miércoles, 15 de diciembre de 2010

Derechos Humanos: Derechos violados

Lorna Norori Gutiérrez*


En los últimos tres años hemos estado en la Columna “Hablemos de abuso sexual” abordando este horror que cotidianamente viven niñas, niños y adolescentes.

Así, estamos tratando de llamar la atención, de informar a la población en general, sobre una realidad tan terrible como cotidiana y que ha sido tristemente integrada como un problema de salud pública, aunque no se esté dando ninguna respuesta del Estado para prevenirlo, atenderlo, sancionarlo o erradicarlo con el rigor que dicho problema amerita.

Considerando que el 10 de diciembre es el Día Internacional de Derechos Humanos, desde el Movimiento contra el abuso sexual queremos aprovechar para visibilizar el abuso sexual como una condición que viven niñas, niños y adolescentes en que se transgreden sus derechos.

El abuso sexual toca el cuerpo –aunque el abusador no toque a la niña, niño y adolescentes cuando le habla, le hace gestos o le muestra imágenes pornográficas, hace el vínculo con su cuerpo- llevándoles a sentirse sucias/os, avergonzadas y culpables de su cuerpo.

Ésta es solo una de las secuelas que genera el abuso sexual y que les hace sentir su cuerpo expropiado, o bien tratando siempre de huir de su propio cuerpo. Es precisamente esto lo que conlleva a que se instale el mecanismo de disociación que desde niñas/os o adolescentes les hace separar su cuerpo de su vida, sobre todo para no sentir y no recordar la perversidad del abuso.

También el abuso sexual toca la psiquis, porque el abusador ejerce su control sobre niñas, niños y adolescentes, utiliza su autoridad de adulto/a para dominar, manipula la confianza, de tal forma que llega a confundir y someter. Las tres esferas: voluntad, cognición y afecto se ven controladas por el abusador.

Cuando controla su voluntad, para la niña, niño y adolescente no es posible decir “No” al abusador, cuando ha avanzado en el abuso la situación se complejiza porque llega a sentirse cómplice del abusador, con mucha autoculpabilización y temor a que se sepa lo que le ocurre.

Igualmente, invade sus procesos mentales (pensamiento, memoria), de conocimientos distorsionados sobre la sexualidad, sobre su cuerpo, sobre la relación de abuso que el abusador controla. A partir del control, se instala en su mente, pervirtiéndole con conceptos que confunden y angustian a niñas, niños y adolescentes y que asumen como “verdades” que les lleva presentar un estado de impotencia, hasta asumir que no tienen alternativa frente al abusador.

El abusador controla afectiva y emocionalmente a niñas, niños y adolescentes, tergiversa el concepto del amor, le hace creer que él es la única persona que le cuida, le quiere y que la mejor demostración del amor es la aceptación del contacto sexual.

De esta forma, en la expresión de la secuela traumática se encuentran niñas y adolescentes que asumen estar enamoradas de su abusador. Por otro lado, muchas niñas y adolescentes llegan a asumir en su vida cotidiana que la única forma de mostrar afecto hacia otras personas es a través de las expresiones sexuales. Muchas de estas niñas, adolescentes y aun mujeres jóvenes y adultas que viven la secuela traumática, son juzgadas socialmente por los excesos sexuales que presentan

En relación con la esfera sexual, el abusador invade la intimidad de niñas, niños y adolescentes, les hace sentir que su cuerpo y su sexualidad son algo sucio, que ellas/os rechacen su cuerpo y su sexualidad. Muchas mujeres que vivieron abuso sexual en su niñez y adolescencia asumen que su cuerpo no sirve, así que no importa hacerle más daño, iniciando un proceso autodestructivo que se expresa en diferentes formas (bulimia, anorexia, automutilación, intentos suicidas).

Mujeres que han venido a la consulta refieren que no pueden desarrollar una vida sexual activa con su pareja, ya que sienten temor, asco, angustia, dolor y el recuerdo del abuso que vivieron siendo niñas o adolescentes, les invade en el momento de la relación de pareja. Otras en cambio, como parte de esta secuela inician promiscuidad sexual, asumiendo inconscientemente que “si alguien tocó tanto mi cuerpo, porqué no van a poder hacerlo otros, si además no vale nada”.

Esto es solo parte de lo que genera el abuso sexual en niñas, niños y adolescentes y que se puede trasladar hasta la vida de joven y adulta/o. Por eso, reafirmamos que es la mayor violación a los derechos humanos, pues:

T Violenta su derecho a la libertad de su cuerpo, su pensamiento y sexualidad. Violenta su derecho a la expresión, negándole la alternativa de hablar, de buscar ayuda, de detener el abuso, de decir NO.

T Violenta sus derechos reproductivos, cuando le impone un embarazo y maternidad forzados, producto del abuso.
T Violenta su derecho a vivir sin violencia, pues el abuso sexual es una expresión de violencia, que además, se traslada a toda su vida, a partir de la secuela y los recuerdos.
T Violenta su derecho a la vida, porque no le permite vivir plenamente, sino atrapada/o en el horror del abuso, aunque éste ya no esté ocurriendo. O en otras condiciones, porque la muerte es la única “alternativa” que la secuela traumática le permite reconocer.

Es hora de hacer algo. Todas y todos podemos.

*Psicóloga
Movimiento contra el abuso sexual
hablemosde.abusosexual@gmail.com
apoyomutuo@aguasbravasnicaragua.org
yotecreo@gmail.com
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