domingo, 3 de noviembre de 2013

Las raíces del silencio



Si miro en retrospectiva me encuentro que el abuso sexual y el silencio que le siguió fueron síntomas de algo más profundo.

Yo no era capaz de decir que no, yo era y todavía queda mucho de aquello, una niña que se paralizaba ante las amenazas. No sabía correr, gritar, defenderme. No era pendenciera ni contestona. Simplemente me quedaba inmóvil, muda, petrificada.

Los recuerdos que tengo de la relación con mi madre van desde el sentirme rechazada, no querida, despreciada. El haber sentido siempre que ser mujer era un defecto. Que la razón primordial del rechazo de mi madre era justamente mi condición de mujer. Recuerdo sus regaños, sus consejos, sus ejemplos… ahí radican muchos de los problemas, ahí nace el maldito chip que tanto trabajo me da reprogramar una y otra vez porque a veces como que todavía jala hacia lo obscurito de la memoria.

--Tú siempre estás enojada, te enojas por todo, enojada eres muy fea… en el fondo el mensaje era “no tienes derecho a enojarte, enojarse no es bueno, la que se enoja es mala”. Pero claro que no recuerdo a mi madre diciéndole a mi hermano que no podía o no debía enojarse.

--Egoísta, eres una egoísta… “comparte, da, despójate, no mereces tener”… pero ese mensaje no era parejo con mi hermano, ese también era sólo para mí.

Te pareces a tu padre, a tu abuela [paterna por supuesto], a Gloria [su cuñada], a Juan [su cuñado], a José [el otro cuñado]… y esas comparaciones caían dentro del contexto de “no trago a mi suegra, es una egoísta.  Mi esposo es un inútil. Gloria es una amargada. Juan es un bueno para nada”. Nunca hubo ni buenos sentimientos, ni buena relación, ni afecto entre mi madre y su familia política. Sus razones tendría y según dice se esforzó mucho pero de nada sirvió. Pero tanto odio, tanto resentimiento jamás disimulado y tanto afán por compararme con ellos hizo mella en mi autoestima, en la cercanía que sentía con mi madre, en la confianza que le tenía, en la certeza que tenía de que mi madre estaba en mi contra y nunca conmigo, de que mi madre me hacía el favor de tolerarme.

--Eres una zorra [por pretender usa tampones]. Tienes que ser virgen porque no quiero que el día que te cases tu marido venga y me reclame.

Mi hermano muy ofendido porque yo tenía novio (a los 17 años), me acusó con mi madre que me dijo que yo le debía de decir las cosas, que podía hablar con ella de lo que fuera, pero que era una zorra, que sentía vergüenza porque su hija se portaba como una cualquiera, que cuando ella veía a muchachitas con el novio ella pensaba que nunca quisiera ver que su hija se comportara igual porque ella era una mujer decente.

Cuando se me ocurrió decir que un muchachito de la escuela me había dicho que quería conocerme y estar cerca de mí, recibí calificativos de ramera, de plato de segunda mesa, que seguro saldría con mi domingo siete.

No había comunicación. No había confianza. No se podía hablar de nada, preguntar nada. No se podía ser. Mi madre durante años, décadas (y todavía lo intenta) me decía come, ponte suéter, no llegues tarde… trajo al sacerdote para que rezara por mi alma porque dije que no creía en dios y no me interesa la religión. Salí de su casa huyendo, tratando de crecer porque ella simplemente no quería que yo creciera, porque ella no aceptaba que yo fuera una persona diferente de ella, que yo no fuera una extensión de sí misma. Mi madre, la eterna menor de edad, que se quejó y se quejó de mi padre todo lo que pudo pero nunca hizo el intento de dejarlo, nunca intentó trabajar, ganar dinero y mantener a sus hijos, que una vez que se divorció y no por gusto, se colgó de mí en un intento desesperado de sobrevivir. Y yo tuve que hacer doble y triple esfuerzo porque estaba empezando mi vida de independencia y tenía que ser capaz de sostener dos hogares y crecer, crecer, crecer para hacer realidad mis sueños.

Mi padre ausente aun cuando estaba en la casa reforzaba los mismos mensajes, las mujeres tienen menos derechos, las mujeres son rameras, sirves para sirvienta… él nunca se metía pero cuando se metía quería resolver todo con un grito, por lo general estaba absorto en la televisión pero cuando salía de su fantasía era para pegar un grito o dos y que los hijos se movieran como soldaditos para tener contenta a la mamá y ésta a su vez, dejara de molestar con sus quejas.

Entre ellos la relación era tensa, la mayor parte del tiempo ni se hablaban, se quejaban conmigo de sus fallas maritales, económicas, frustraciones y demás avatares. ¿Amor? ¿Cuál amor? No aprendí de amor de pareja viendo a mis padres, ni confianza ni buena relación. Sólo ires y venires entre gritos y ley del hielo.

Ni mi padre ni mi madre fueron las personas mentalmente hablando más sanos, ni fueron maduros, independientes, fuertes. Soy la persona que soy porque he luchado siempre contra esas imágenes de lo que no quiero ser, de cómo no quiero ser. Por esforzarme por ponerme de pie y crecer pero ellos hicieron mucho daño, ellos minaron mi espíritu durante los primeros años de vida, etapa fundamental para el desarrollo de un niño y una niña.

El mensaje de las mujeres somos diferentes, estamos en desventaja y no tenemos derechos siempre estuvo latente. Si les hubiera confrontado con su visión misógina de lo femenino ambos se hubieran ofendido y recalcado que ellos estaban en favor de la igualdad, pero con el ejemplo y el día a día erosionaban mi humanidad por ser mujer.

Quiero a madre y a mi padre lo quise y sobretodo lo necesite siempre, añoraba a un padre que no sabía que existía pero que me hacía falta. Mi madre jura que me ama y que siempre me amó y ahora que soy adulta no lo dudo, pero no fue el amor que yo necesitaba y me hizo mucha falta cuando estaba creciendo, no importa si ella lo sentía, lo importante es que yo no lo sentí y de nada sirven los razonamientos adultos para aliviar los dolores añejos.

Soy una mujer fuerte, me he sobrepuesto al abuso y a tanto desamor y conflictos de mi infancia. Pero el abuso sexual sólo fue la traición final, callarme fue la única opción y cuando traté de hablar, me calló mi madre. La tibieza con que mi familia trató el tema cuando por fin hablé fue la norma.

¿Por qué callamos los niños y niñas el abuso? Porque hemos aprendido a callar desde antes. 


Las criaturas pequeñas como nosotros sólo podemos soportar la inmensidad por medio del amor. C. Sagan

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