viernes, 8 de julio de 2011

Arma de poder.

por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación


Si alguna vez fue un problema latente, hoy, el abuso sexual es un problema manifiesto, instalado en nuestra sociedad. No sabe de clases sociales, ni de sexos, ni de edades.

El incremento de denuncias crece día a día y es proporcional al número de casos que se evita que salgan a la luz.

La falta de una buena educación sexual, la vergüenza, la culpa, los tabúes sociales, la cultura y el sistema judicial, que persigue más a la víctima que al victimario, hacen que se encubra al abusador, y el acto se convierta en un secreto.

Lo que más llama la atención y demanda una aterradora toma de conciencia es el crecimiento, de manera significativa, del abuso infantil. Así como las denuncias por maltrato físico se redujeron a un 35 por ciento, el abuso sexual trepó al 54 por ciento de los casos. Ocho de cada diez abusadores son padres o allegados.

Se considera abuso a todo acto sexual hecho en contra de la voluntad de una persona, que abarca desde caricias hasta la violación, incluida la penetración.

Siempre es un individuo que ejerce un poder que paraliza a otro a tal punto, que queda indefenso para defenderse. Esta clase de individuos se caracteriza por una resaltada inmadurez emocional, incapacidad comunicacional, baja autoestima, sentimientos de inutilidad donde lo que prima es la búsqueda de afecto en aquel que se termina agrediendo. Este comportamiento resulta paradojal.

De todos modos y según lo que se explicita en Psicología Forense: “cualquier persona, bajo ciertas condiciones, puede emitir una conducta de abuso sexual, por lo tanto, se debe desechar la idea de que un abusador sexual es una persona perversa y enferma que se encuentra escondida en un rincón oscuro, esperando el momento adecuado para atacar a su víctima, esto no es así, por lo tanto, cuando un psicólogo forense, que evalúa a un individuo acusado de abuso sexual, encuentra en él a una persona totalmente adaptada, sin patología evidente y sin trastorno psicológico alguno, esto no quiere decir que él no cometió la conducta que se le imputa, pero tampoco existen los elementos para negar dicha acusación. Por esto, la labor del psicólogo forense, en este tipo de asuntos, es muy delicada, pues se corre el riesgo de catalogar como abusador sexual a un inocente o, por el contrario, dejar sin castigo a una persona que ha abusado sexualmente de alguien”.

El abuso sexual imprime, en la víctima, secuelas para toda la vida. En el caso del abuso infantil, puede convertir al abusado en un futuro abusador. Los traumas o problemas se presentan, en un período no determinado, después de ocurrido el hecho. Los síntomas adquieren diferentes manifestaciones, pudiendo llegar a originar un cuadro de estrés postraumático, incluso con ideas suicidas.

Las víctimas experimentan cambios en sus comportamientos, temores frente a extraños, a estar solas, alteraciones ante las expresiones de afecto, como las caricias. En algunos casos, ya en edad madura, surge el impedimento de mantener relaciones sexuales con la pareja deseada, ya que subyace la fantasía de ser los responsables de lo que les ha sucedido.

El abuso sexual es un acto de intimidación que hace que la persona abusada asuma una mirada diferente hacia la vida. Aparece la autoincriminación, la culpa, por lo acontecido, privándose de vivir normalmente, autoinhibiéndose todo aquello que le pueda proporcionar placer, y no nos referimos a lo meramente sexual. Por eso, se dice que las víctimas de abuso sexual poseen una personalidad más solitaria y de desconfianza hacia los demás.

Este accionar siempre constituye una forma de violencia, a través de la cual, una persona, por confianza o fuerza física, ejerce una superioridad frente a otra.


Es un abuso de poder, dado que el ofensor quiere sentir poder dirigiéndolo a lo sexual, tratando de humillar al otro, por medio del sometimiento (en el caso de los niños, debido a su inmadurez psicosexual, no están en condiciones de dar consentimiento o negarse libremente).

Esto debería desterrar el mito de que, para producirse un abuso sexual, el elemento determinante es la atracción sexual. Se trata, en realidad, de un accionar de dominación y poder, ejercido por un individuo de baja autoestima y poca o nada autovaloración.

Si nuestra sociedad pusiera más el acento en el poder y la dominación que en lo sexual, seguramente, a las víctimas abusadas les resultaría más fácil denunciar y pedir ayuda, teniendo siempre en cuenta, sin importar el género, que la culpa no es de quien lo padece.

Otro aspecto digno de mencionar es cuando el ataque o abuso está dirigido de un hombre contra otro hombre. Muy común en lugares de encierro o en comunidades masculinas.

Según Dez Wilwood, autor de Sexual abuse of men and boys: “El ataque sexual es una experiencia traumática y devastadora para las víctimas o los/as sobrevivientes, indiferentemente de su sexo. Se requiere un gran coraje para hacer frente a lo que ocurrió e iniciar el camino hacia la sanación. Para los hombres sobrevivientes, existen muchas presiones sociales y patrones de acondicionamiento masculino que dificultan el reconocimiento de haber sido abusados, hablar de ello y buscar ayuda adecuada para superar el trauma. Cuando un hombre sobreviviente nos revela que sufrió abuso sexual, es esencial que le creamos, lo tomemos en serio y nos abstengamos de juzgarlo o culpabilizarlo. No es probable que esté mintiendo, ya que usualmente no se gana nada con inventar una historia de abuso. Por encima de todo, los hombres sobrevivientes de abuso sexual necesitan ser escuchados y aceptados”.

Esta última afirmación la debemos aplicar a todas las víctimas de abuso sexual: Todos necesitan ser escuchados, aceptados y recibir la ayuda profesional para superar este desgarrador hecho.

El ataque sexual de hombres contra hombres apoya y refuerza la naturaleza patriarcal de nuestra sociedad; construye y fortalece jerarquías de poder masculino, y es una extensión de la dominación de los hombres sobre las mujeres. Tal como afirman Ann Game y Rosemary Pringle, en su libro Género en acción (Gender at work), "El patriarcado es una estructura que da a algunos hombres poder sobre otros hombres, y a todos los hombres poder sobre las mujeres".
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