y Adolescentes: Presión, Sexo y Secreto fue publicado en l975 (64). El primer párrafo concluye: “Las reacciones emocionales de las víctimas resultan de haber sido presionadas hacia actividad sexual y de la tensión añadida de mantener este secreto”.
La narrativa describe los elementos de desamparo y la presión para mantener el secreto. El temor del rechazo y la incredulidad esta documentado por patéticas viñetas clínicas, como lo están varios mecanismos de acomodación y los efectos traumáticos de la develación no apoyada. La discusión desafía estudios anteriores que indicaban una participación voluntaria o seductora.
Al revisar nuestros datos sobre víctimas infantiles y adolescentes, hemos tratado de evitar las formas tradicionales de ver el problema y en su lugar describir, desde el punto de vista de la víctima, las dinámicas implicadas entre el ofensor y la víctima, considerando los temas de incapacidad para consentir, la conducta adaptativa, el secreto, y la revelación del secreto.... Nuestros datos claramente indican que un sindrome de reacción de síntoma es el resultado de presión para mantener el secreto de la actividad así como el resultado de la revelación… Se puede especular que hay muchas niñas con reacción silenciosa ante el trauma sexual. La niña que responde a la presión arreglándoselas con la actividad sexual con adultos puede ser vista como mostrando una respuesta adaptativa para sobrevivir en su ambiente (65).
Si ha habido una despertada protesta por la protección de niños en 1975, las observaciones de vanguardia de Burgess y Holmstrom pueden haber marcado un cambio hacia una recepción más comprensiva de la victimización infantil. Ya que la defensoría infantil sufre en competencia con los intereses adultos, ha habido una evolución más bien que una respuesta revolucionaria dentro de los campos clínicos y judiciales. Es, por lo tanto, apropiado recordar el sindrome de trauma de violación como un modelo para aumentar la sensibilidad de los consejeros y de los profesionales legales, y para reformular el trauma sexual en los niños y adolescentes vistos luego de ocho años adicionales de la experiencia de múltiples agencias a través de la nación.

CONCLUSION

El abuso sexual de niños no es un fenómeno nuevo, aunque sus verdaderas dimensiones están emergiendo solo a través del conocimiento y estudio recientes. Los niños han estado sujetos a la vejación, la explotación y la intimidación por supuestos cuidadores a través de toda la historia (66). Lo que más está cambiando en nuestra generación presente es la sensibilidad para reconocer la explotación, para identificar las evidentes inequidades en las calidades parentales de familias aparentemente adecuadas, y para descubrir de que tales desigualdades tienen un impacto substancial en el desarrollo del carácter, la integración de la personalidad y el bienestar emocional de los niños abusados.
Freud no podía encontrar precedente en 1897 de algún número de padres respetables que victimizaban a sus niños. “Entonces existía la cosa asombrosa de que en cada caso, la culpa descansaba en actos perversos del padre, y la comprensión de la inesperada frecuencia de histeria, en cada caso de los cuales se aplicaba lo mismo. Resultaba difícilmente creíble de que los actos perversos en contra de los niños fueran tan generalizados.” (67)
En los años ochenta (1980) ya no podemos permitirnos ser incrédulos acerca de las realidades básicas del abuso infantil. El creciente cuerpo de literatura emanado del artículo ahora clásico, El Sindrome del Niño Golpeado (68), publicado en 1962 por el Dr. Henry Kempe, da un amplio precedente y una perspectiva de 20 años para el reconocimiento cierto de que los actos pervertidos contra los niños son, en efecto, tan generales.
En 1975, Sgroi llamó la ofensa sexual como la última frontera en el abuso infantil. Este médico estaba ya en una posición para identificar la mala disposición de muchos clínicos para aceptar el problema (69).
El reconocimiento de la ofensa sexual en un niño es enteramente dependiente de la buena voluntad inherente del individuo de abrigar la posibilidad de que la condición pueda existir. Desafortunadamente, la buena voluntad para considerar el diagnóstico de ofensa sexual sospechada frecuentemente puede variar en una proporción inversa al nivel de entrenamiento del individuo. Esto es, mientras más avanzado el entrenamiento de alguien, menos dispuesto se encuentra ante la ofensa sospechada.
Es urgente en los intereses tanto de tratamiento y de defensoría legal y por razones de prevención primaria, secundaria y terciaria de diversas incapacidades emocionales, que los clínicos en cada campo de las ciencias conductuales estén más concientes del abuso sexual infantil. Es contraterapéutico e injusto exponer a las víctimas legítimas a evaluaciones o tratamiento por terapeutas que no pueden sospechar o “creer en” la posibilidad de una victimización unilateral de los niños por adultos aparentemente normales.
El sindrome de acomodación del abuso sexual es derivado de la experiencia colectiva de docenas de centros de tratamiento de abuso sexual, al tratar con miles de informes o denuncias de victimización adulta de niñitos. En la vasta mayoría de esos casos, el adulto identificado clama una total inocencia o admite solo intentos bien intencionados, triviales de “educación del sexo”, juego de lucha, o cercanía cariñosa. Después de un tiempo en tratamiento, los hombres casi invariablemente conceden que la niña había dicho la verdad. De los niños a los que se consideró haber mal representado sus quejas, la mayoría había buscado subestimar la frecuencia o duración de las experiencias sexuales, aún cuando los informes fueron hechos con rabia y en una aparente represalia contra la violencia y la humillación. Muy pocos niños, no más de dos o tres por mil, han buscado alguna vez exagerar o inventar denuncias de acoso sexual (70). Ha llegado a ser una máxima entre los consejeros e investigadores en la intervención de abuso sexual infantil que los niños nunca fabrican los tipos de manipulación sexual explícita que ellos divulgan en denuncias o en interrogaciones (8).
El clínico con una comprensión del sindrome de acomodación al abuso sexual infantil ofrece al niño un derecho de igualdad con lo adultos en la lucha por credibilidad o abogacía. Ni la víctima, el ofensor, la familia, la siguiente generación de niños en esa familia, ni el bienestar de la sociedad como un todo se pueden beneficiar con la continuación del secreto y la negación del abuso sexual en curso. El ofensor que protege una incómoda posición de poder sobre las víctimas silenciosas no aflojará su control a menos que sea confrontado con un poder externo suficiente para demandarlo y supervisar un cese total del hostigamiento sexual (13, 22, 25, 32, 71).
El consejero por si solo no puede esperar cooperación y recuperación en un ofensor por lo demás reacio e inconfeso. El sistema de justicia por si solo raramente puede probar culpa o imponer sanciones sin preparación y apoyo continuado de todas las partes, sin un efectivo sistema de tratamiento. Todas las agencias que trabajan como un equipo dan una promesa máxima de recuperación efectiva para la víctima, la rehabilitación del ofensor y la sobrevivencia de la familia (24, 71).
El sindrome de acomodación al abuso sexual proporciona un lenguaje común para los varios puntos de vista del equipo de intervención y un mapa más reconocible de la última frontera en el abuso infantil.
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