martes, 12 de abril de 2011

COSAS QUE NUNCA TE DIJE CUANDO ESTABA MUERTA

Un día que entré en Internet, leí un artículo de Carmen Posadas. Hablaba de un síndrome, no recuerdo su nombre, era algo así como “la tiranía del débil” pero sí recuerdo bien como describía su sintomatología, porque copié y pegué algunos párrafos para mi diario personal, mucho antes de decidir convertirlo en un blog. Siento no haber guardado el link, espero que su autora me lo sepa disculpar:
“…Existen muchas personas que ejercen ese tipo de tiranía. Personas que con razón o sin ella hacen que uno se sienta fatal. Gente que sabe qué fibra tocar para conseguir de los demás lo que se ha propuesto. Se trata con frecuencia de personas que no han tenido suerte, que no cuentan con muchos amigos, que están solas y que haciendo alusión a su situación, utiliza el arma más infalible que un débil tiene contra sus semejantes: hacerles sentir culpables…”
Toda la familia sabe utilizar esa tiranía con maestría, pero la verdadera experta en ese chantaje emocional eres tú, mamá. Pequeñita y con aspecto frágil, siempre has inspirado la ternura y la lástima de la gente.
Y ahora yo me pregunto, ¿Dónde está el límite? ¿Dónde se marca la línea que diferencia una petición de ayuda con la desvergüenza de aprovecharse de la caridad de los demás? Y cuando no aceptas esa ayuda, ¿es por orgullo, o para justificar tus propios actos indignos?
Es curioso, cuando le hablo a alguien por primera vez de mis abusos, siempre me pregunta: ¿y tu madre? Y yo nunca sé qué contestar.

Mamá, ¿eres víctima o cómplice?
Porque cada vez que me ofreciste meterme en vuestra cama para ver los dibujos; cada vez que me dijiste que la culpa era mía por seducirle; cada vez que le dijiste a mi Madrina que no aceptabas su ayuda para separarte de mi padre, porque eres católica, debes obediencia ciega a tu esposo y yo sólo tenía que rezar por mi padre y perdonar sus abusos, para mí eres cómplice.
Soy injusta, lo sé.

Sé que eres víctima de malos tratos. He sido testigo de las palizas de mi padre, las he sufrido en mis carnes, y sé que como muchas víctimas ni tú misma eres consciente de serlo. No te reconoces. Pero también me he preguntado muchas veces si tampoco te reconoces como víctima de abusos sexuales infantiles.

Porque me he visto reflejada en ti en alguna de mis secuelas. Porque veo en ti a otra víctima de abusos. Porque nunca me has hablado de tu infancia con tus tíos.
Sé por ti misma que eres hija de madre soltera, y que fuiste educada por tus tíos, que eran los potentados de la comarca. Pero poco más. Ignoro el grado real de parentesco con ese matrimonio, ni cuál de ellos era el hermano o primo de mi abuela.

Y supongo que jamás lo averiguaré. Tendré que imaginar, por el recuerdo de las conversaciones que mantuvimos, que tal vez tu tío abusó de ti y que después mi padre se aprovechó de tu baja autoestima para someterte bajo su dominio, bajo su tiranía, y tú no te has dado cuenta de ello.

ni tan siquiera ahora, que mi padre ha muerto, has podido reparar tus errores. Sigues siendo incapaz de ver lo que te hizo a ti y a tus hijos. Sigues sin estar preparada para vislumbrar el enorme daño que dejó.
Lo siento mamá. Sé que no eres culpable, que en aquella época era mucho peor que ahora. Que no había ayudas ni reconocimiento. Pero soy incapaz de perdonarte. Te has escudado en tu victimismo demasiadas veces, echándoles la culpa a los demás, sin hacer nada por evitar que tus hijos pasasen por situaciones similares.
Y no puedo perdonarte porque me lo impiden mis propios recuerdos. Me lo impide el hecho de que tu primera reacción, cuando te expliqué lo que ocurría, fue decirme que ahora yo ya había hecho la comunión y por lo tanto ya sabía lo que era el pecado y me llevaste rápidamente a la iglesia para que me confesase, porque era un pecado mortal lo que me dejaba hacer. Y además me lo recordabas cada domingo antes de ir a misa. Y tardaste años en acudir a la policía.

Me lo impide el hecho de que me dijiste que al denunciarlo, ya no podía volver con mi Madrina. Que no volvería a ver a Mi Madrina ni a su familia nunca más, que ella ya no me quería porque ya tenía a su propio hijo, cuando han sido los únicos de los que he percibido cariño durante toda mi vida.
Me lo impide el recuerdo de la noche que vi a mi padre amenazarnos a todos de muerte con el cuchillo de la cocina si no quitabas la denuncia que habías puesto, ni tu reacción al día siguiente, cuando él llego con un vestido nuevo para ti y una televisión en color… nos llamaste a todos para que admirásemos la magnanimidad de papá al regalarnos a todos aquella tele último modelo, y me recomendaste que guardara silencio, que no le hiciera enfadar, que así todo era mejor.

Me lo impide el hecho de que quemaste todas las fotos que tenía de mi Madrina en la cocina de carbón, delante de mí, diciéndome que lo hacías porque yo siempre lloraba cuando las veía. Ni siquiera te molestaste en preguntar porque lloraba. Aquel día quemaste junto a esas fotos un pedazo de mi alma.
Ni siquiera cambia mi actitud el hecho de que me salvaras la vida en aquella autopista, cuando quise quitarme la vida. Aun ahora, algunas veces no te perdono que lo hicieras, porque no me permite reprobarte todo lo que quisiera por todo lo que NO hiciste.

Depositaste sobre mis hombros toda la responsabilidad de los abusos. Te limitaste a quitarte de en medio, con un simple “evítale, no vayas, no te acerques a él cuando te llame”. Y he vivido toda mi vida sintiendo que no lo hice bien, que no fui lo bastante valiente para decirle que no. Mi padre me dejó muchos regalos envenenados, culpa, baja autoestima, vergüenza, miedo… pero tú eres la única responsable de otro de esos presentes: la cobardía.
Y no te conformaste con eso. Has utilizado a mis hermanos mayores como arma para tus propósitos.

Siempre creí que mi hermana actuaba inducida por su propia locura, moviéndose por impulsos. Cuando la realidad fue que la has utilizado como estandarte, en la vanguardia, como el peón de la reina, para seguir manejando desde la sombra tu propia tiranía. Y con decir que no podías con ella, que solo la seguías para asegurarte que no hacía ninguna tontería, era suficiente.
Pero guardaste silencio el día que mi hermana me castigó y me encerró durante horas en la carbonera porque me sorprendisteis llamando a mi Madrina por teléfono, ni siquiera quería pedir ayuda, tan solo escuchar su voz. O cuando se presentó en la casa de mis Padrinos poco menos que exigiéndome que yo debería volver con ella a la casa de mis padres, porque yo tenía que estar junto a la familia. Después ella misma me confesó que la idea había sido tuya, que no te atrevías a hablar con mi Madrina.

O mi hermano mayor, que empezó por ser mi amigo en esa casa, cuando reaparecí con veinte años, tú apoyando que volviésemos a ser todos una familia, y después de justificar mis propios abusos intentó seguir con la tradición paterna… Y le defendiste, argumentando que era como mi padre, que no podías con él, que era la cruz que nos había tocado y así lo teníamos que soportar, que solo era su forma de demostrarme que me quería.

Y mejor no hablemos de cuando te ingresaron para una pequeña operación, y llamasteis amenazándome con que si no iba a verte, mi hijo lo pagaría. Para luego, en el hospital, ante mi advertencia de que no se os ocurriera tocar al niño, ni siquiera mencionarle, me increpaste que era indigna de ser tu hija y llamaste a la enfermera para que me echase de allí. O de la última vez que hablamos, cuando me hiciste responsable de la enfermedad de mi padre. “lo estas matando a disgustos” me dijiste.
Dime una cosa: ¿que querías de mí? ¿El reconocimiento de la menor de tus hijas, que por fin había escapado del círculo de fuego, para que te rescatase? Solo tenías que pedirlo. Hacer un gesto que me demostrase que por fin habías visto la realidad, que me apoyabas. Una sola palabra tuya hubiera sido suficiente. Pero en lugar de eso, simplemente me prometiste que Dios me compensaría… ¿Con qué? ¿Con dolor? ¿Con media vida tirada por la borda? ¿Qué clase de Dios castiga y condena antes de cometer el pecado?

Sinceramente, creo que no te hacía falta enviarme a los lobos para que viese lo malos que eran todos, y lo pobrecita que eras tú. ¿Creías que si todos tus hijos sufríamos junto a ti te sería más llevadera la carga? ¿O realmente crees que lo que me hacía mi padre era fruto del amor que me tenía? Y por favor, no vuelvas a mencionar eso de “llevas la misma sangre, somos una familia” porque cada vez que oigo esa expresión se me ponen los pelos de punta, porque me veo a mi misma como alguien repugnante, con la sangre sucia, como la de su padre…
Lo he intentado. De verdad que lo he intentado. He tratado de mantener una relación contigo lo mas aséptica posible. Deseando por todos los medios entender la dureza de tu situación, pero manteniendo firme mi decisión de no caer de nuevo en el juego de una familia que está podrida desde su base. Y creo que como no acepté las reglas, en las que el primogénito era el sucesor de todos los cargos de mi padre como nuevo soberano, volviste a utilizar tu habilidad contra mí. Y lo siento: con un maltratador y un violador en mi vida tengo suficiente.
Soy injusta. Lo sé. Yo tampoco soy perfecta.

“Cuando una no puede con el mar lo más fácil es volver las espaldas para no verlo."
La casa de Bernarda Alba. Federico García Lorca (1898 – 1936) Poeta y dramaturgo español

http://nemesisenelaverno.blogspot.com/
Publicar un comentario