lunes, 7 de noviembre de 2011

Caminito de la escuela.

Dicen los que saben que en los primeros 5 años de vida se define el adulto que podemos llegar a ser: “los primero años de vida son las bases para la seguridad emocional, desarrollo intelectual  y autoestima de los pequeños, en esa edad desarrollan el potencial para desenvolverse con su entorno.” 

Con mucho trabajo conseguimos cupo para nuestra pequeñita en el jardín de niños. Creímos que era una bendición porque, aún cuando su papá y yo trabajamos, no podemos pagar un colegio particular. Tengo muy presente el primer día que la llevé a clases; ella iba muy contenta a la escuela, tenía mucha ilusión de jugar con sus amiguitos, pintar con las crayolas y hacer figuras de plastilina. A diferencia de otros niños, ella no lloró en ese primer día de clases, entró triunfal a la escuela; se veía tan linda con su uniforme nuevo y ese brillito en los ojos que expresaba a gritos “soy niña grande.”

Por eso me llamó tanto la atención que conforme el año escolar avanzaba, ella empezó a orinarse en la cama, a no querer levantarse para ir al kínder, a maltratar sus juguetes, a ser agresiva y estar siempre a la defensiva, por lo que fui a hablar con la directora del kínder, quien me dijo que era parte de un proceso normal, que pronto se le pasaría. De hecho trajeron una psicóloga que me dijo que mi hija estaba muy bien.

Yo no tenía idea de que eran 22 los angelitos que estaban pasando por el peor infierno de sus recién estrenaditas vidas, que eran abusados sexualmente por los conserjes y maestros de esta escuela y que la directora protegía tal situación. En junio, gracias a la valentía de uno de nuestros pequeños supimos lo que sucedía y denunciamos. En octubre se giró la orden de aprehensión, ahora la delegación nos invita a acudir a terapia hasta diciembre…¿Y luego qué sigue? ¿Dónde queda aquel discurso de que las escuelas son un espacio seguro?

¿Qué aprendió en este tiempo mi pequeña?  Que le pueden faltar al respeto, que el amor solo es carnal, que no tiene fuerza ni valor alguno, que es un simple objeto, que sus lágrimas no le valieron de nada porque no había alguien con corazón para enternecerse, que su mami no estuvo ahí para defenderla. Es demasiada angustia para un ser tan pequeñito; yo sé que su cuerpecito mancillado va a sanar, pero ¿su alma, su espíritu?, ¿de qué tamaño y qué daño le dejarán las cicatrices de esta experiencia? ¿Sus ojitos volverán a brillar igual? 
En mi entender, algo así sería el testimonio de cualquiera de los padres de los 22 niños abusados en el Jardin de Niños “Maestro Andres Oscoy” de Iztapalapa. En el siguiente link encontrarán más información al respecto.
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