domingo, 12 de julio de 2009

TESTIMONIO DE UNA VICTIMA


"No hay mayor agonía que la de cargar un cuento sin contar." -Maya Angelou.

Tuve una infancia incestuosa. Estoy consciente de que este hecho puede incomodar a muchas personas, pero es mi historia y mi vida y como parte de mi proceso de sanación, he decidido ponerla en palabras y compartirla, aunque sea anónimamente. Les pido disculpas si a ratos suena un poco confusa, pero mis pensamientos y recuerdos muchas veces están fragmentados y tengo más de alguna laguna mental.

Mi primer beso fue con el hermano de mi padre, un hombre que en ese entonces tenía más de cuarenta años y que tuvo que pararme sobre su cama para poder alcanzar mis labios con los de él. En ese entonces yo tenía tan sólo ocho años. Y durante los dos años que seguirían a este desconcertante evento, él continuó abusando sexualmente de mí, despojándome de mi inocencia con actos cuyos recuerdos hasta el día de hoy me obsesionan y avergüenzan.
Todo comenzó como un inocente juego, con caricias afectuosas, con regalos y tentadoras propuestas e invitaciones que cualquier niña de esa edad quisiera recibir. Y de hecho, en un comienzo, disfruté no sólo de la compañía y regalos de mi tío, sino que también de todos los novedosos "juegos" que él ideaba. Era nuestro secreto, éramos cómplices de nuestros actos, y cuando él no me buscaba a mí era yo quien andaba tras él.

Aún no logro dilucidar en qué momento estos juegos pasaron a ser "inapropiados". Aún me pregunto qué tanta culpa tuve yo, considerando que nunca opuse ningún tipo de resistencia y que siempre accedí sin quejarme a todo lo que él me pedía y proponía. Sí tenía muy claro cuáles eran los "juegos" de los que disfrutaba y cuáles eran los que sencillamente me desagradaban, pero nunca me negué a nada. Y hoy, mirando el pasado en retrospectiva, no debiera haber disfrutado de ninguno de ellos.
Me pesa que a los ocho años ya me habían tocado todo lo que me podrían haber llegado a tocar, había tenido varios orgasmos y experiencias de sexo oral y que a los nueve ya había perdido mi virginidad. Me he sentido tremendamente avergonzada y culpable por estos hechos durante toda mi vida. Yo era sólo una niña. Él me ultrajó, me violó, me despojó de toda dignidad y se aseguró de que uno de los recuerdos preponderantes de mi infancia fuera con un pene gigante en mi boca, uno que me provocaba arcadas y que no me dejaba respirar.

Jamás voy a lograr olvidarme del día en que perdí mi virginidad. Como siempre, fue un día domingo, después del almuerzo en la casa de mis abuelos paternos. El día estaba precioso y todos mis primos se bañaban en la piscina. Yo estaba "saliendo de un resfrío", y por órdenes de mi mamá tenía que estar vestida a la sombra, o dentro de la casa. Mi tío no perdió la oportunidad de invitarme a su pieza, con las mismas tentadoras ofertas de siempre: la televisión, los juegos, las rondas, las cremas y los perfumes. Pero esa vez fue distinto. No hubo preámbulo. Comenzó a tocarme sobre mi vestido y a frotar su pene contra mi cuerpo. Cuando ya estaba tendida sobre su cama con las piernas colgando, me bajó mis calzones y me penetró. Muchas veces. Demasiadas. Recuerdo el dolor, la sensación de partirme en dos, las silenciosas lágrimas que intentaba esconder y el ardor que sentía entre mis piernas y que se prolongó durante varios días.
Esa fue la primera vez en mi vida que me violó. La primera de muchas que seguirían, semana tras semana, casi todos los domingos. Recuerdo que a pesar de que siempre luchaba por mantener mis calzones puestos, no siempre me salía con la mía. Aún no entiendo por qué este hecho era tan relevante para mí, pero me sentía menos vulnerable si los tenía conmigo, aunque fuese entre mis piernas o mis tobillos. Aunque nunca fue un impedimento para que mi tío abusara de mí, me daba una falsa sensación de seguridad. Sentía que aunque perdiera la guerra por lo menos había ganado la batalla.

Pero no sólo perdí muchas batallas, sino que también la guerra. Él logró despojarme de mi virginidad, de mi tan preciada pureza y de la posibilidad de vivir una vida normal a mis tiernos ocho años. No tenía refugio de los secretos asaltos contra mi cuerpo y él me robaba mi inocencia poco a poco, domingo tras domingo. Yo no vivía en un mundo en el que era seguro contar mi historia. No había nadie con quien desahogarse, nadie a quien recurrir, ni siquiera un Dios en el cual pudiera sentir amparo.
A medida que fui creciendo, mi verdadero yo quedó enterrado bajo las torcidas mentiras de mi infancia. Cada toqueteo, cada beso, cada penetración me transmitía inciertos mensajes sobre quién era y sobre quién podría llegar a ser en este mundo. Me sentía insignificante, equivocada, mala, desvalorizada y terriblemente usada, y creía que si sólo me hubiese portado mejor, que si sólo hubiese sido una "buena niña", no estaría pasando por todo esto...
Aunque esta historia es algo que he conocido a un nivel "intelectual" durante toda mi vida, recién hoy, a mis 25 años, he comenzado a reconectarme con mis sentimientos y a llevar este conocimiento a un nivel más emotivo. Hace algunos meses decidí enfrentarme a mi incestuoso pasado, el que había negado y reprimido durante más de 15 años. Y recién ahora en que estoy empezando a lidiar con mi historia de abuso es que me doy cuenta de cuánto me ha afectado.

Fueron muchos los motivos que me llevaron a dar este paso: recuerdos y pesadillas que ya no me daban tregua ni siquiera en mis escasas horas de sueño, una inhabilidad de proyectar mi vida con la mochila que cargo a cuestas, la cercanía de plazos que inevitablemente se cumplirían y los consejos de dos personas a las que considero tremendamente sabias en sus distintos ámbitos de acción. Después de mucho meditar y rezar, y con el incondicional apoyo de ellos, me decidí a seguir una terapia.

Pero no ha sido fácil aceptar que debo retroceder y analizar mi pasado para poder avanzar y superar todas mis trancas. Examinar minuciosamente mi infancia ha sido para mí motivo de gran dolor y me aterra saber que finalmente tengo que enfrentarme a los fantasmas que me han perseguido durante gran parte de mi vida. Sin embargo, sé que esta es la única manera de hacer las paces con mi incestuosa historia.
Actualmente, no pasa un día sin pensar en mi historia de abuso y sin preguntarme qué habría sido de mi vida, de mi persona, sin este horrible pasado. Pero mi última esperanza es que sea este mismo sufrimiento, este mismo trauma, el que me empuje y anime a crecer y a reencontrarme con mi verdadero yo.
Pero hay veces en que pierdo toda esperanza. No es fácil estar continuamente desenterrando y descubriendo nuevas heridas, y hay días en que me siento absolutamente agobiada por todo el trabajo que tengo que hacer sólo para sentirme y aparentar ser una persona "normal". Siento que mi recuperación está a años luz de distancia, y muchas veces pareciera que es más fácil rendirse y dejarlo todo hasta aquí. La imagen de la mujer de caracter fuerte y decidida a la que aspiro llegar a ser algún día, se aleja cada vez que creo estarme acercando a ella.

¿Cómo se supone que debo abordar la titánica tarea de transformar las ruinas en las que estoy convertida en oro? ¿Cómo puedo vivir esa vida de grandeza de la que todos hablan y que yo sólo puedo imaginar si cada día que pasa las voces en mi mente me hacen sentir el poco valor que tengo? ¿Cómo puedo transformar esos pensamientos destructivos que me formé durante años de abuso en unos que me acerquen a la vida que siempre he deseado, la vida que aún creo no merecer? ¿Cómo, después de todo lo que he vivido, puedo aprender a creer y a confiar?

Sólo Dios sabe... ese mismo Dios que permitió que mi infancia fuera un disimulado infierno..
Ha pasado ya un tiempo desde que decidí entrar a terapia. Aunque sólo han sido unos cuantos meses, han sido de los más intensos de mi vida. Han habido cambios en lo más profundo de mí, y muchas veces a contrapelo, he tenido que remover el pasado para poder seguir avanzando hacia el futuro. Y escarbando he encontrado. He encontrado respuestas a muchas de mis interrogantes, pero también recuerdos que a veces dudo si fue positivo desenterrar.

No dejo de recriminarme que mi primer acercamiento sexual debiera haber sido un momento de deleite con un dejo de sana vergüenza e inocente curiosidad, debiera haber sido un momento memorable, debiera haber sido con algún niño de mi curso que me hiciera sonrojar cada vez que me mirara o me hablara y yo debiera haberlo sentido como un momento en el paraíso. Pero no fue así. Ni siquiera fue a los ocho años con mi tío, como habría podido jurar que fue durante todo este tiempo...
Sólo se requieren de unas pocas palabras para poder expresar lo que ha aflorado desde lo más profundo de mis recuerdos, pero son palabras que calan mis huesos, que me duelen como pocas cosas me han dolido en mi vida:
Mi tío no fue el único que abusó de mí; mi abuelo paterno fue uno más de mis agresores y, me atrevería a decir, un pedófilo.

He tenido recuerdos terribles, recuerdos donde él me tocaba, me practicaba sexo oral, se masturbaba conmigo sentada en su falda y luego me retribuía con chocolates. Inventó un juego en el cual hace no mucho tiempo me di cuenta que yo nunca habría podido ganar para poder satisfacerse conmigo y mi cuerpo. Desarrollé aversiones a ciertas comidas, tales como el helado de chocolate (me decía que ese sabor tenía yo "ahí abajo") y el yogurt (probablemente por su semejanza con el semen).
De algún modo estos encuentros eran mi única ventana a un mundo fuera del mío, y en ellos era frecuentemente el blanco de la humillación. A pesar de que estos encuentros sólo sucedían unas cuantas veces al mes, el resto de los juegos y risas que llenaban mi vida no podían borrar esos episodios, los que me robaron la inocencia de a pequeños pedazos.
Me ha costado conectarme con el dolor asociado a todos estos abusos porque no siempre me dolió físicamente, e incluso a veces me gustó. Una vez que el acto terminaba, no me largaba a llorar en un rincón por lo que me habían hecho, como mucha gente esperaría. Sin embargo, no entendía lo que había sucedido ni cuán terrible era. No podía prever el daño que me causaría y cómo me cambiaría a mí para siempre. Cuando ya tenía la suficiente edad como para entender lo que había sucedido, las emociones seguían sin tocarme. Elegí escaparme de mi cuerpo para salvarme del horror y después de todos estos años, de alguna manera se volvió en mi forma de vida.

Disociarme es lo que hice para sobrevivir a los abusos que sufrí durante mi infancia. Era mi cómodo y confiable método de escape. Eventualmente, este acto se transformó en una respuesta automática ante cualquier cosa con la que me costaba lidiar, en un patrón del cual dependía para sobrevivir el día a día. Cuando pequeña me transmitieron que no era seguro tener emociones, ni en la casa ni en el colegio, ni con mi familia ni con mis amigos. En la casa, mi rabia se encontraba con furia, mis lágrimas se encontraban con intimidación y las guardé tan profundamente en mí, que ahora que es tiempo de desenterrarlas, me cuesta encontrarlas.

He buscado en tantos lados. Intenté acercarme a la Iglesia, buscando allí lo que no había encontrado en ninguna otra parte. Fui acogida, pero creo que nunca realmente sané del abuso sexual del que fui víctima durante mi infancia. De algún equivocado modo me llegó el mensaje que si yo aceptaba a Jesucristo, entonces estaba sanada, que de alguna milagrosa manera mi antiguo yo desaparecería y sería otra persona. Pero todavía tenía muchos dolores sin resolver... creo que fue porque nunca tuve el duelo apropiado, nunca realmente sentí ese dolor, sólo lo cubrí o escondí con unos kilos demás, o con ayunos y hambrunas o con una sonrisa que incluso me hizo ganar premios. Nunca me volví a Cristo para que sanara ese dolor por mí, creía que sólo tenía que olvidar. Pero esto es algo que no se olvida. Pasa a ser una parte de uno.

Cuando recién comencé a lidiar con el abuso, no sabía los estragos que me había causado emocionalmente, y no fue hasta que examiné mi vida y mi infancia que comencé a darme cuenta que mi infancia no había sido "normal". Al principio, me sentí absolutamente sola con todo esto, pensaba que había sido todo mi culpa, de alguna manera explicándome a mi misma que el abuso "realmente no importaba" en el esquema de mi vida. Qué equivocada estaba. Tenía mi autoestima por el suelo, constantemente me culpaba y me degradaba, tenía pensamientos suicidas, luchaba contra una depresión terrible, tenía ansiedad y sufría de constantes jaquecas. Hasta que no comencé a lidiar con el abuso, no me daba cuenta cómo ni cuánto me había afectado.

Aunque toda esta historia es aún algo que mantengo en secreto (con excepción de unas pocas personas), para mí ha sido tremendamente sanador poder hablar libremente de ella... aunque creo que es lo más difícil que me ha tocado hacer en mi vida. Pero cada día que pasa siento que estoy más cerca de volver a tener el control de mi vida. Me esfuerzo para intentar encontrarle sentido a lo que pasó, a encontrarle el lado positivo. Obviamente hay días que me cuestan más que otros. Sin embargo siempre hay una chispa, una esperanza, una voz de verdad que no puede ser negada, incluso dentro de toda esta depravación y crueldad. Esta voz viene desde mi interior, débil pero determinante, alentándome a sobrevivir. Es la voz que me logró sobrellevar la enfermedad mental y el incesto en mi familia. Espero que esa misma voz en un futuro me llame a hacer más que sobrevivir, sino que a realmente vivir. Que me llame a la grandeza.

Carta a Mi Agresor:


Aquí encontrarás una carta que le escribí al hermano de mi padre, quien abusó sexualmente de mí durante dos años . Es una carta que al escribirla no pretendí entregarla, pero que me sirvió como método de liberación y sanación y que fue uno de mis primeros intentos de decir lo indecible y nombrar lo innombrable.
A estas alturas de mi vida puedo entender perfectamente bien lo que me hiciste. Lo he revivido una y otra vez en mis recuerdos, en mis sueños y cada vez que me altero al sentir que algún ser querido me toca de la misma manera en que lo hiciste tú. No he sido capaz de olvidar la sensación de impotencia y pánico que me invadía cuando escuchaba el sonido de tu cinturón desabrochándose ni tus palabras después de bajarte los pantalones: "Oye ________ , ¿te gustaría sentir esto dentro de ti?" Es probablemente la razón por la que, hasta el día de hoy, se me revuelve todo cuando alguien se atreve a llamarme así.
En ese entonces tenía sólo ocho años. Difícilmente eran suficientes como para entender lo que me estabas proponiendo. A esa niña (que tuvo que preguntar qué significaba la palabra violación cuando la escuchó por primera vez en las noticias) debió habérsele permitido crecer a su propio ritmo, decidir por sí misma qué cosas hacer, cómo y cuándo. Después de haber soportado tus abusos por dos años pasó casi una década hasta que di mi primer beso. ¿Te das cuenta de qué tan fuera de tiempo y lugar estuviste?

Me despojaste de mi inocencia y de mi confianza y dejaste un gran vacío en mí, que ni el amor de mi pololo, mi familia y mis amigos ha podido llenar en su totalidad. Me hiciste creer que el sexo es algo que los hombres necesitan y quieren tan desesperadamente, que no les importa a quién tengan que herir para obtenerlo. Me hiciste sentir como que eso era la único que yo era capaz de hacer que realmente importaba.

Fue bajo, por decir lo menos, cómo te aprovechaste de la situación por la que pasaba mi familia. Tuviste la agudeza de percibir que todos estarían demasiado ocupados con "cosas mayores" como para darle la debida importancia a una persistente infección urinaria, a las incapacitantes jaquecas o al capricho de una niñita que se rehusaba a comer. Te diste cuenta que nadie sabía leer las desesperadas señales que mi cuerpo enviaba y que nadie escuchaba mis silenciosos llamados de auxilio. Incluso sabías que había quienes me celebraban el refugio que encontré en los libros y el estudio.

Aunque nunca me lo advertiste ni me amenazaste, tenías la certeza de que nunca hablaría. Conocías muy bien la cultura en la que estaba creciendo, una cultura en la que las heridas del alma se omiten, se niegan, se callan y se esconden, sobre todo si son provocadas por alguien de la misma familia. "La ropa sucia se lava en casa", escuché decir en varias ocasiones, y todo me indicaba que se debía siempre sufrir en silencio, sobre todo siendo mujer. Aún no entiendo si es por exagerado pudor o por orgullo, pero hasta el día de hoy me da la impresión que todos en la familia apuntan a aparentar un cierto "ideal", del cual irónicamente cada uno tiene su propia versión. Sea cual sea el caso, sabías que me pesaría la lealtad, la protección de la imagen de la familia, y que tendría grabado demasiado a fuego la sacralidad de esta unión como para siquiera despertar una sospecha de las aberraciones que fuiste capaz de hacer conmigo.

En este contexto supiste ganarte mi confianza y mi cariño, supiste hacerme sentir especial e importante para ti. Con el dolor de mi alma, me atrevo a decir que al principio tus caricias me agradaron. Caricias que, con extrema delicadeza, fuiste degenerando de forma muy gradual, hasta hacerme hacer cosas horribles, muchas de las cuales hasta el día de hoy no logro verbalizar.
En ese entonces yo era lo suficientemente ingenua como para pensar que nuestros encuentros eran casuales. Pero ahora en retrospectiva me imagino lo repulsivas que debe haben haber sido tus planificaciones. Yo era tu plan, era el objeto que habías elegido para satisfacerte, sin tener la menor consideración de lo que me causarías a MÍ, a la persona que había detrás de esa niña.

Sentada en la orilla de tu cama, aún recuerdo la primera vez que tu mano, que descansaba sobre mi rodilla, encontró su camino bajo mi vestido y mis calzones. No paraste de hablarme, pero cuando comenzaste a tocarme ya no podía escuchar lo que me decías. Y cuando guiaste mi mano hacia un pedazo de carne inerte que en pocos segundos adquirió vida propia, mis sentidos comenzaron a apagarse uno a uno. Sólo quedaba una sensación extraña entre mis piernas. Recuerdo cómo me paralicé, cómo mi cuerpo no me respondía y cómo me "salía" de mi misma para mirar la aberrante escena como una espectadora.

Siempre me he preguntado qué tanto placer te pudiste haber provocado con mi cuerpo de niña, con dimensiones de niña, en el cual difícilmente podía caber tu monstruosa humanidad. Pero las silenciosas lágrimas que derramaba de dolor al sentir que me moría al partirme en dos (tanto en cuerpo como en alma) nunca fueron para ti un impedimento ni una limitante. No sólo me robaste a destiempo y brutalmente mi virginidad, sino que además me privaste del derecho a crecer y desarrollarme como una mujer "normal", sin la necesidad de reprimir deseos angustiantes ni sentir culpa por sensaciones que vendría a descubrir años más tarde.
Cuando tus "sesiones" terminaban recuerdo cómo sentía mi corazón latir en mi garganta, cómo el dejo en mi boca me provocaba arcadas, y cómo entre mis piernas seguía sintiendo el ardor y el dolor que me provocaba la presencia de un objeto ajeno que ya no estaba. Te tomabas tu tiempo y te preocupabas hasta del más mínimo detalle para no dejar ninguna huella. No sabes el asco que me provoca cuando recuerdo cómo, con la mayor ternura, limpiabas mi cara, mis piernas, mi guata y el resto de mi cuerpo de aquel "pipí blanco" que era tan pegajoso, y revisabas mi ropa para no dejar rastros que delataran tan torcida actividad. Paradójicamente, me sentía como si hubiese sido yo quien cometió el crimen.

Pero no fui yo quien te causó todo ese placer. No fui yo quien accedió a tocarte como me decías, a ponerme en las posiciones que me pedías o a tragar lo que me indicabas en el momento en que se te antojaba. Hice el ejercicio de desdoblarme quizás demasiadas veces hasta que llegué a dominarlo a la perfección. Es así como tengo muchos momentos de mi infancia absolutamente borrados, una época de la vida de la que se supone uno tiene recuerdos auténticamente felices.
Sin embargo mi memoria no ha sido tan generosa conmigo y no me ha dado toda la tregua que desearía. En este último tiempo he desenterrado muchos recuerdos, varios de los cuales habría preferido morir con la incertidumbre de que efectivamente ocurrieron. Y después de todos estos años estoy recién comenzando a entender esta disociación, y estoy recién aprendiendo a reconectarme con mi cuerpo. Pero a pesar de todos los sustentos que tengo, el camino no se me ha hecho fácil. En demasiadas ocasiones he puesto en riesgo mi integridad física en fallidos intentos de externalizar mi dolor y mi angustia (los que a veces sencillamente siento que me sobrepasan), sólo para quedar con el amargo sabor de la culpa y la vergüenza, las que muchas veces son seguidas por un miedo sobrecogedor al darme cuenta de lo que fui capaz de hacerme a mí misma.

A lo mejor tus juegos y tus regalos fueron tu manera de pagarme por lo que me hiciste. Incluso a veces quisiera pensar que fue tu manera de pedirme perdón. Pero eso no puede quitarme la mancha con la que me condenaste a vivir el resto de mis días. Siempre lo sentí y lo sigo sintiendo como una manera que tuviste de comprar mi silencio. Porque me cuesta creer que en todos estos años no has tenido ni siquiera un momento de lucidez. Pero siempre has sido cobarde, siempre te has refugiado en la pseudo-locura en la que tienes convencido al mundo que vives. Y me frustra haberte dado en el gusto al mantener tan asqueroso secreto.
No hay suficientes regalos ni favores que sean capaces de devolverme mi salud mental y emocional. Han pasado muchos años desde la última vez que abusaste de mí y, a pesar de todo, los recuerdos están más vivos que nunca en mi mente. Después de quince años, todavía me descompongo al entrar a la casa en que vives y no tienes idea de lo devastadores que han sido los efectos de lo que me hiciste.

Es un esfuerzo supremo el que debo hacer para asumir mi realidad y vivir en el presente, sin preguntarme cada mañana cómo habría sido mi vida sin tus abusos. Ha sido una eterna batalla el aceptarme con mi historia sin sentirme menoscabada, indigna y obligada a hacer cosas que la sociedad valore. Quizás como una forma de autovalidarme, me he obligado a vivir con un nivel enfermizo de autoexigencia, en un esclavizante camino hacia la inexistente perfección, en el que una pequeña equivocación me hace caer a pedazos internamente y me derrumba mi ya inestable mundo. Aún no logro perdonarme la hipocresía en que me obligas a vivir al esconderle a mis seres más queridos una parte tan importante de mi vida y que ha dejado huellas tan profundas en mí. El no sentirme preparada ni capaz de concebir y criar un hijo en esta etapa de mi vida es un problema que me acecha como una sombra y al cual aún ni siquiera he comenzado a hacerle frente. Y hoy, a mis veinticinco años, la sexualidad me resulta algo absolutamente insondable y pavorizante al mismo tiempo.
Aunque no creo que te importe, mis sentimientos de culpa, de vergüenza y mis estigmas me imposibilitan el perdonarte. Y aunque llevo tu mismo apellido, al menos tengo el consuelo de no ser tu hija. Nunca me vuelvas a tocar. No quiero ni un abrazo, ni un solo baboso beso. Quiero que sepas que el único motivo por el cual siquiera me acerco a ti es para ver a mi abuela. Cuando ella ya no esté, no tendré razón para arriesgar mi estabilidad al estar cerca de ti.

No tienes idea cuántas lágrimas derramé al escribir esta carta ni cómo siento el desgarro de mi corazón al traer a la luz tantos hechos que hasta ahora habían permanecido ocultos como fantasmas en los confines de mi mente, y que desde allí condicionaban mi diario actuar. Pero no quiero que pienses que lo hice por ti. Porque por ti no soy capaz de hacer absolutamente nada. Escribí esta carta por mí, en un intento de limpiar heridas que supuran desde hace ya demasiado tiempo, para mi liberación y sanación, para reconciliarme conmigo misma y, después de muchos años de negación, aceptar estas experiencias como mías en toda su dimensión.
Ahora sólo me queda hacerte una última pregunta: ¿Vale la pena el placer que te provocaste conmigo ahora que sabes cuánto me has herido y cuánto te odio por ello?



TESTIMONIO DE UNA VALIENTE VICTIMA DE SANTIAGO DE CHILE.
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