viernes, 28 de enero de 2011

LO QUE LOS SOBREVIVIENTES TIENEN QUE DECIR

Participo en un foro de ayuda mutua para víctimas de abusos sexuales infantiles. Y entre otros hilos y sugerencias, encontré uno muy interesante donde los sobrevivientes descargan de alguna manera su frustración con algunas de las preguntas que (con intención o sin ella) les hace la gente al conocer su situación personal. Algunas son especialmente sangrantes. Yo me limitaré a contestar, en la medida de lo posible, las más habituales, siempre desde un punto de vista totalmente personal. Que puede estar equivocado.

¿Por qué no lo contaste entonces?

¿Por qué no lo denunciaste si tanto daño te hizo?

Es sencillo. Por la misma razón por la que ninguna víctima habla: el miedo. En mi caso fue el miedo a no volver a ver a mis padrinos.

Tú, que me estás leyendo te supongo una persona adulta, con miedos racionales y lógicos, pero yo hablo del miedo infantil, ese miedo irracional que la imaginación de un niño alimenta con su fantasía. Intentad, por un momento, volver a vuestra infancia. A la época en que creíais firmemente en la existencia de los Reyes Magos, o el Ratoncito Pérez, o Papa Noel… ¿acaso no estabais convencidos de que eran reales? Y ahora en la madurez, aunque sepáis la verdad, seguramente guardáis un entrañable recuerdo de esos personajes, por la nostalgia en esa creencia que os evoca.

A nosotros, creo que nos ocurre algo parecido. Nuestro abusador nos inculcó el temor, más o menos explicito, a que si lo contábamos mataría a nuestra madre, o se romería la familia, o nunca más nos iban a querer, o jamás nos creerían… como en lo bueno, nos ha quedado la reminiscencia de ese temor hasta bien entrada la madurez. Incluso diría que ese miedo irracional permanece en el subconsciente, acechando por el resto de nuestra vida.

En mi caso, lo conté cuando era una niña (creo que la primera vez que se lo dije a mi madre tendría nueve o diez años) pero cuando lo hice, mi madre me dijo que era culpa mía, que si lo contaba, no volvería con mi Madrina, y opté por callar temerosa y avergonzada. Creo que incluso previamente que mi madre lo pusiera en palabras, yo ya percibía ese riesgo mucho antes, por parte de mi padre. Porque era él quien en última instancia decidía que yo volviese con mi Madrina a estudiar, y si me resistía a sus abusos, además de su violencia, podría castigarme con su propia prisión, junto a él.

Solo iba a casa de mis padres en vacaciones. Hasta los doce años estudiaba en la ciudad donde vivía mi Madrina. Así que opté por “pagar” a cambio de volver con ella. Sólo pensar que no volvería a verla ni a ella ni a su familia me provocaba un pánico enorme.


De hecho, el último año de mis abusos, (el más espantoso que recuerdo) mi Madrina se había casado y esperaba su primer hijo. Y aprovechando esa circunstancia, mi padre decidió que me quedase con mis progenitores. “Solo hasta que nazca el bebé”, me dijeron.

La situación empezó a ser insostenible para mí, y conseguí que mi madre lo denunciase. Pero el resultado fue precisamente el contrario del lo que esperaba: mi padre, al conocer la denuncia nos amenazó a todos de muerte. Estaba seguro que mi Madrina había tenido algo que ver en aquella denuncia y tomó la decisión de que yo no volviese a ver ni a mi Madrina ni a su familia. Incluso llegaron a decirme que ahora que mi Madrina tenía su propio hijo, ya no quería saber de mí.

No os podéis hacer idea de lo que sentí en ese momento. Creí que había cometido el mayor error de mi vida, que al contar lo que me hacía mi padre todo mi mundo se había roto y había perdido el único refugio que poseía. Fue la primera vez, con doce años, que me plantee la muerte como una alternativa. Incluso deseé, en una de sus palizas, que mi propio padre me matara.

Durante muchísimos años he sido incapaz de hablar. Y no porque alguien me lo impidiese, sino porque mi mente no me lo permitía. Yo no era consciente ni tenía edad para entender lo que pasaba, y terminé por esconderme, por callar y asumir lo ocurrido.

He pasado años disimulando cuando algo me traía un recuerdo que me paralizase. He pasado horas enteras encerrada en el cuarto de baño, esperando a que las náuseas y los temblores de mis manos se detuvieran, sólo para que nadie de mi familia adoptiva se diese cuenta de que me ocurría algo. Sin duda un comportamiento recuerdo de mi infancia.

Si hablas ahora de esto es para vengarte, o para dar pena…

Te gusta hacerte la víctima. ¡Te encanta llamar la atención y ya no sabes por dónde salir!

Creo que ahora empiezan a cambiar las cosas. En el foro cada vez entra gente más joven para buscar ayuda, y eso me alegra muchísimo, porque significa que las victimas empiezan a darse cuenta mucho antes de la importancia de lo ocurrido.

Yo he tardado casi cuarenta años en asumir lo que me sucedió, y aunque mi familia adoptiva conocía los abusos, nunca les conté detalles de ningún tipo. He estado “adormecida” durante años, hasta que me desperté. Y hablo, porque al despertar… necesito vomitar. Como todas las víctimas.

¿Crees que lo hago para llamar la atención, por venganza? ¿Opinas que después de cuarenta años aún busco represalias, o lástima?

Si tuviese alguna razón que implicase poner en evidencia a todos aquellos autores y cómplices de mis abusos, no sería por venganza, sería por justicia.

Pero ya ni siquiera busco eso: yo hablo porque necesito sacarlo fuera, porque si sigo guardando el secreto un minuto más acabaría devorándome, consumida por el dolor. Y… ¡qué diablos!, porque no tengo de qué avergonzarme. Que callen otros que si tienen de qué sonrojarse.

Pobrecita…

¡Odio inspirar lástima! Nos degrada aun más la autoestima, porque nos hace sentirnos lo más bajo de la sociedad, los marginados.

Debes tratar de superarlo. Pero eso fue hace un montón de tiempo. No sirve de nada remover el pasado.

El problema es que cada vez que me levanto, cada vez que me enfrento a un reto, por simple que sea, tengo un bicho en la cabeza que me recuerda lo que me han hecho. Y tengo que hacer el ejercicio diario de apartar ese pensamiento de mi mente que se impone cada minuto.

Sé que lo haces con buena intención, porque crees que si lo entierro, lo olvidaré y seguiré con mi vida, pero esto no funciona así: todos cuando nacemos somos una hoja en blanco, un ordenador vacío, en el que los adultos escriben. Nuestros padres escriben las normas que debemos conocer y cumplir, la sociedad escribe nuestras tradiciones, en el colegio escriben los conocimientos que nos servirán en nuestra vida de adultos.

Y todo queda marcado en el disco duro, TODO. Y las víctimas de abusos tenemos un borrón en nuestra hoja que no nos permite leer bien las normas del comportamiento. Nuestro disco está dañado. La desgracia de las víctimas es haber sobrevivido a aquello y vivir el resto de nuestra vida con la duda de si somos útiles, o por el contrario se nos debería tirar a la papelera, por ser un proyecto mal acabado.


Es como llevar una silla de ruedas. La gente, que no sabe de tu minusvalía, se extraña de tu comportamiento, sobre todo los más allegados, los amigos más cercanos, que con el trato se dan cuenta de que algo no va bien. Y además algunas personas, al conocer la razón, sugieren que se esconda la silla.

Porque así nos sentimos los sobrevivientes de A.S.I. Nuestra silla de ruedas es mental, y poca gente la ve. Pero está ahí, y es para toda la vida, no podemos decir: ya está olvidado, ya pasó. Tan solo podemos mejorar nuestra calidad de vida, pero para eso necesitamos que gente como tu quite las barreras arquitectónicas, y ayude en las campañas de concienciación que ayuden a proteger a los niños, a meter a los degenerados entre rejas para asegurarse que no vuelven a acercarse a un niño y a ayudar a las víctimas, a los sobrevivientes de ese horror a superar el daño y eliminar secuelas.


Porque cada vez que alguien me dice que ha pasado mucho tiempo, que es hora de pasar página me pone un escalón delante. Se podría decir que mi recuerdo es la frase de presentación de mi página del facebook. Y por más que se actualice, siempre es lo primero que leemos.

"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio."

Proverbio indio.

EL MONSTRUO DEL CASTILLO

EL MAYOR TRIBUTO QUE PUEDO HACER A LOS VALIENTES SOBREVIVIENTES ES PUBLICAR SUS RELATOS.

MIGUEL ADAME VÁZQUEZ.


Las víctimas de abusos tienen muy poca autoestima. La agresión te marca de tal manera te hace sentir menos que nada. Y yo no iba a ser menos, mi autoestima roza siempre la línea de flotación. Con los años he llegado a reconocer que es una consecuencia de los abusos, pero al principio, cuando no lo asociaba a ello me sentía perdida en mis etapas de depresión. Y eso, unido a otras secuelas lo he llegado a visualizar en un personaje inventado por mi imaginación: mi Monstruo.

La equivalencia me la enseño una amiga de la infancia: la mente es como un castillo encantado con miles, millones de habitaciones que cambian de lugar a su antojo. Cuando se tiene un recuerdo, es como entrar en la habitación que lo guarda para poder revivir ese momento. Pero en mi cabeza existe un monstruo atroz que de vez en cuando se escapa y campa a sus anchas por el castillo, y puedo encontrármelo en cualquier habitación.

Asoma con cualquier tontería: puede ser un objeto, una persona, el estampado de una prenda, una frase, tocar ropa de cama húmeda, un ruido... por ejemplo los escupitajos me ponen enferma, no puedo evitar que me recorra un escalofrió oír el sonido gutural que los produce. Son solo décimas de segundo, pero entro en la habitación y… ¡zas! El aullido de mi monstruo me traspasa. Es un flash, una imagen, un sonido. Un recuerdo de mi padre.

 
A veces sólo lo oigo porque está encerrado en las mazmorras y grita para que no le olvide, para que sepa que él está ahí; pero a veces está presente enseñando los dientes y amenazando con devorarme de un bocado para luego eructar sonoramente.

Es cuando me siento peor. Tengo nauseas, temblores, ansiedad… porque en mis más bajos momentos, mi monstruo practica además un juego macabro: es como estar encerrada en una sala de cine donde solo proyectan alguno de mis recuerdos, y la película se repite una y otra vez sin que pueda pararla; llegado ese punto, antes optaba por quemar el cine y salir por la pantalla, aun a riesgo de mi vida. De ahí las drogas sin control, los intentos de suicidio, las prácticas de riesgo, los retos al destino.

Ahora escavo túneles buscando una salida negociada bajo el suelo. He aprendido que no es real, que ya no puede hacerme daño, pero siempre está ahí, y actualmente me agrede más a menudo de otra manera.

Cuando emprendo un proyecto nuevo, cuando conozco a alguien, lo primero que me asalta la mente son pensamientos negativos que el monstruo me impone: “no saldrá bien, fracasarás, no te merece la pena, solo te conoce para reírse de ti porque eres fea por dentro…” o por el contrario, me “anima” a seguir adelante, pero con la seguridad de que es una estupidez lo que voy a hacer, que me arrepentiré el resto de mi vida… pero que es lo único que merezco. Y entonces comienza el trabajo de reestructuración. Es como vivir una lucha interna entre mi monstruo y yo, como si hubiese dos personas dentro de mi cabeza, y es agotador.

Siempre es el mismo proceso mental. El primer pensamiento invariablemente es negativo. Con la practica he conseguido que muchas veces esa parte dure apenas unos segundos. Logro apartar esos pensamientos con rapidez de la cabeza, pero están ahí esperando el primer resbalón para decir: “te lo dije”, y a veces el monstruo toma el control. Lo hace sin darme cuenta, no soy consciente de su presencia hasta que es demasiado tarde, tal vez porque forma parte de mí, y no le reconozco cuando actúa, hasta que la oportunidad de tener, conseguir o conocer algo o a alguien nuevo se ha desvanecido.

Y eso siempre me limita. Tengo la sensación de que me coarta las decisiones que tomo. Que no soy libre de elegir la mejor opción.

Mi marido dice que me valoro muy poco. Por eso nunca me promociono en mi trabajo, y soy conformista con lo que tengo. Nunca aspiro a grandes cosas. Admiro a aquellos que se ponen metas y dedican su tiempo a ellas. Yo apenas puedo predecir que prepararé para comer la próxima semana.

 
El último ejemplo lo tenéis aquí. Llevo años escribiendo. Tenía diarios y libretas escondidos entre mis cosas para que nadie los encontrase. En ellos descargaba pensamientos de todo tipo. Cuando tuve mi propio ordenador, dediqué muchas horas a pasar y poner en orden esos pensamientos. Ha sido como vomitar.

Hace semanas me planteé la posibilidad de hacer este blog. Pensé que si había decidido no callar más mi condición de víctima, de superviviente, y contarle a mis amistades lo que me había ocurrido de niña, no había razón para no sacar a la luz mis pensamientos. Así que me marqué el reto de hacerlo, y enseguida mi monstruo entró al ataque.

Primero me puse escusas: no tengo ni idea de ordenadores, no sé nada de internet, es un asunto que no le interesa a nadie, no les va a gustar como escribo… después me puse plazos: esperar a un ordenador nuevo, o a que pasen las vacaciones, o después de navidad… un día me sentí valiente y me decidí, ahora o nunca. (Debí pillar al bicho dormido, o el monstruo me pilló dormida a mí) y en una tarde, colgué el blog.

En ese momento me hundí. Al leer mis propias palabras flotando sobre el faro, siendo consciente de que eran visibles a todos, me derrumbé.

Hacía muchos meses que no me sentía tan mal. He vuelto a llorar y vomitar siempre a escondidas, que nadie se dé cuenta, he vuelto a pasar noches en vela por miedo a dormir, porque las pesadillas han regresado. He vuelto a tener doce años, y me he visto otra vez en mi cama, sin hacer ruido, inmóvil, mirando las moscas revolotear bajo la lámpara, esperando a que él entre en mi habitación cerrando la puerta. Mi monstruo estaba tomando el castillo.

Pero esta vez ha ocurrido algo extraordinario. Ahora que ya no escondo mi condición de víctima, ahora que me he quitado la mordaza de la boca, no me ha dado vergüenza decir a mis conocidos que estaba mal, incluso alguno de ellos se ha dado cuenta, y me han preguntado, sin problemas si me sentía mal por mis abusos. He tenido algunas conversaciones con ellos, sin tabúes, consolándome, haciéndome sentir querida y apreciada, y ha sido realmente reparador.

Poder hablar de cómo me sentía en ese momento ha sido la mejor “terapia de choque” que he tenido en mi vida. Pero no ha sido fácil, debo confesar que casi fueron ellos los que me arrastraron fuera del pozo, porque estaba otra vez construyendo la barrera, formando la coraza en la que esconderme hasta nueva orden.

Y de hecho, mi familia más cercana continúa en la más absoluta ignorancia de la existencia de este blog, y aunque me han visto mal, y no me he visto con fuerzas para contarles la razón exacta, jamás he estado presionada por ellos. Saben que algún recuerdo se ha reactivado, y que solo necesito su ternura, su consuelo y esperar que yo les hable de lo que siento, o de lo que callo, y me hacen ver que son como un rincón seguro donde acurrucarme cuando me siento herida. Y eso para mí, es muchísimo. Creo que mi próximo reto será contarle a mi marido mi aventura en internet, pero eso será otra historia, y otra batalla contra el dragón.

Afortunadamente, éste asalto ya está pasando. Hace tres noches que duermo mejor, y las aguas vuelven a su cauce. Supongo que el trabajo extra, que me mantiene entretenida, también me ayuda a ocupar mi mente. Y los métodos de relajación funcionan, pero me siento como si saliese de una noche de resaca, aún en medio de la bruma, y sin saber muy bien qué dirección tomar.

Aún quedan resquicios. Una parte de mí sigue diciéndome que no debería haber hecho el blog, que los más cercanos pensarán que es un asunto personal, íntimo, que nadie tiene porqué conocer, porque demuestra que estoy sucia por dentro; otra parte me dice que sí, que está muy bien, que no importa lo que opinen los demás, si con esto alguna víctima se siente un poco más valiente… y a veces no sé reconocer a mi monstruo.

 
He recibido muestras de apoyo, ni un solo correo ha sido negativo, por lo tanto creo que ha sido una buena idea, o al menos no el desastre que me vaticinaba mi monstruo. Pero sigo aterrada. Cada vez que veo mensajes nuevos, entro en un estado de ansiedad enorme, y a medida que la relación que tengo con el remitente es más estrecha, esa ansiedad es mayor. Y a veces me siento como cuando tenía dieciocho años, y esa ansiedad me empujaba a hacer tonterías y a correr riesgos innecesarios.


Pero creo que ahora los “riesgos” que corro son buenos para mí. Mi pareja no siempre me apoya, lo que me demuestra que empiezo a ser capaz de tomar mis propias decisiones (errores incluidos) y que el monstruo no forme parte de ello.

Empiezo a tomar el control, Aunque a veces haya bajones, aunque a veces él me envenene la cabeza y necesite volver a rehacer mis pensamientos, tengo la sensación de que ahora eso ocurre cada vez con menos frecuencia, y esa sensación me encanta. Porque cuando estoy bien, cuando pienso en positivo, me siento realmente orgullosa de lo que hago. Tengo la sensación de que nada puede pararme y me siento muy poderosa.

"Los monstruos son reales, y los fantasmas también, viven dentro de nosotros, y a veces, ellos ganan"

Stephen King. Escritor estadounidense

Soy una víctima de abusos sexuales infantiles.


Digo "soy" porque aunque éstos cesaron cuando entré en la adolescencia, para mí sigo sintiendo a veces, como el primer día, la sensación de que estoy rota por dentro, desgarrada, como una muñeca de trapo viejo que sólo sirve para nido de ratones, que me faltan piezas... mi padre me las fue arrancando una a una durante trece años.
Y ha llegado el momento de encontrar esas piezas, de reunir los pedazos de mi alma que aun se pueden rescatar y mostrar cómo mirar a través de un espejo roto.
Este blog os enseñará cómo se siente una sobreviviente de A.S.I. (Abuso Sexual Infantil)

Soy la menor de cuatro hermanos y todos hemos pasado por la misma situación, pero con distintos resultados.
Mi madre, víctima de violencia “de género”, como ahora le llaman, pero también cómplice, por omisión durante toda la vida.
 Mi hermano primogénito, doce años mayor que yo, terminó de voluntario con 17 años en la legión, ahora está retirado por problemas psicológicos.
 Mi hermana, ocho años mayor, jamás ha salido del circulo de fuego, sigue con mis padres, (ahora solo con mi madre) tiene problemas psiquiátricos graves, cree que dios le habla, defiende a capa y espada a nuestro agresor y a su cómplice y me reprocha que yo no haya “pasado por el aro” y no quiera tener relación alguna con ellos.
Mi segundo hermano, tan solo un año mayor que yo, se dedicó a recorrer el mundo con una mochila a la espalda. Pero con el paso de los años, el bloqueo de su mente ha sido tan brutal que ni siquiera sabe que es una víctima de abusos. Apenas recuerda su infancia y primera juventud.  
Y yo.
Mi padre era un completo tirano, de los que se quitaban el cinturón a la primera ocasión. Tengo la fortuna de que sus latigazos jamás me dejaron marcas permanentes.
Pocos días después de que yo naciese, mi madre sufrió un accidente que la postró durante nueve meses en un lecho de escayola, mas el tiempo de rehabilitación. (En mi familia biológica existen dos temas de los que está totalmente prohibido hablar: el accidente de mi madre y la muerte de una hermana acontecida cuatro años antes de mi nacimiento) Fui ingresada en una institución gubernamental.
El destino quiso que esos años fueran los últimos en que las jovencitas hiciesen una especie de servicio social obligatorio, y que una muchacha de 17 años que pertenecía a otra clase social estuviese allí en ese momento. Cuando hablo de esa persona de mi infancia siempre me refiero a mi Hada Madrina, porque como en los cuentos, ella se encargó de rescatarme de las fauces del dragón. Así que si alguna vez os hablo de “Mi Madrina”, a ella me refiero. Ella es la persona más importante de mi vida, la madre que debería haber tenido, y no el útero del que salí. Me conoció en la casa-cuna donde me ingresaron al nacer, y vivió quince años luchando por rescatarme.
No sé qué es lo que percibió mi Madrina en mí cuando aún era un bebé, pero empezó a llevarme los fines de semana a su casa, con sus hermanos, para que yo tuviera un contacto más familiar, y enseguida se percató de lo que ocurría.                                             
 
En las pocas ocasiones en que venía a visitarme al orfanato, mi padre aprovechaba para “meter el dedito” donde no debía, con la consiguiente infección vaginal.
A partir de ahí, mi Madrina y su familia trasladaron su vivienda a otra ciudad, y empezaron una cruzada por sacarme de allí y que no volviese con mis padres, hasta que un juez dictaminó, demasiado tarde, que ella tuviera mi Patria Potestad.
En esos años no fue posible evitar el daño, porque fue un constante movimiento de vida, ahora con mi Madrina, ahora con mis padres, ahora con mi Madrina… Siempre digo que tuve dos infancias: un cuento de hadas y una película de terror, en el cuento vivo con mi Madrina feliz, muy feliz; en la peli vivo con mi monstruo…
Obviamente no recuerdo cuando empezó, porque siempre ha sido una reminiscencia de mi memoria desde mi más tierna infancia. Tengo asociada la casa de mis progenitores con el cinturón de mi padre y sus manoseos.
Si recuerdo que, con los años, a los tocamientos habituales se sumó mi primera experiencia oral (aun tengo náuseas al recordarlo) y las violaciones, agresivas, perturbadoras, terroríficas. (“hoy te voy a estrenar. Para que cuando seas mayor, no te duela”…) Hasta que con 13 años aquello salto por los aires.
Mi Madrina vino a buscarme en su Renault 5 azul y ahí se acabaron los abusos, pero no el dolor.
Yo los llamo “mis años oscuros” que para mí son casi mucho más perturbadores que lo ocurrido en sí. Con noches en vela por miedo al sueño, por las pesadillas, o de dormir en exceso, para no tener recuerdos recurrentes, que me rompían como una nuez. Y con comportamientos que distan mucho de ser normales. Conductas de riesgo, intentos de suicidio…
Afortunadamente, ahora, a mis 44 años, creo que llevo una vida normal.
Y creo que el hecho de que mi vida esté asentada es lo que por fin me ha llevado a buscar la mejor forma de ayudarme a mí misma. Porque si algo debéis tener claro, es que las víctimas de abusos infantiles de cualquier tipo, jamás nos recuperamos del todo. Siempre habrá una fisura, una sombra negra que de vez en cuando nos envuelve la mente, y tenemos que volver a reconstruirnos. Mi herida siempre estará abierta.
Yo tuve la inestimable ayuda de Mi Madrina que estaba en el lugar adecuado en el momento justo, y gracias a ella, y a toda su familia, que me acogieron como una más de ellos, creo que he conseguido reconocer y valorar lo que me ocurrió en su justa medida, y de esa manera poder curar mis heridas con mayor o menor acierto. No es una tontería: la mayoría de las víctimas de abusos sexuales infantiles viven escondidos y se llevan su secreto a la tumba, tras una vida triste e incompleta.

Pero he descubierto que desde que hablo y escribo sobre lo que me ocurrió de niña, me siento mejor, mas "limpia" mas liberada. Por supuesto mis amistades lo saben y tengo la sensación de que es la hora de hablar, de gritar y de no esconderse. El único que debería haberse avergonzado es mi padre, que no merece ni la tumba en la que está enterrado.
Ahora, soy una mujer con una pareja estable y con un hijo, que vive en familia, con una vida tranquila y con todo mi pasado sobre mis espaldas, pero feliz.
Este blog quiere ser la prueba de que los malos tratos y los abusos se pueden superar, con voluntad, y sobre todo con ayuda de personas como mi Hada Madrina,  que no miran hacia otro lado.
Y no pido que todos introduzcamos a una víctima en nuestras vidas, basta solo con hablar abiertamente de los abusos infantiles sin tabúes. Si hemos superado hablar de sexo, también se puede hablar de algo mucho más grave.
La gente me cuestiona que mi hijo no debería conocer la historia. En general, no les gusta que se trate ese tema, les incomoda, y sutilmente sugieren que debería esconderse como un secreto inconfesable. Mi repuesta es siempre la misma: los únicos que deberían esconderse por vergüenza son los pederastas. Yo no soy responsable, no tengo que esconderme de nadie, y si tú, que me estás leyendo, te avergüenzas de hablar del tema, estas ayudando a que esos cabrones se mantengan en su urna de seguridad, y a que las próximas víctimas de abusos sexuales sigan teniendo sobre ellos una losa (la culpabilidad y el secreto) que les enterrará vivos en alguna catacumba de tu barrio.

 Si alguna víctima lee este blog, quiero que sepa que se puede escapar. Que no pierdan la esperanza.
 Y para los que no son víctimas, tenéis que saber que junto a vuestras vidas existen lobos con piel de cordero. No miréis para otro lado.
Y proteged a los niños. Lo que les ocurre en su infancia marcará su futuro de por vida, aunque ni ellos mismos lo recuerden. Jamás creáis que lo que hacéis con ellos lo olvidan. Por muy pequeños que sean, son mellas en el alma que no se quitan.

jueves, 27 de enero de 2011

HERIDAS ABIERTAS, RECUERDOS QUE VUELVEN


Siempre he dicho que recuerdo mis abusos. No es del todo cierto. Supongo que en trece años es imposible recordarlo todo, y menos esos primeros años de infancia, cuando aún era un bebé, o una niña muy pequeña. Pero tengo presente en mi memoria muchas escenas.

A mi padre tumbarse sobre mí, en mi cama, frotándose contra mi pelvis, yo intentando apartarme, y él decir con sequedad “no te muevas”

Instándome a que me metiera en su cama a ver los dibujos porque hacía frio, y acariciarme el pecho aun sin desarrollar susurrando lo suave que era mi piel y pidiéndome que le tocase para que yo viese que la teníamos igual de tersa… y después bajar la mano, introducirme el dedo, mirando al “Capitán Tan” en silencio, como si no pasara nada, con mi madre al otro lado de la cama.

O guiándome la mano hacia su “paquete” obligándome a presionar, a pesar de que yo intentaba no tocar el calzoncillo caliente.

Y por supuesto, los últimos dos o tres años de abusos. En los que empezó a “justificarse” porque en lugar de entrar furtivamente en mi habitación, sin pronunciar palabra, u ordenarme ver la tele con él en su cama, comenzó a enseñarme, como un profesor: “mira, esta es mi polla. Tienes que moverla así, de arriba abajo. Tócala, ¿ves cómo crece? Un día de estos te la meteré por ahí para que sepas como vienen los niños”.

Hasta aquí, entre muchos más recuerdos asquerosos, llega mi retentiva, lo que siempre tuve presente.
Cuando murió mi padre, hace dos años, se reactivó un recuerdo que ya había tenido varias veces. Pero éste siempre era ligeramente distinto. Cuando me venía a la cabeza, no sé por qué extraña razón, no veía a mi padre. Era otro hombre. Siempre creí que mi mente por algún motivo me cambiaba su imagen. En esos días descubrí por qué:

Mi madre cosía a veces para algunos vecinos. Iba a sus casas para las pruebas, y algunas veces yo la acompañaba. Recuerdo en una ocasión ir a la casa de uno de esos vecinos. Tenían una hija, no sé qué edad teníamos, pero sé qué yo era muy pequeña, unos cuatro o cinco años. Estábamos en la habitación de ella jugando cuando entró su padre… no recordé mucho, apenas imágenes sueltas. Creo que me obligó a masturbarle. Y me tocó…

No recordaba su rostro, solo supe que no era mi padre. Solo flases. Imágenes fijas. Y todo el mundo dio por hecho que me sentí mal por la muerte de mi padre.

Saber que él no había sido mi único abusador fue descorazonador. Supuso toda una crisis. Tardé varios meses en recuperarme. Estuve a punto de tirar la toalla. No pensé en el suicidio, pero mi hijo ya era grande, y ya no me necesitaba como antes, pensé más en “dejarme ir”. Me acosté muchas noches pensando que sería genial que no volviera a despertar.

En aquella ocasión mi monstruo empezó a fustigarme con la idea de que había sido abusada por medio barrio. Que había sido poco menos que prostituida. No podía creer que después de cuarenta y dos años descubriese que mi padre no había sido el único. Aun me cuesta asimilarlo. Llegué a dudar de mis propios recuerdos, pensando que tal vez era aquel hombre el que me había quebrantado, y que mi padre solo había sido un maltratador. Fue un caos.

A veces aun lo es. A veces tengo la sensación de haber cometido un pecado imperdonable, que me he vendido al mejor postor. Todavía me siento de alguna manera responsable de aquello, por no llamar a mi madre, por no llorar más fuerte. Cada vez que pienso en ese tipo me avergüenzo de mi misma, y más ahora que la escena está completa.
Recuperé el resto de ese recuerdo hace muy pocas semanas. Volvió a ser desgarrador recuperarlo.

Siempre creí que mi padre había sido el primero en mostrarme cómo se hace una felación, con doce años. Me equivocaba.

Aquel cabrón entro en la habitación y se quedó mirándome. Tengo la imagen de mí misma de pie, retrocediendo aterrada hasta tocar con mi espalda en la puerta del armario, y él agachado, gateando a cuatro patas, acercando su cabeza hacia mis piernas, sus manos bajándome las braguitas hasta la rodilla y relamiéndome el pubis, sorbiendo la saliva, como un perro soltando baba.

Después salta la imagen. Sé que hay mas, pero lo siguiente que recuerdo con claridad es que ese hombre estaba de pie, que era muy alto, y que me restregó por la cara su miembro, me lo introdujo unos momentos en la boca y eyaculó sobre mi rostro. Como si me hubiese disparado con una pistola de agua.

Me ayudó a limpiarme con un pañuelo mientras se sonreía mirando a su hija. Como alguien que hace una travesura. Recuerdo el semen caliente en mi cara. Recuerdo llorar desconsoladamente. Recuerdo sentir muchísimo miedo.

Su hija permanecía sentada en la cama, temerosa, avergonzada, resignada, mirando al suelo. Creo que jugueteaba con una muñeca entre las manos. De vez en cuando me miraba de forma furtiva, como si supiera bien lo que había ocurrido.

Pobrecilla, imagino la exigua sensación de alivio que tendría al ver que esa vez no le había tocado a ella. E imagino la culpabilidad que sentirá ante ese recuerdo. Lo imagino porque yo sentí lo mismo con mi hermano, el de mi edad.

No sé si lo de aquel miserable fue solo una vez, pero fue lo suficiente para recordarlo entre tantas aberraciones paternales.

Recuperar ese resto del recuerdo no fue paralizante como con la primera parte. No tuve ansiedad, temblores o vómitos. Tan solo una inmensa tristeza.
Ni siquiera recuerdo la pesadilla. Solo sé que desperté durante varios días con la sensación de estar triste y abatida, con esa opresión en el pecho que se tiene cuando hemos llorado mucho. Y al intentar pensar por qué me sentía así, sentía que una imagen quería abrirse en mi cabeza, pero sin llegar a verla. El destello duraba apenas unas décimas de segundo. Era una imagen, una sensación, un flash que no terminaba de formarse el tiempo suficiente para retenerlo. Como si saliese a la superficie un momento, que lo viera con el rabillo del ojo, para después sumergirse de nuevo en el fondo de mi mente. En seguida saltaba otro recuerdo, de esos que sí tengo presentes. Pero no sé por qué razón esos días veía esos recuerdos “oficiales” como parte de la pesadilla.

Entonces mi Monstruo sacó la artillería pesada. Asocié los recuerdos a la pesadilla y creí que me había vuelto loca. Me asaltó la duda. Empecé a pensar que todo era falso. Que nunca habían ocurrido los abusos. Que mi mente había creado una fantasía tan perfecta que me había tragado mis propias mentiras. Me sentí morir. Toda mi vida por el desagüe. Todo una farsa, una representación, y empecé a castigarme por ello.

La eterna batalla entre mi monstruo y yo. Cuando conseguía demostrarme a mi misma que un pequeño recuerdo era autentico, mi monstruo me rebatía. “Sí solo fue eso, no fue para tanto. ¡Supéralo!”. Hasta que por fin aquel recuerdo se hizo patente, se hizo real.


No recuerdo el nombre de la niña. No sé quién era el vecino. Pero ahora, que mi secuencia es más completa, me siento desamparada.

Hace unos días se enteró mi marido. Desperté un domingo sobresaltada. Acababa de despertar con la pesadilla de aquel recuerdo aun en mi mente. Mi pareja estaba en la cocina haciendo café, y le pregunté porque no me había despertado para ir a trabajar… Al darme cuenta de mi confusión, me vine abajo, empecé a temblar y a llorar desconsolada, no tuve más remedio que contárselo.

Se lo conté mirando fijamente el dibujo de las baldosas del suelo. Estaba aterrada de su reacción. De repente me lo imaginé mirándome asqueado, pensando que le había mentido, o preguntándose por qué no se lo había contado primero. Me sentí la persona más repugnante de la tierra. Pero no tenía razones que temer sobre mi pareja. Es el hombre más extraordinario que conozco.

Lo cierto es que convencerme un poco de que mis recuerdos eran reales me llevo relativamente poco tiempo, unos días nada mas. El apoyo del foro de ayuda donde participo me está ayudando mucho.

Estoy tardando algún tiempo más en encajar el nuevo recuerdo. Pero en parte es terreno conocido. Sé cómo lidiar con ello, porque siempre funciona igual.

Todo lo que hago, pienso, siento, veo, oigo, toco, saboreo, me lleva inexorablemente hacia las imágenes recuperadas. Paso un tiempo (variable) en el que todo me retrotrae al hecho. Como una imposición. A veces me paraliza, me provoca ansiedad y paso días sin comer. Es lo que muchas veces he denominado “encerrarme en la sala de cine”. De adolescente era lo que mas miedo me daba, porque creía que esas imágenes no se irían jamás. Mi monstruo se aseguraba de ello.

Es cuando mi marido dice que parezco más despistada, cuando no sé ni por donde camino, que me tropiezo con todo. No imagina que no veo la calle, veo mi recuerdo. Pero con el paso de los días la escena empieza a diluirse, como un azucarillo, y voy poco a poco recuperando mi vida.

Como esta ultima vez. Que a pesar de sentirme triste, no llegué a detener mi vida como me ocurría en el pasado.
Es como el tranvía que reduce su velocidad para recoger pasajeros en marcha. Necesito ralentizar mi ritmo para que mi recuerdo entre y se acomode en mi mente.

Aún hoy no tengo muy claro dónde colocar el recuerdo. Sigo aún con la duda de su veracidad o de su alcance, porque la sensación de que fui utilizada de manera despiadada me sigue persiguiendo.

Ahora que las imágenes recurrentes empiezan a desaparecer del primer plano de mi cabeza, y una parte de mí parece volver a confirmar que existe un segundo abusador, mi monstruo me asalta a preguntas que me están castigando la mente de forma implacable. ¿Sabía aquel hombre lo que me hacía mi padre, y por eso se aprovechó? (Total, si la nena ya conocía lo que era eso…) ¿o se dio cuenta en ese momento que yo ya sabía, que no era la primera vez que me dejaba tocar? ¿Acaso me han prostituido? ¿Cuántas veces voy pasar por esto? ¿Cuántos desalmados más existen en mi pasado?

Y han vuelto las viejas preguntas: ¿Y si todo es falso? ¿Y si me he creído mis propias mentiras, fantasías sexuales en las que me imagino a mi misma como una niña?... aún me siento muy confusa y triste. Hace muy poco de esto, todavía estoy recolocando.

Es como si hace dos años, cuando lo descubrí por primera vez, mi monstruo me hubiese atacado de manera agresiva, frontal y al ver que eso no funcionaba, que el recuerdo se volvía a esconder en mi subconsciente, optase por la guerra psicológica. Creo que es ahora cuando estoy empezando a tomar conciencia de lo que puede representar ese recuerdo.

De hecho, escribo esta entrada en un momento de “credibilidad”, en un día en que sí creo en mis abusos. Tal vez mañana me despierte pensando lo inmensamente enferma que estoy al haber llegado a escribir semejantes espejismos. Y estoy haciendo un autentico acto de voluntad por colgar esto.

Ahora tengo mucho miedo de lo que no recuerdo.

Es curioso cómo funciona la mente. Un día “sabía” que era real, y desde el día siguiente, cuando aquel último recuerdo empezó a tomar forma, dudo de todo.
Me han dicho que son automatismos de defensa que utiliza la mente para protegerse. Esconde un recuerdo y lo devuelve en sueños o flases, para poder encajarlo, para poder colocarlo entre el resto de la baraja de la memoria.

Y mi baraja es muy grande. Fueron trece años de cartas marcadas por mi padre. Ni siquiera entonces recordaba al vecino.

A veces siento coraje. Me da rabia que sabiendo cómo funciona esto, que conociendo a mi monstruo, aun lo pase mal en esos momentos. Siempre creo que esa vez si hay razones para flagelarme, y cuando pasa la crisis, me regaño por tonta.

Lo cierto es que recuperar tu vida después de los abusos es siempre un proceso lento y doloroso. Y nunca termina. Cuando crees que la herida está cicatrizando vuelve a infectarse, a exudar pus. Y vuelve a doler igual que el día que te infringieron el daño.

“los recuerdos no pueblan nuestra soledad, como suele decirse; antes al contrario, la hacen más profunda”

Gustave Flaubert (1821 – 1880) escritor francés.

miércoles, 26 de enero de 2011

No en nuestro cuerpo

Cada que se cuestiona a una víctima de violencia sexual, cada que se justifica al agresor responsabilizando a las mujeres de provocar o de no defenderse lo suficiente, nuevamente el patriarcado hace su aparición triunfal para susurrar en el oído: “ella se lo merecía”.

Sin importar la edad, las mujeres somos responsables de la agresión: si porque somos niñas y nuestras madres no nos cuidan, si porque somos adolescentes emocionadas por conocer a nuestro artista favorito y colocarnos en riesgo, si porque somos adultas que salen a divertirse, etc. Cualquier razón hace que la sospecha caiga sobre nosotras, dando por sentado que los hombres son inocentes.

Nada justifica que una mujer sea violentada en su intimidad, en su cuerpo, en su sexualidad.

Sin importar las historias que documentan la violencia sexual, cuando se habla de ella no falta quien justifique de inmediato, ya sea porque “una víctima de violación” no hace lo que ella hizo, ya sea porque alguien vio algún día que ella saludó a su agresor con cariño, ya sea porque era su padre, su novio, su tío, su esposo, su artista, su jefe, la autoridad, etc.

Bajo esta lógica, qué fácil es ser violador, acosador, agresor sexual, mientras alguien te justifique o crea que no lo hiciste o que si lo hiciste es porque ella quería.

Qué difícil es ser víctima cuando tendrás que demostrar que no querías, que te defendiste lo suficiente o que eras tan niña que no sabías exactamente qué estaba pasando.

Por ello es fundamental que desde las autoridades se proteja a las víctimas que se han atrevido a denunciar y eviten montar espectáculos que vuelven a violentarlas. De ahí la secrecía de su nombre, su rostro, su identidad. ¿Se imaginan vivir siendo la violada?

La violencia sexual en las mujeres es más común de lo que las estadísticas demuestran. Cuando las mujeres nos encontramos en la confianza y la intimidad nunca falta que alguien reconozca que fue víctima de violación o abuso sexual en la infancia, la adolescencia o la edad adulta.

Más aún, tras la primera confesión vendrán otras más y otras más y otras más…

Y no en pocas ocasiones no lo dijimos por miedo a que no nos creyeran o por vergüenza. Sólo cuando nos sentimos protegidas podemos reconocerlo.

Muchas nunca denunciamos o porque no quisimos ser parte del escarnio público, o porque creímos que era normal, o porque como un mecanismo de sobrevivencia ocultamos el episodio en lo más recóndito de nuestro inconciente hasta que tuvimos las herramientas necesarias para elaborarlo y volvernos sobrevivientes de violencia.

Cada que se hace escarnio público de una víctima de violencia sexual se vacuna a las mujeres a no querer denunciar y se alienta a que se violente a otras mujeres, al fin y al cabo ella tendrá que demostrar su inocencia y él será la víctima hasta que se demuestre lo contrario.

No nos convirtamos en jueces o verdugos de la víctima, no caigamos en la trampa que ha permitido que por siglos las mujeres sigamos siendo las víctimas dudosas.

Digamos NO en nuestro cuerpo ni en el cuerpo de otras, pues al defender mi cuerpo defiendo el de las otras y al defender el de las otras defiendo el mío, porque entonces no habrá resquicios para la justificación y con ello abonaremos para hacer realidad que las mujeres vivamos sin violencia.


* Directora general de CIMAC A.C.
Lucía Lagunes Huerta*

martes, 25 de enero de 2011

Mis reflexiones en el caso Kalimba.

De manera independiente de que se haya cometido un delito sexual existen una seria de consideraciones que me gustaría precisar y que reflejan mi preocupación por el manejo de la información y por la manera de litigar con la opinión publica en los medios.

-he escuchado la opinión de personajes del ...medio artístico que no tienen idea mínima de este tipo de casos.

Por ejemplo : Se llega a la conclusión que la parte acusada es inocente por que se le conoce y por consiguiente no es capaz de cometer abuso sexual.

Las estadísticas y estudios establecen que el abusador en la mayoría de los Casos se le conoce por un perfil de ser una persona de bien, religiosa y hasta un ejemplo en la comunidad. Se pone en juicio el hecho de no tener la oportunidad de carearse con la víctima.

Este es un derecho del menor de edad para evitar ser víctima nuevamente en el proceso . Se pone como prueba de la presunción de inocencia el hecho que la víctima no solicito ayuda de inmediato aun teniendo los medios para hacerlo.

En muchos casos comprobados la víctima queda inmóvil y aveces indefensa ante el acto de abuso, hecho mas marcado cuando la víctima ya había sido abusado/a en su Niñez.

Por ultimo los procesos de comprobación del delito como los peritajes psicológicos y médicos del ministerio publico para sostener una averiguación previa y una acusación de carga ante los jueces en la actualidad son tan avanzados que deberían aportar pruebas importantes en todos los casos.

Si este es un Caso en donde las autoridades se equivocaron, Será un grave retroceso para futuros Casos en donde no se les creerá a las víctimas.

Por otro lado si la parte acusadora tiene la verdad se demostrara que en nuestro país el abuso sexual infantil se considera como un delito de poca importancia en donde basta la opinión publica que considera que si un menor fue abusado fue porque se lo busco.

Los investigadores y especialistas deberían estas manifestando su preocupación por el desenvolvimiento del caso y expresar su opinión.

Considero esta una gran oportunidad para posicionar el tema en el interés nacional.



Abuso sexual infantil, nunca mas.
Miguel Adame Vazquez.

La prueba del amor

Lorna Norori Gutiérrez*
Opinión

“Cuando yo tenía 14 años tuve un novio que tenía 22, teníamos ya como nueve meses cuando él comenzó a decirme que como nos queríamos tanto él necesitaba darme una prueba de amor y que yo también se la tenía que dar. Yo no entendí al comienzo qué era lo que quería, pero después me dijo claramente que quería que tuviéramos relaciones. Al comienzo fue mucho de cuentiarme, pero a medida que pasaban los días sentía que me estaba presionando más y decía que si lo quería entonces tenía que hacerlo. Yo tenía mucho miedo, no sabía qué hacer, sentía que lo quería, pero yo no estaba todavía para eso, al final de tanta presión tuve que aceptar”.

Esto es el relato de una mujer de 32 años, recordando lo que vivió en su adolescencia y que ahora ella reconoce como un abuso sexual, de parte de quien asumía era alguien que la amaba.

La “prueba del amor” es una forma de invisibilizar la condición de abuso sexual que tan frecuentemente viven las adolescentes, lo que a su vez lleva a que sean culpabilizadas y que vivan consecuencias tan dolorosas como el embarazo forzado y la experiencia del aborto en condiciones de alto riesgo.

Socialmente se considera que una vez que las chavalas llegan a la pubertad ya están “listas”, lo que significa que pueden tener una iniciación sexual; esto igualmente determina que se establezcan ideas y hasta “valores” que son aplicados para asumir que una adolescente está dispuesta, o que “acepta” tener un contacto sexual con el “novio”. Ésta es la base sustancial para condenar a la adolescente por haber “accedido” a la petición, …al “novio” no hay quien lo condene.

Estas condiciones también son la base para el abordaje que muchas veces se produce en las instancias policiales y judiciales, en las que prevalecen los mitos de las/os operadoras judiciales, realizando preguntas o haciendo afirmaciones de forma inadecuada, sin considerar que la adolescente ha pasado por un proceso de seducción, distorsión afectiva, chantaje y presión hasta “acceder” a lo que demanda el abusador. En ninguna circunstancia se considera la relación de poder que se establece, en la que él domina, controla, somete, creando condiciones contradictorias de afecto, presión y chantaje.

Cuando la familia decide denunciar al novio abusador y éste es llamado a la Comisaría de la Mujer o el Ministerio Público hemos visto cómo le dicen a la madre: “mire señora no se queje, que por lo menos este hombre está dispuesto a salvar el honor de su hija, déjela que se case con él”.

En este sentido, el delito cometido queda invisibilizado, pues se considera que el matrimonio será una forma de “lavarlo”; sin tomar en cuenta que la chavala puede aceptar el matrimonio también de forma presionada.

El Código Penal mismo conceptualiza el delito de estupro, como un delito de menor cuantía a la violación, sin considerar los elementos aquí apuntados y otros más que determinan que el estupro también corresponde al delito de violación. Como si la libertad sexual de las adolescentes fuera de menor cuantía, no solo es más difícil probar el delito, sino que la ley establece que cuando el que lo ha cometido accede a casarse con la chavala, el delito se extingue y por otro lado hasta la pena es menor.

Cuando he hablado con mujeres jóvenes y adultas sobre su experiencia con la “prueba del amor”, ellas dicen claramente que no fue algo agradable para ellas, que se sintieron presionadas, confundidas, que lo vivieron con mucho dolor, culpa y sobre todo con mucho miedo.

Aquellas que llegaron al matrimonio, a partir de esta experiencia, refieren con mucha tristeza o enojo que el desconocimiento de sus propios derechos les limitó para tomar una mejor decisión, se sienten engañadas, frustradas porque esto les marca la vida, sienten vergüenza y tratan de ocultarlo, se sienten culpables y sobre todo sienten el estigma social. En este sentido cabe la pregunta ¿Cómo será que se sienten aquellos que han llevado adelante este acto de abuso sexual?

En muchas ocasiones, cuando inicio una reflexión sobre “la prueba del amor”, veo rostros que sonríen con picardía, ya luego cuando comenzamos a abordarlo la situación cambia, sobre todo con las mujeres que expresan sus propias experiencias, desde la realidad dolorosa que han vivido y que siempre han ocultado.

La “prueba del amor” es pues una expresión más de abuso sexual, que se produce a partir de esa estrategia que establece el abusador en que seduce y somete, llegando a hacer sentir cómplice a las mujeres; a que la familia culpabilice a las chavalas y tome decisiones que marcan de forma dramática su vida.

El propósito de este escrito es poder aportar a las madres y padres de familia, a las autoridades policiales y judiciales, a las chavalas y toda la población en general, sobre la ocurrencia de esta forma de abuso sexual, para que aprendamos a prevenirla, a identificarla, denunciarla y condenarla. Para que en algún momento las chavalas puedan decir NO al abusador.

*Psicóloga Movimiento contra el abuso sexual  hablemosde.abusosexual@gmail.com yotecreo@gmail.com

A LOS HONORABLES MINISTROS DE LA PRIMERA SALA DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN:

LA DECLARACION DE MI MENOR HIJO VICTIMA DE VIOLACION, ES CLARA Y PREPONDERANTE, Y HA SIDO RESUELTA EN CONGRUENCIA POR LAS DIVERSAS INSTANCIAS QUE HAN REVISADO EL EXPIDIENTE

Mi nombre es Leticia Valdés Martell: soy madre y representante legal de mi menor hijo, quien fue víctima de violación dentro del Instituto San Felipe en la ciudad de Oaxaca. A cuatro años de una constante lucha por conseguir justicia, mi petición en este momento como madre y ciudadana mexicana, a los señores Ministros integrantes de la Primera Sala de la SCJN, es que en el expediente de mi hijo, mismo que ya se ha resuelto en congruencia por Ministerios Públicos, Jueces, Magistrados, por la recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y por los propios Ministros de la Primera Sala de la SCJN, habiendo concluido cada una de las instancias antes mencionadas, que quedó demostrada la responsabilidad penal de Magdalena García Soto, en el delito de violación equiparada en contra de mi menor hijo, mismo que en sus declaraciones es contundente en señalar cómo su maestra Malena lo subía jalándolo del brazo por las escaleras a la hora del recreo, que él lloraba, que tenía mucho miedo y se sentía muy triste, por que lo dejaba con su maestro de computación Salvador y otro que no era maestro el señor Hugo, que en ese lugar había un brincolín con pelotitas de colores, camitas de colores, que ahí le amarraban sus manitas y señala sus muñecas que le tapaban su boca amarrándolo con un trapo, que le gritaban muy fuerte en sus oídos groserías que no las mencionaré por que son muy obscenas, que le bajaban su pantalón, su calzón, lo que sigue es muy doloroso , consta en el expediente y en su declaración es la forma en que lo atacaban sexualmente, por lo tanto es más que imposible que esta mujer, quien tenía la tutela de mi menor no supiera para que lo llevaba y para que lo entregaba, me pregunto ¿acaso no veía el terror en el semblante de mi hijo? ¿acaso no veía en su carita lo mucho que lloraba? Por Dios santo, mi bebé tenía cuatro añitos, cómo pudieron hacerle esto. Pido como madre, como mexicana y a cuatro años de venir demostrando la verdad de lo que desgraciadamente le hicieron a mi hijo dentro del Instituto San Felipe en la ciudad de Oaxaca, con la evidente complicidad de la maestra Magdalena Rufina García Soto, los autores materiales de la violación de mi menor , de nombres, Hugo Gabriel Constantino García copropietario de este instituto y esposo de la dueña y directora general del mencionado instituto, Arcelia Yolanda León Ramírez, y Adán Salvador Pérez Ramírez, maestro de computación, quienes a cuatro años de giradas las órdenes de aprehensión y siendo vistos en esta ciudad, ninguna corporación policiaca ha podido capturarlos, a cuatro años de un desgaste moral, físico, económico y del alma, con el sensible fallecimiento de mi amado padre, quien era el padre de mi hijo en toda la extensión de su gran capacidad de guiarlo , amarlo, educarlo y protegerlo, hasta su último aliento, ya que yo soy madre y padre, y concientes de que a mi señor padre lo mató la impunidad, la impotencia derivada de la dilación, obstrucción y frialdad de algunas instituciones de procuración de justicia mexicana. Actualmente mi madre delicada de salud sufre, la familia sufre, esto es muy duro, los niños violentados y sus familias lo que menos deben es seguir siendo re victimizados. Por todo esto pedimos a los muy honorables ministros integrantes de la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, congruencia en su resolución, congruencia en la preponderancia de la declaración de mi menor, congruencia en el interés superior del menor, congruencia ante los lineamientos que la Primera Sala virtió en la anterior resolución donde tratándose de menores víctimas del delito deberán ser suplidas las deficiencias de la queja. Suplico, que no se siga fortaleciendo a las redes de pederastas y pedófilos que desgraciadamente han encontrado en México un paraíso para la comisión de estos delitos aberrantes en perjuicio de nuestros niños y niñas, a quienes dejan marcados con un daño de lesa humanidad, y que saben que contratando cuerpos jurídicos influyentes y muy costosos, y re victimizando a las víctimas con toda clase de infundios y bajezas que les funcionan como cortinas de humo, logran evadir la justicia, evitando la aplicación de las leyes. Siendo por desgracia los terriblemente perjudicados nuestros hijos, quienes cada día se encuentran más vulnerables y al asecho de estos depredadores de niñas y niños a los que no les permiten crecer sanamente, ser felices, ser respetados en su integridad física y psicosexual, ser niños!

Pido muy atentamente, una resolución en apego a derecho, y suplico que las voces de nuestras niñas y niños sean escuchadas. Respetuosamente: Leticia Valdés Martell y familia.

Apoyan esta solicitud: Lydia Cacho, Centro Regional de Derechos Humanos Bartolomé Carrasco Briseño, A.C., Comisión Diocesana de Justicia y Paz de la Arquidiócesis de Antequera Oaxaca, Católicas por el derecho a decidir, A.C., Frente Nacional contra la Represión, Fundación de la mano con la justicia, A.C., Consorcio para el diálogo parlamentario y la equidad Oaxaca, A.C., Diversidades y no discriminación, A.C., Red de sobrevivientes de abuso sexual clerical (SNAP México), Iniciativa Ciudadana Oaxaca (ICO), Red Internacional de Organizaciones contra la Explotación Sexual Comercial Infantil (ECPAT), Comisión Civil Internacional por la Observación de los Derechos Humanos (CCIODH).

jueves, 20 de enero de 2011

Marcando el camino

2. ¿Qué he logrado hasta ahora?

Los sobrevivientes tienen la tendencia de mirar todo lo que tienen que hacer en lugar de mirar lo que ya han logrado. Por ejemplo, un sobreviviente estableces una meta personal –salir de una relación abusiva, darse atracones y luego vomitar, prestar atención a sus sentimientos-. El sobreviviente trabaja como loco para alcanzar esa meta. Entonces, tan pronto como la meta es alcanzada el sobreviviente se dice una de dos cosas: “Oh, no fue tan difícil. Cualquiera lo hubiera hecho”. O, “¿Qué sigue?”. Nosotros minimizamos nuestros logros.

Es importante darte el crédito que mereces por todos tus éxitos, no importa si son pequeños o grandes. Si esperas a llegar al final del proceso de recuperación, hasta que “termines”, antes de que reconozcas tu progreso, esperarás por siempre. Cada pequeño paso es un bloque de construcción un logro por sí mismo, y mediante el reconocimiento de cada paso dado en el camino haces más espacio para el crecimiento futuro.

Haz una lista de las cosas que has logrado en tu vida. Incluye asuntos históricos (Me alejé de mi padre, Fui a la universidad a pesar de que a lo largo de mi infancia se me dijo que era estúpido, Elegí a una pareja no abusiva). Incluye cosas que has logrado como adulto, antes o después de que conscientemente hayas empezado a lidiar con el abuso sexual (Dejé de usar drogas, No me maté, Hice algunas llamadas telefónicas a un terapeuta, Fui a un taller de sobrevivientes, Le dije a mi mejor amiga que mi tío había abusado de mí). Tus logros pueden ser grandes o pequeños, terminados o todavía en progreso. Incluso si la única cosa que has hecho para sanar es comprar este libro, puedes escribir “Yo compré este libro y empecé a leerlo”.

Enlista tus logros con orgullo (y siéntete en libertad de agregar otros después).

Para reflexionar:

• ¿Me puedo ver a mí misma(o) como una persona capaz de tener logros?

• ¿Soy capaz de hacer una lista de mis logros? ¿Qué (si hay algo) me sorprendió de esta lista?

• ¿Tiendo a minimizar mis logros como insignificantes? Si es así, ¿Qué me puede ayudar a apreciarlos más?



3. Celebrando tus logros

Es genial anotarse éxitos, pero también es importante detenerse y celebrar. Al hacer esto, te inspiras a ti misma(o) e inspiras a otros, y te das un descanso bien ganado.

Toma unos momentos para pensar en las varias formas en que podrías celebrar tus logros. Podrías hacer una fiesta. Ir a cenar. Jactarte frente a un amigo. Recibir un masaje. Sé creativa(o).

En un taller, los sobrevivientes se juntan en grupos de cuatro y hacen listas de maneras de celebrar. Un grupo lee su lista frente a los demás: “Bailar desnudos en la playa”, “Volar un cometa”, “Ir de compras”, “Comer postre”, “Pasar tiempo con niños”, “No llamar a mamá”. Todos en el grupo se ríen.

Haz una lista con tus logros (no importa que sean pequeños). Luego haz una lista de las formas posibles de celebrar. Cada vez que logres algo haz una de esas cosas de tu lista. Agrega otras maneras de celebrar con regularidad.

Para reflexionar:

• ¿Qué podría celebrar ahora mismo?

• ¿Qué, si lo hubiera, está deteniendo mi camino?

Reflexiones: Marcando el camino

El proceso de recuperación de abuso sexual infantil es gradual. Es fácil sentirse frustrado por las altas y bajas del proceso, y por el tiempo que requiere. Mantener un récord de las etapas por las que vas avanzando te puede servir para reconocer el progreso que estás haciendo en el tiempo. La escritura y otras formas de expresión creativas son excelentes maneras de ganar perspectiva.

Los sobrevivientes a menudo se rehúsan a tomar el tiempo necesario para reconocer sus éxitos. Celebrar y prestar atención a los logros te inspira y prepara el camino para la recuperación futura.

Aquí hay algunas preguntas para ayudarte a identificar tus sentimientos presentes, metas y necesidades acerca de marcar tu camino.

• ¿Qué sentimientos experimenté mientras trabajaba en estos ejercicios?

• ¿Qué estoy sintiendo en este momento? ¿Qué sensaciones estoy experimentando en mi cuerpo?

• ¿De qué edad me sentí mientras trabajaba en estos ejercicios? ¿De qué edad me siento ahora?

• ¿Qué fue lo más difícil para mí en estos ejercicios? ¿Qué resultó confuso? ¿Qué no entendí?

• ¿Qué aprendí? ¿Qué compromisos hice? ¿Qué pasos debo dar?

• ¿Qué hice de lo que estoy orgullosa(o)?

• ¿Qué me falta por hacer? ¿Qué, si lo hay, quisiera repasar o volver a trabajar sobre eso?

• ¿Qué necesito hacer para cuidar de mí misma(o) ahora?

Espera los siguientes ejercicios acerca de identificar las formas como el abuso a marcado y modelado tu vida: Hacer un balance.



Tomado de El Coraje de Sanar, libro de ejercicios de Laura Davis.

jueves, 13 de enero de 2011

LAS MUJERES QUE AMAN DEMASIADO

Las siguientes características son típicas de las mujeres que aman demasiado. (El libro se refiere fundamentalmente a mujeres, pero es probable que algunos hombres se identifiquen con estas afirmaciones)



1. Típicamente, usted proviene de un hogar disfuncional que no satisfizo sus necesidades emocionales.



2. Habiendo recibido poco afecto, usted trata de compensar indirectamente esa necesidad insatisfecha proporcionando afecto, en especial a hombres que parecen, de alguna manera, necesitados.



3. Debido a que usted nunca pudo convertir a su(s) progenitor(es) en los seres atentos y cariñosos que usted ansiaba, reacciona profundamente ante la clase de hombres emocionalmente inaccesibles a quienes puede volver a intentar cambiar, por medio de su amor.



4. Como la aterra que la abandonen, hace cualquier cosa para evitar que una relación se disuelva.



5. Casi ninguna cosa es demasiado problemática, tarda demasiado tiempo o es demasiado costosa si "ayuda" al hombre con quien usted está involucrada.



6. Acostumbrada a la falta de amor en las relaciones personales, usted está dispuesta a esperar, conservar esperanzas y esforzarse más para complacer.



7. Está dispuesta a aceptar mucho más del cincuenta por ciento de la responsabilidad, la culpa y los reproches en cualquier relación.



8. Su amor propio es críticamente bajo, y en el fondo usted no cree merecer la felicidad. En cambio, cree que debe ganarse el derecho de disfrutar la vida.



9. Necesita con desesperación controlar a sus hombres y sus relaciones, debido a la poca seguridad que experimentó en la niñez. Disimula sus esfuerzos por controlar a la gente y las situaciones bajo la apariencia de "ser útil".



10. En una relación, está mucho más en contacto con su sueño de cómo podría ser que con la realidad de su situación.



11. Es adicta a los hombres y al dolor emocional.



12.Es probable que usted esté predispuesta emocionalmente y, a menudo, bioquímicamente, para volverse adicta a las drogas, al alcohol y/o a ciertas comidas, en particular los dulces.



13. Al verse atraída hacia personas que tienen problemas por resolver, o involucrada en situaciones que son caóticas, inciertas y emocionalmente dolorosas, usted evita concentrarse en su responsabilidad para consigo misma.



14. Es probable que usted tenga una tendencia a los episodios depresivos, los cuales trata de prevenir por medio de la excitación que proporciona una relación inestable.



15. No la atraen los hombres que son amables, estables, confiables y que se interesan por usted. Esos hombres "agradables" le parecen aburridos.



ROBIN NORWOOD - LAS MUJERES QUE AMAN DEMASIADO.

La recuperación es posible

Abuso sexual, recuperación, culpa, vergüenza, mecanismos para enfrentar el trauma, adicciones, automutilación, suicidio… son palabras avasalladoras. Estoy cansada de escucharlas, estoy cansada de sobrevivir. Muchas personas me dicen “estoy contigo”, “cuentas conmigo”, “si necesitas algo…” pero la verdad es que estoy sola, me siento sola, incomprendida… las personas que me conocen mejor me dicen que lo olvide, que lo deje atrás, que me gusta vivir en el pasado, incluso hay estúpidos que dicen que me gusta sufrir…

Nadie entiende. Estoy sola en este camino sin fin…

Terapia, libros, hablar de mis sentimientos, hablar de mis recuerdos, ¿cuáles, los bloqueados o los dolorosos?... el típico échale ganas, todo depende de tu voluntad… nadie entiende.

Así transcurrían los años en los cuáles estaba tratando de recuperarme del abuso sexual infantil y de los años que le siguieron. Esos años en que hice todo lo posible para destruirme, para castigarme por haber permitido el abuso, esos años en que caí desde la alcantarilla hasta el infierno y miles de demonios me vejaron, me dañaron, me pisotearon…

Llegó el inicio de la recuperación con un intento estrepitoso de suicidio, no el primero, pero sí el más consciente, el más lacerante, el más hiriente porque por primera vez sabía por qué estaba tratando de matarme. Porque por primera vez sabía que era verdad, que no lo había imaginado, que no era una niña de mente retorcida que imaginaba tanta basura. Por primera vez sabía que había sido víctima de abuso sexual infantil.

Había sido víctima… había sido… ya no… ahora no se me permitía usar la palabra víctima; a partir del inicio de la terapia tenía que decir soy sobreviviente. ¿Sobreviviente? ¿Acaso esto es estar viva? En ese momento no entendía el significado de la palabra sobreviviente, pero una cosa sí tenía bien clara, la palabra víctima me causaba repulsión.

Traté por años de obtener la compasión de quienes me querían, no la lástima, sino la empatía; la comprensión de lo que había vivido y de cómo eso no había terminado hacía 13 años. De cómo me había estado afectando todos estos años. Nunca comprendieron.

También traté por años de encontrar la respuesta a ¿por qué? A tantos porqués. Jamás la encontré y ahora sé que no hay respuesta, no puede haber respuesta.

El haber iniciado una terapia y leer libros y libros sobre el tema y otros tópicos relacionados con el abuso y con las secuelas del abuso no resultó en dejar de poner en marcha los mecanismos de defensa del subconsciente, ni dejar de repetir una y otra vez las conductas autodestructivas que eran la única forma de ser que conocía entonces.

Y leía que iba a sanar, que se iba a acabar, que algún día no me comportaría así, que algún día me sentiría feliz, que iba a salir de este túnel de dolor… pero no lo creía, simplemente no lo podía creer porque por más que miraba hacia atrás en mi vida, no podía recordar un momento en que me hubiera sentido feliz, sin miedo, confiada, con esperanza… no conocía ningún otro sentimiento, no conocía otra forma de vivir.

El caos era mi sobrenombre y si no había caos yo me encargaba de crearlo. Y en terapia pensaba, soy una farsante, nunca sanaré, nunca saldré de esto… y me dolía tanto, tanto, la terapia, las lecturas, las películas para entender… que ya no quería saber nada más. No quería volver a escuchar abuso sexual, no quería volver a pensar en el abuso sexual, sólo quería apagar la luz y no volver a saber nada, sólo dejar de existir…

Pero no lo hacía, seguía y seguía… supongo que se trataba del instinto más básico de todo ser viviente… el instinto de superviviencia, la autopreservación…

Todo lo que había venido haciendo después del abuso y después de iniciada la terapia no era otra cosa más que instinto de autopreservación, sólo que antes de la terapia y de tantos libros mi instinto estaba un tanto mal encaminado, me había permitido lograr el objetivo, mantenerme con vida, pero a qué precio…

Ahora, con tantos libros, con tantas sesiones, con ayuda del grupo, me daba cuenta que ese mismo instinto tendría que ser canalizado en una mejor dirección…

Que tarea tan titánica, por dónde empezar… que agotador resultaba el solo hecho de pensarlo… mejor no, mejor dormir, mejor correr, mejor estudiar, mejor otras cosas pero no enfrentar los pedazos de mi vida. Pensaba, no voy a poder. Es demasiado, es inhumano, no es para mí. Pensaba también y si puedo mantenerme viva enfocándome sólo a respirar y me olvido de ser mejor, de ser feliz, de alcanzar el nirvana… total si nadie es perfecto, si todos tienen sus propios demonios, si he podido vivir hasta ahora así, mal, pero sigo viva…

Y así pasaban los días, las semanas, los años… a veces los minutos parecían eternos y pensaba en vivir 1 año más y me parecía imposible… y me preguntaba cuánto más falta, cuánto más…

Miraba a mi alrededor en busca de salidas de emergencia…

Estaba agotada de sobrevivir…

pero entonces un día me di cuenta que no estaba pensando en el abuso, no había recordado a mi agresor en varias horas, que no había pensado en mi triste y lastimera infancia, sino en las persecuciones en bicicleta con los niños del vecindario donde crecí, en las carreras de tortugas, en mis ranas verdes, en mis ochos de la universidad y mis dieces del posgrado, en lo bien que me sentía en mi nuevo empleo y en el hombre que me invitó a salir… de pronto mi vida era algo más, de pronto podía bajar la guardia y el mundo no se venía abajo…

…de pronto comprendí que soy feliz. Mi vida no es perfecta pero es vida. La recuperación es posible.