domingo, 26 de mayo de 2013

La delgada línea que divide la protección del castigo

La delgada línea que divide la protección del castigo
Cuando descubrimos que un niño o niña está siendo abusado o maltratado en alguna forma por sus padres o uno de ellos, algunos inmediatamente piensan que es necesario sacar al pequeño de ese núcleo y entregarlo a un hogar temporal, ya sea para que espere ser adoptado o bien para que se realicen las investigaciones pertinentes y se decida más adelante qué se va a hacer con ese pequeño. Desafortunadamente algunos tienen el poder de hacer esto y no sólo pensarlo.
Éste es un tema delicado y muy difícil porque sí, efectivamente, lo urgente es proteger al pequeño y detener el abuso inmediatamente. En algunos casos, quizá en los menos ésta sea la mejor manera de proceder para salvaguardar al pequeño pero ésta debería ser una medida extrema tomada sólo cuando se ha analizado a profundidad la problemática y no se halla mejor opción.
Una de las razones por las que los niños y niñas callan es el miedo a perder a su familia. Algunos lo piensan por sí solos, a otros se los advierte el agresor.
“Si digo algo mi mamá ya no me va a querer”. “Si lo digo mi papá va a matar a mi mamá”. “Si lo digo me echarán de casa”. “Si lo digo mi familia va a ser destruida”. Y catapúm… lo dice o alguien lo indaga y su peor pesadilla se hace realidad. Las autoridades intervienen y el niño o niña es arrancado de su hogar, el único universo que conoce, y es colocado en un hogar temporal que con mucha frecuencia no es un lugar cálido y protector donde el pequeño encuentre el amor y la seguridad que tanta falta le hace.

Algunos niños pasan años en hogares temporales esperando una adopción que nunca ocurre. Otros son adoptado y regresados como mercancía defectuosa más de una vez y claro, que ante tanto rechazo y no encontrar lo que buscan, ese universo que conocían y por obscuro que fuera era el único que tenían, su carácter se va deformando y van siendo más rebeldes, o retraídos, o violentos, o suicidas, o depresivos, o cualquier otra expresión de pérdida e inseguridad que los hace cada vez más proclives a ser rechazados. Otros más van a hogares donde sufren peores maltratos y algunos encuentran la muerte en esos hogares donde presuntamente se les está protegiendo de sus progenitores. De cualquier forma, para la mayoría de estos niños la vida va de un infierno a otro y a otro y a otro.

El primer mensaje que se debe dar a un niño o niña que sufre cualquier forma de maltrato es “tú no eres el culpable”. Al no ser culpable, no debe ser castigado, por tanto no debe ser arrancado de su hogar, apartado de su familia, arrancado de su entorno. Se debe de extirpar al culpable o a los culpables, no a las víctimas. Muchas veces las madres que fallan en proteger a sus hijos son a su vez víctimas del mismo agresor. Es importante determinar en qué casos la madre es también una víctima y luego de quitar al victimario de la escena, es necesario iniciar un programa que empodere a la madre y le dé las herramientas para protegerse y proteger a sus hijos, que le permita recuperar su autoestima y encontrar los medios para alcanzar la autonomía. A la vez, ese programa debe comprender la restauración del lazo madre-hijo(a) para que juntos puedan sanar las heridas del maltrato y fortalecer su relación que tanta falta hace al niño o niña.
Únicamente cuando se comprueba que ambos padres son agresores se debe recurrir a separar a los pequeños de sus padres pero en estos casos se debe buscar la opción de entregarlos en custodia a un adulto cercano, protector y amoroso de los niños, como pueden ser los abuelos, tíos, padrinos, algún hermano mayor de edad que reúnas las condiciones para poder hacerse cargo del pequeño. Sólo cuando no hay nadie cercano al niño o niña que pueda asumir la custodia, entonces se debería recurrir a los hogares temporales y si fuera necesario, a la adopción; pues por mucho que esta decisión se tome en el mejor interés del pequeño, para él o ella, esta medida representa el castigo a su incapacidad de guardar el secreto y la reafirmación de su profundamente arraigada idea de que él o ella es el responsable del abuso. 

Cony Díaz.
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