lunes, 27 de junio de 2011

UN FAMILIAR IMPROPIO

Asomado a la puerta entreabierta, a oscuras, él esperaba ansioso aquella noche, igual que otras muchas. Yo adormilada muy pegada a la pared, dentro de la cama, en el dormitorio compartido con mis hermanas, me deslicé entre las sábanas ocultándome completa, con el corazón palpitante casi a ras de la garganta. Tan pronto alcancé el olor, ese olor recuerdo de otras miles de noches que salía de su cuerpo, a la altura de su sexo se me nubló la vista y surgieron en mi cabeza laberintos de negros y grises que anulaban mi pensar y sentir. Mi cuerpo se mantenía de nuevo inmóvil, encogido de terror y miedo.



Se acercó a mi cama, esa noche me tocaba a mí y no a mis hermanas, que comenzaban su primer sueño en la literade al lado. Me alcanzó su brazo, su mano. Buscaba mi mano izquierda. Antes su boca me rozo los labios, los míos prietos, los suyos mojados, demasiado húmedos. No había escapatoria. Había llegado la hora y tenía que reprimir mi lucha por la huida, por la invisibilidad, por un gritar “¡¡¡Trágame Tierra por favor, por favor, por favor. Socorro, ayuda, ayuda por favor!!!!”. Permanecía muda, no era posible decir palabra, me tenía atrapada en su vida de telaraña, a sus órdenes. Si hablaba podía ser peor, eso me decía un día sí, otro no. Yo callaba, sabiendo que hablar de nada serviría porque ya mi tía, cuando le conté todo hacía ya dos años, a mis once años, me había silenciado para siempre con sus palabras “Jamás lo cuentes a papá y a mamá, aquí no está pasando nada, ¿entiendes?”. Ese día perdí mi sentimiento de confianza hacia el entorno protector que hasta entonces significaba mi familia. Una familia que pudo llegar a ser hermosa y auténtica en mi vida. Pero desde aquello, desde aquel silencio impuesto, desde entonces deambulo sola por el mundo. Rodeada de mundo pero sola. Con un hueco que relleno, cuando puedo, de mil fantasías, o de millones de autoengaños, negaciones, disociaciones, sueños que me ayudan a sobrevivir.



Yo tenía once años y él contemplaba cada tramo de piel desvelado como quien palpa una reliquia. Lo vertebral de codicia al saberse único dueño de riquezas descubiertas e intocadas. ¡Cabrón!.Me seguía buscando. Sin violencia y debajo de la sábana, encontró mi mano; mi mano izquierda sería hoy la víctima de su incontinencia. Buscaba incesante, silencioso, sibilinamente mi pequeña mano, mis pequeños dedos, mis once años.

Me alcanzó sin remedio. Se arremolinaron mis recuerdos de cada lugar donde me violentaba pero el laberinto de colores en mi cabeza me salvaba de la locura, me adormecía y me convertía en muñeca rota insensibilizada, muñeca de trapo para él. Me convertía en su objeto una y otra y otra vez, una y otra vez. Se aceleraron mis latidos, me martilleaba todo el cuerpo. Mi cuerpo milagrosamente dejaba de sentir, quedaba adormecido y olvidaba de inmediato.



Me sentí muerta aquella noche, como las otras tantas. Esos dieciocho años de vejaciones se clavaron en mí como arma de fuego y herida punzante. Heridas, de las que sin entender cómo, emanarían al transcurrir de los años, mezcladas con aguas limpias y ríos de colores que me adormecían entre canciones de cuna traspasando el dolor con miles de recuerdos de mis ratos de sol, de playa, de juegos, de estudios, de lecturas inocentes, de excursiones con mis amigas, de meriendas de pan con chocolate, de paseos por el parque. Recuerdos a los que recurro cada vez que quiero apaciguar mi sed de calma y curarme de las heridas que me infligió mi abuelo.



Ahora, ya adulta, en lucha con el pasado, me alumbro con velas de aromas y colores diferentes e inciensos con fragancia de sándalos y rosas, toda mi casa, mi hogar es un altar preparado para un ritual pagano. Mis manos arrugadas, marcadas y suaves, de largos dedos experimentados en oscuras caricias, me han ido desnudando de sangres, y la sangre va secando, cerrando heridas muertas. Mis recuerdos me mataron profundamente pero, a veces, sin saber cómo ni por qué me permiten volver a la vida.



Tengo un amigo, un amor oculto. Estoy, soy feliz a ratos, como tantas otras supervivientes, pero feliz. Voy logrando a mis 45 años, poquito a poco, siendo igual a muchas mujeres que vivieron infancias dignas e inocentes. Este remanso es un regalo que la vida me tenía preparada: ratos de sosiego, de respiración tranquila. El, mi gran amor platónico, un gran compañero en el camino, tiene paciencia, mucha. Me quiere. Soy su amiga, su amante, su confidente. Con la paciencia ancestral de un limpio y sano amor, en los ratos de intimidad que tardé en aceptar, él dulcemente va reconociendo partes de un cuerpo de mujer que ya creía olvidado, tanteando cada ladera, cada cumbre, cada hueco, cada colina.

Sintiendo su amor, su olor, su presencia cercana, unge con aceite de nardos mis cabellos. Y siguiendo como un peregrino el sagrado trayecto de mi cuello, con la misma caricia limpia, continua sin detenerse la ruta de mi espalda. Mi piel se estremece al contacto con la tibieza de su dulce mano. Me mira. Siento. Veo en sus ojos la admiración complacida que le juguetea en la mirada. Vuelve a mi lado para continuar su amorosa entrega y con un sosegado andar de ungimiento va de mis pechos a mi vientre hasta alcanzar mis muslos y mis piernas, así logra dar un brillo aromático y enamorado que ya clama amor y la inevitable entrega.



Al despertar, el sol entra por la ventana atravesando el tisú blanco y trasparente de la cortina. Mis geranios rojos en el zócalo rezuman vivo color de madrugada, de primaveras. Voy despertando. En un respingo sobresaltado pienso: “¡Qué sueño tan aterrador pero que dulce final!”. Sé que soy una vencedora libre de batallas. Miro al techo… imagino ríos de colores, de campos de flores, de olores a mar, de verdores, de caricias amigas, de niña y mujer querida.

Me tranquilizo con estas imágenes y pensamientos pero a partir de este sueño, nunca, nunca jamás puedo dejar de pensar en los millones de muñecas rotas, de muñecas de trapo que viviendo rodeadas de los suyos, sin embargo, su vida y sus cálidos hogares se convirtieron en desgraciados infiernos y calvarios que pesaron y pesan como una cruz. Nunca, nunca jamás puedo dejar de luchar contra la idea de que ojalá me hubiera tocado a mí, sólo a mí, y no a ellas, a tantas de ellas. Y a mí sola, y no también a mis hermanas.

El impacto de este sueño es mi despertar. Y es mi vida. Ojala todo hubiera sido un sueño, un estremecedor sueño pero no, es mi vida, es mi huella, es mi marca para siempre. Y, sigo teniendo que callar, ocultar, disimular. Hoy día lo acepto sin remedio.

Muñeca de silencios y rotos, con deseos de gritar, olvidar y renacer de nuevo!!!!.

¡LO LOGRAREMOS, LO LOGRARÉ!...SEGUIMOS CAMINANDO.

OS QUIERO…

Dafne, 23 de febrero de 2011 (Cualquier lugar del mundo)

Una de cada cuatro españolas. Este es el escalofriante porcentaje de las víctimas de abusos y agresiones sexuales en la infancia. Un 23% por ciento de las que fueron niñas, y hoy son ya “las mujeres del futuro” de nuestro país, sufrieron en sus carnes la violencia sexual desde los primeros años de su infancia.

Miles de niñas llegan así a su edad madura con graves cicatrices emocionales. Esto incide de una manera transversal en su personalidad, en su autoestima, en sus posibilidades de situarse en el lugar social que les corresponde, en su capacidad de participar activamente en la sociedad. Aunque este problema afecta en mayor medida a las niñas, un 15% de los hombres españoles también lo ha sufrido.

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