martes, 11 de febrero de 2014

Desacreditar a las víctimas


Durante varios años he sido testigo del sufrimiento que padecen las víctimas de abuso sexual. El secreto forma parte del delito, el miedo y el entorno social son los componentes que perpetúan el silencio cómplice.

El abuso sexual sucede generalmente en el entorno íntimo o cercano de los menores. Padres, abuelos, hermanos, tíos, primos, amigos de la familia, maestros, sacerdotes
aprovechan la confianza para convertirse en agresores.

El crimen sucede en la intimidad. Generalmente es un delito que sucede en la oscuridad, en un lugar apartado, en soledad. Generalmente no existen testigos que puedan corroborar el dicho de la víctima.

Cuando el asalto sexual ocurre, la víctima padece inmediatamente un dolor tan intenso que le produce confusión. Se siente sucia, culpable de lo ocurrido. El agresor es alguien conocido, cercano o familiar y eso provoca que no sepa si lo sucedido fue correcto o indebido.

El agresor aprovecha casi siempre su ascendencia moral como padre, abuelo, maestro o sacerdote para acercarse a la víctima. Se va ganando su confianza con detalles, tímidos acercamientos físicos, demostraciones de cariño y regalos, hasta que finalmente consigue derribar las barreras y resistencias de su víctima.

En ese momento, el agresor se acerca sigiloso con la firme intención de consumar algo que tiene planeado tiempo atrás. Lo hace convenciendo, pero a veces, también amenazando. La superioridad física y el rol de poder, hacen el resto para someter totalmente a la víctima.

El episodio o los episodios de abusos, se convierten rápidamente en un secreto entre la víctima y el agresor. Y así se mantiene durante años. Luego, con el paso de los años ese secreto ayuda a olvidar, a pensar que aquello verdaderamente no ocurrió, que fue una pesadilla. El secreto, sin embargo, va carcomiendo la autoestima de la víctima, la va orillando a la depresión, al desasosiego permanente. El proceso es devastador. Le destruye la vida. Así de simple y terrible.

La víctima crece con un estigma. Difícilmente realizará sus objetivos sin problemas. El fracaso en cada actividad le perseguirá. El escape a las drogas o al alcoholismo será una salida. Los trastornos de personalidad, alimenticios o efectos secundarios de su salud mental, le perseguirán. Su sexualidad está tan dañada que no podrá sostener fácilmente relaciones de pareja. La terapia y la atención especializada le ayudarán siempre y cuando este dispuesta a atenderse.

Los sentimientos y las emociones respecto a su agresor aumentarán cada día, porque en el fondo, jamás podrá olvidar lo que vivió. Llegará un momento que querrá enfrentarlo, reclamarle, desahogar su coraje. Y cuando finalmente rompa el silencio, empezará a sanar. Sin embargo, no logrará iniciar su proceso de liberación, hasta obtener justicia y reparación.

El día que hable y cuente lo que pasó, se enfrentará a la duda de los demás. Algunos no le creerán. Sobre todo, si el agresor lleva una vida aparentemente intachable, si tiene una carrera profesional exitosa, si socialmente está reconocido como un “buen” hombre.

La carta de Dylan Farrow publicada en The New York Times sobre los abusos sexuales que sufrió por parte de su padre Woody Allen tiene todos los componentes de credibilidad: “cuando yo tenía siete años, Woody Allen me cogió de la mano y me llevó a un ático sombrío, casi un armario, que había en la segunda planta de nuestra casa. Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Y entonces me agredió sexualmente. No dejó de hablar mientras tanto, de susurrar que era una buena niña y que aquello era un secreto entre los dos, de prometer que íbamos a ir a París y yo iba a ser una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren, no perderlo de vista mientras daba vueltas por el ático. Todavía hoy, me resulta difícil contemplar trenes de juguete”.

Su confesión, me recordó al testimonio de Manuel Vega, un policía de Los Ángeles que fue abusado sexualmente por el sacerdote pederasta Fidencio Silva: “El día de Pascua me dijo que quería hacer una pintura grande de la Virgen de Guadalupe y una alegoría de Cristo resucitado. Nos pidió a todos los monaguillos que nos desnudáramos, luego nos empezó a hacer fotos, pidiéndonos que nos colocáramos con los brazos abiertos y nos comentó: “Acuérdense de que están modelando como Jesús crucificado”.

Como Dylan Farrow con los trenes, Manuel Vega tenía un recuerdo fijo: el cristal amarillo: “Cuando el padre y yo llegamos a la sacristía se sentó y en voz baja me dijo: “Necesito hacer fotos de tu pene, porque es un pene circuncidado”. Yo me avergoncé mucho, porque me empezó a tocar diciéndome que quería que tuviera una erección. Me sentí tan incómodo que traté de resistirme, pero me tomó de los hombros muy agresivo regañándome y gritándome que necesitaba fotos de mi eyaculación. Lo hice casi llorando, pero él violentamente me metió su dedo en mi ano. Recuerdo el cristal amarillo de la ventana de la sacristía cada vez que paso por la iglesia. Todo es como una película de terror”.

Luego de la publicación del testimonio de Dylan Farrow han salido de forma inmediata gente a defender a su padre. Algunos, como su hermano adoptivo dicen que miente. El propio Woody Allen publicó un desmentido en el mismo periódico, argumentando que todo es una venganza de su ex esposa Mia Farrow a quien acusó de enseñarle a odiar a su padre y de “hacerle creer” que había abusado de ella.

Independientemente de prejuicios, la verdad es que el récord de Woody Allen tampoco le ayuda. Haber escapado con su hija adoptiva Soon-Yi a quien finalmente convirtió en su esposa, no habla muy bien de él.

Pero en su caso, al igual que en el de Roman Polansky, hay gente muy importante que ha salido a defenderlo. Ambos son “genios” del séptimo arte. Ambos son respetados y admirados por su trabajo cinematográfico. Para sus defensores, en el caso de Polansky las acusaciones de abuso sexual contra menores fueron en realidad una “venganza envidiosa” del Imperio contra su genialidad y en el caso de Woody Allen, la denuncia pública obedece a una venganza de una ex esposa despechada.

Desacreditar a las víctimas en una cultura patriarcal por antonomasia no ayudará a construir una sociedad diferente. Ninguno de nosotros podemos saber quien dice la verdad con certeza, pero seremos nosotros los que decidamos a quién creerle en base a sus testimonios. Dylan decidió irse a vivir a Florida, lejos de sus padres. Decidió cambiar de nombre para sobrevivir. Finalmente ha roto el silencio y como ella dice, ahora nadie la callará. Yo le creo a ella...

Sanjuana Martínez.
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