domingo, 4 de julio de 2010

Mi tercer paso

Hablemos de abuso sexual
Mi tercer paso
Laura Jiménez*

Todavía recuerdo cuando pregunté por una consulta psicológica. Tuve que tomar mucha valentía para hacerlo. No me hubiera gustado tener que pasar por esta experiencia pero mi cuerpo gritaba: ¡Necesito ayuda, es una emergencia. Me estoy muriendo!

Nunca pensé que pudiera tener guardado tanto miedo, ansiedad, enojo y dolor, sobretodo dolor, por algo que me había ocurrido veinte años antes. Quería hablar con alguien profesional, que me brindara confianza y que fuera mujer porque no podría hablar con un hombre del abuso sexual que sufrí de niña. Necesitaba un sitio donde cobraran barato porque no tenía dinero para cubrir consultas caras y periódicas, pues sabía que necesitaba terapia, es decir, asistir a varias citas con cierta periodicidad.

Después de varias indagaciones e instándome a vencer mi temor, fui a un centro de mujeres a fijar la cita. Pude haberlo hecho por teléfono, pero quería ver el lugar. Necesitaba preguntar personalmente por la consulta como una forma de sentir más valentía para el gran día en que hablaría por primera vez. Estaba convencida de que me dirían “su cita es hasta dentro de 15 días”, así que me dije que tendría esos días para respirar y pensar sobre lo que diría.

Tuve la dicha de que la vida me reservó el espacio y momento adecuado. Llegué a la recepción y dije: “me gustaría hacer una cita psicológica”. Me llevé un gran susto cuando la mujer que estaba en frente me dijo: “De acuerdo, puede ser ya”. ¡Ella era la psicóloga y su agenda estaba disponible en ese momento! No podía creer que ése era el gran día, pero me dije, bueno, aquí voy.

Entrar al consultorio y sentarme para tener que decir lo que nunca le había contado a alguien --ni siquiera a mí misma en voz baja-- fue una de las confrontaciones más difíciles que he hecho en toda mi vida. La mayor parte del tiempo soy expresiva y de hablar fluido, pero esa tarde hablé muy despacio y bajo. Y mi voz se quebraba a medida que avanzaba.

Comencé diciéndole de mis últimas emergencias médicas frecuentes y de mi repentina claustrofobia. Cuando llegué a tener que decir la gran cosa -que tenía atorada desde hacía veinte años- mi voz terminó de quebrarse. Le dije a la psicóloga que yo recordaba la vez, cuando era niña, en que mi tío se quedó cuidándome un par de horas. Estábamos solos en la casa, y de repente me llamó desde el cuarto. Él estaba con su pantalón abajo, mostrándome su pene. No recuerdo nada más, no sé qué hice ni qué pasó, pero lo intuyo porque siento que mi cuerpo todavía lo tiene presente.

Recuerdo el rostro de la psicóloga cuando me escuchaba. Estaba completamente concentrada en mí. Me hizo sentir tan atendida y confortada. Me explicó cómo nuestra mente puede olvidar completamente cosas muy fuertes que pasaron en nuestra niñez. Trató de hacerme ver que lamentablemente sería difícil y doloroso buscar en mis recuerdos, pero hacerlo me ayudaría a sentirme bien y a sacar de mi subconsciente todo mi sufrimiento.

Mi segunda cita psicológica fue una semana después. Llegué con un montón de cosas escritas porque disciplinadamente traté de recordar toda mi infancia y los momentos en que estuve con mi tío para tratar de armar el rompecabezas. La psicóloga me felicitó por mi esfuerzo y reconoció que lamentablemente muchas sobrevivientes no siguen la terapia porque es muy difícil confrontar los recuerdos del abuso sexual. Pero yo lo hice y la actitud de la psicóloga fue un apoyo incondicional para avanzar.

A medida que avanzo en mi proceso de sanación soy más consciente de cuan importante ha sido cada decisión que tomo para curarme completamente. A veces me he cuestionado por qué no busqué apoyo antes, pero después de mi propio análisis me doy cuenta de que comencé la terapia psicológica cuando mi cuerpo y mi mente estaban listos. Quizá si hubiera ido antes sin haberme tomado el tiempo para respirar, indagar a dónde ir y sobretodo convencerme de que mi cuerpo me estaba diciendo que lo escuchara y pidiera ayuda, tal vez no hubiera vuelto a una segunda consulta.

Durante mucho tiempo pensé que iniciar terapia psicológica fue mi primer paso. Ahora me doy cuenta de que en realidad el primero fue escuchar a mi cuerpo, el segundo creer que fui abusada sexualmente cuando era niña y convencerme de que necesitaba ayuda. Entonces, comenzar la terapia psicológica fue mi tercer paso.

Llegué una y otra y otra vez a conversar con la psicóloga. Todavía lo estoy haciendo y seguiré hasta que llegue el día cuando pueda decir: “Estoy sana”. Sé que ese día está cada vez más cerca.

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