martes, 3 de noviembre de 2009

LA PUERTA FALSA


Brigitte Hauschild*

Hoy quiero dedicarme a sembrar esperanza. La quiero sembrar en aquellas mujeres adolescentes, jóvenes y adultas que están pasando por lo que yo también pasé: por las ganas de morir.

Es cierto que no solo el abuso sexual vivido en la niñez puede llevarnos a la conclusión de que nuestra vida no vale nada, que no tenemos fuerza para seguir viviendo, o que la vida que llevamos no es vida, sino más bien tortura. Pero particularmente para las sobrevivientes de abuso sexual infantil escribo este artículo, ya que para muchas de nosotras es muy difícil aguantar una vida con las secuelas que nos deja esta dolorosa experiencia. Se nos hace muy difícil concluir el también largo y atormentado camino de sanar, ya que este camino está lleno de momentos cuando casi nos derrumbamos, cuando nos falta la fuerza de seguir viviendo.
El abuso nos aísla, sea por amenaza, sea por vergüenza, por miedo de no ser creída o por otras razones. De un momento al otro sentimos que nuestra vida no vale nada. Así pasé muchos años de mi vida, sin raíces de amor a la vida Yo no recordaba el abuso que mi padre había cometido contra mí desde muy tierna edad.

Ya adulta imprevisiblemente y de repente me llegaron los primeros recuerdos. Yo pensé que estaba volviéndome loca: La situación casi me aplastaba. No sabía cómo seguir con mi vida. ¿A quién dirigirme para buscar ayuda sobre un tema del que nadie hablaba en Nicaragua? Sentí un peso encima que me hacía difícil levantarme. Pasé días en la cama sin poder moverme. Caí en una crisis inolvidable y no sabía cómo sobrevivir a esta crisis. Me dolía todo el cuerpo y me pregunté:
¿Es eso vida? ¿Quiero seguir viviendo así? Quería tanto volver a la vida de antes: trabajar 18 horas cada día sin sentirme. Después de varios días sin dormir y casi sin interrupción en llanto, mis propios recursos de sobrevivencia se reactivaron y busqué ayuda donde una psicóloga. Mi vida estaba conformada de llantos interminables, de sentimientos de incompetencia, nulidad, dolores en todo el cuerpo y una tan profunda desolación, soledad y angustia que nada logró levantar mis ánimos. Me fue imposible imaginarme que esta vida podría tomar algún día otro rumbo.

¡Cuánto me costó a veces irme a la terapia y qué duro ha sido el trabajo tanto en mi proceso terapéutico como en mi grupo de apoyo mutuo! Me parecía que mi vida solo trataba de abuso sexual, por la mañana, al mediodía, por la tarde, durante la noche, los fantasmas de mi niñez me acompañaban como duendes de películas de terror. Me acompañaba el miedo, si no era el miedo, la rabia, si no era la rabia, la angustia, si no era la angustia el insomnio, si no era el insomnio, el sueño interminable… ¡Qué vida! Ganas de tener pareja, miedo de tener pareja, ganas de salir, miedo de salir. Miedo de la oscuridad, miedo de las puertas cerradas, pánico con puertas abiertas, miedo a la luz, desconfianza en cuartos cerrados, miedo al estar sola, turbación estando con otras personas. Muchas veces estos estremecimientos/emociones eran tan fuertes que no viví. No estaba muerta, pero tampoco vivía. Tiesa, las manos contraídas, las uñas dejando huellas en la palma de mis manos. Incapaz de moverme, las piernas con cada paso más pesadas. ¿De dónde sacar la fuerza para seguir luchando? ¿Y luchar para qué? No tenía una visión de cómo puede ser mi vida “al final del túnel.

Sí, tenía ganas de saber mi historia del abuso con todos los detalles, a veces queriendo desbaratarme la cabeza para encontrar las grabaciones en el disco duro de mi cerebro. Tenía ganas de matar al abusador, de la forma más cruel, ya que morirse así me parecía más vida de la que yo llevaba
Tenía tantas ganas de no seguir sintiendo estas emociones aplastantes, tenía tantas ganas de sentir un dolor FISICO para dominar mejor el dolor indominable. Tenía tantas ganas de dormir sin despertarme más: ¡NUNCA MÁS! Pero hoy sé que es la puerta falsa pensar en suicidarme.

Estos tiempos ahora son del pasado. Estas emociones puedo memorizar, pero ya no me duelen. Puedo confirmar a otras sobrevivientes que les entiendo, que reconozco sus sentimientos, y aunque duelen, son pasajeras.

El largo túnel de mi proceso de recuperación emocional al final me dejó ver el sol brillante de una vida entera, completa, feliz, digna. Siento una abundancia de felicidad que comparto generosamente con otras que me solicitan mi acompañamiento, mi apoyo, mi abrazo, mi ternura. Las invito a permitirse estas emociones, son parte del proceso, nos llevan a recuperar nuestra capacidad de sentir, nos llevan a la más intensa profundidad de los sentimientos dolorosos que hemos tenido en el momento del abuso. Soportar esta etapa – bien acompañada – de testigos empáticas, del apoyo terapéutico, de las mujeres del grupo y vivir esta etapa es la puerta correcta. Hay apoyo para ti. Mereces una vida feliz y tienes la puerta abierta, la que verdaderamente te da esta oportunidad. Nos puedes contactar. No estás sola.
*Soy sobreviviente.Teléfono: 2251-0110.aguasbravas_nicaragua@yahoo.comhablemosde.abusosexual@mail.comyotecreo@gmail.com

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