martes, 12 de marzo de 2019

¿Por qué los hombres que fueron víctimas de abuso infantil lo callan?

Abuso sexual en varones


La culpa y la vergüenza son algunas de las tantas razones que los lleva a callar.


Por:
Yurby Calderón
 @yurby_cr
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Abuso sexual en varones
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La cifra de niñas y niños que han sido víctimas de violencia sexual en el mundo son alarmantes, y así lo ha venido denunciando por años Unicef. Los abusos, violaciones, prostitución y hasta pornografía, son las lamentables situaciones por la que millones de menores han pasado. 
En un reporte publicado por las Naciones Unidas, se afirma que una de cada cinco mujeres y uno de cada diez hombres afirman haber sufrido abusos sexuales en su infancia. Y aunque el número de niñas es mayor, los niños no se escapan de estas agresiones. 

Para las personas que han sido víctimas de abuso, hablar sobre ello y hasta denunciar a sus atacantes siempre les resulta difícil. Sin embargo, a los varones les cuesta más. Entonces, ¿por qué los hombres que sufrieron de abuso sexual infantil lo mantienen es secreto?

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La psicoterapeuta estadounidense Beverly Engel, quien ha ejercido por más de 35 años y ha escrito 22 libros sobre las emociones ante los abusos, explica en una publicación realizada en la revista digital Psychology Today que existen varias razones claras de por qué las víctimas masculinas les toma más tiempo asimilar, aceptar y divulgar que fueron abusados sexualmente cuando eran niños. 

Engel aclara que, al igual que las víctimas femeninas, los hombres que han sido agredidos normalmente están confundidos o mal informados sobre lo que constituye un abuso sexual.

“El abuso sexual puede haberse sentido bien y, debido a esto, un niño o adolescente puede no considerar lo que les sucedió como una violación. Por ejemplo, las personas que fueron acosadas por una mujer a menudo no lo consideran así. El abuso perpetrado por una mujer no es reportado por los niños porque consideran que el sexo con ella fue una oportunidad para iniciar la vida sexual", explica Engel.

La psicoterapeuta, tomando como referencia un estudio realizado por el sociólogo Michel Dorais, enfatiza que cuando existe una marcada diferencia de edad entre el agresor y la víctima, el poder del atacante se hace mayor.
“El perpetrador usa varias excusas para llevar gradualmente al niño a participar en actos sexuales. Esto puede dificultar que el menor se percate de que realmente está siendo abusado. Es importante que estas víctimas se den cuenta que, aunque crean que participaron ‘voluntariamente’, no fue así, ya que fueron llevados a ese punto mediante mentiras y amenazas”.

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La autoculpa por lo ocurrido es otra razón que lleva a los hombres a callar. Beverly Engel argumenta que cuando un niño es violentado, por general se siente feo y dañado, y esto los lleva a sentir vergüenza. “Si bien todas las víctimas de abuso sexual infantil sienten una vergüenza tremenda, los hombres tienden a sentir aún más la humillación de haber sido abusados sexualmente que las mujeres. Esto se debe principalmente al hecho de que los hombres no quieren identificarse como víctimas”, explicó la especialista. 

Esto ocasiona que dichas personas lleguen al punto de determinar que ellos son los agresores para así evitar el hecho de que otro ser humano lo dominó o lo manipuló para hacer algo que realmente no quería hacer.

Engel también describe que las víctimas masculinas tienen un problema adicional con el que las hembras no suelen lidiar. El abuso sexual puede hacer que ellos crean que, después de pasar por tal situación, se convertirán en homosexuales. “Los muchachos que descubren que son homosexuales después de haber sido violados por parte de un hombre a menudo se sentirán confundidos en cuanto a si ellos ‘sedujeron’ al agresor o si este realmente los llevó a iniciar en el sexo homosexual”.



Fuente
Sistema Integrado Digital

La ignorancia de colegios y jardines frente al abuso sexual escolar



LAS VÍCTIMAS TIENEN LA SENSACIÓN DE ESTAR SOLAS

La ignorancia de colegios y jardines frente al abuso sexual escolar

La lucha de una madre que clama justicia en el caso del jardín infantil El Principito lanza la pregunta por la forma en la que las instituciones educativas manejan los casos de violencia sexual. Un reportaje de @MutanteOrg.
/ Collages por Catalina Londoño
Lo primero que le preguntaron a Melissa Trujillo fue si había notado algo raro en Leidy*, la menor de sus hijas. Ella les respondió que sí, que la niña —de cuatro años— llevaba varios meses agresiva, llorando frecuentemente, durmiendo mal y oponiendo resistencia cuando le cambiaban la ropa o la bañaban. El motivo de la reunión era informarle que había “una alerta por presunto abuso sexual” en el jardín infantil El Principito, de Bogotá. Y que una compañera de su hija, también de cuatro años, que confesó tocamientos por parte de un profesor, había dicho que lo mismo había sucedido con otros niños del salón. Entre ellos, mencionó a Leidy.
“No podemos decirle nada más”, cuenta Melissa que le dijeron las contratistas de la Secretaría de Integración Social, encargada de administrar los jardines del Distrito. “No nos dijeron cómo había sido el abuso ni quién lo había cometido, tampoco los nombres de los otros niños afectados. Nada”. Melissa estudia psicología; es delgada, de estatura baja y tiene un tono de voz delicado que sabe conservar, incluso, cuando está exaltada. Como cuando dice: “Al final de la reunión, me dijeron que me quedara callada, que no indagara con nadie, que esperara a que avanzaran las investigaciones”.
La niña que habló por primera vez llevaba varios meses con una infección urinaria. Un día de noviembre le confesó a su mamá que había dejado de ir al baño en el jardín infantil, porque su profesor aprovechaba para seguirla, vigilarla y tocarla. Le contó que a la hora de la siesta, el hombre se acostaba muy cerca de ella y sus compañeros, y les metía la mano debajo de la sudadera. Y que, a veces, se tocaba sus partes íntimas frente a ellos.
De eso se fue enterando Melissa gracias a sus propias indagaciones. Cuando tuvo suficiente información, confrontó a las empleadas del jardín: “¿Cómo es posible que no detectaran los abusos, si ocurrieron durante siete meses? Voy a hacer un escándalo para que todos los padres de familia se den cuenta’”. La institución, dice Melissa, siempre buscó silenciarla: “Me dijeron que no les avisara a otros padres, porque iba a entorpecer las investigaciones. Que evitara escándalos en medios de comunicación porque podía revictimizar a los niños y niñas”.
Luz Lozada, la mamá de la menor que habló por primera vez, narra una historia muy similar. “Cuando conté en el jardín, me dijeron que les parecía muy raro porque el profesor llevaba muchos años como contratista de la Secretaría de Integración Social”. Y ese mismo día, cuando las contratistas de la institución educativa la acompañaron al hospital a examinar a la niña, dice que le aconsejaron “que no le mencionara nada al médico sobre el abuso, que esperara a que salieran los resultados”.
Melissa y Luz insisten en que querían callarlas. Una dinámica que se replica en incalculables instituciones educativas del país que, frente a casos de violencia sexual en sus instalaciones, por miedo, ignorancia o complicidad, escogen el silencio, la negación o la omisión de la denuncia, antes que la protección y la reparación de las víctimas y sus familias.
Hasta donde Mutante pudo verificar, las dimensiones del abuso sexual en instituciones educativas no han sido estudiadas en Colombia. En España, una investigación de la ONG Save the Children alertó en 2017 que solo un 15 % de los centros escolares en los que el niño o la niña comunicó que sufría abusos informó a las autoridades. Además, el reporte señala que la escuela, siendo un “espacio privilegiado para detectar abusos, no hace lo suficiente”.
Lo que sí sabemos es que el año pasado Medicina Legal examinó a 335 niñas y 94 niños que aseguraron haber sido abusados sexualmente por sus profesores. Un aumento del 26 %, en comparación con 2017, cuando la institución registró 338 exámenes. Y eso es solo lo que se sabe, pues se estima que el 78 % de las víctimas de abuso sexual en Colombia se quedan calladas. Un silencio que se suma al de las instituciones escolares.
De la omisión al encubrimiento
El 11 de diciembre Melissa llevó por iniciativa propia a Leidy al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). “Allí, una trabajadora social y una psicóloga la entrevistaron y concluyeron que sí hubo tocamientos. Quedamos en shock”, cuenta. Al día siguiente interpuso la denuncia ante la Fiscalía y le informaron que ni el jardín ni la Secretaría de Integración Social habían denunciado el caso.
La omisión de las funcionarias fue condenada por la personera de Bogotá, Carmen Teresa Castañeda, quien el 3 de enero de 2019 aseguró en un informe que aunque la Secretaría reportó ante el ICBF, “el procedimiento institucional establece que se debe hacer ante el Centro de Atención e Investigación Integral a las Víctimas de Delitos Sexuales (Caivas) de la Fiscalía”.
La secretaria de Integración Social, Cristina Vélez, dice que no hicieron un reporte ante la Fiscalía porque el caso “ya estaba en conocimiento de la autoridad competente” desde el 20 de noviembre, cuando Luz Lozada, la mamá de la primera niña que habló, interpuso la denuncia. Más allá de esta controversia, es necesario señalar que cuando se tiene conocimiento de un posible delito sexual contra un menor de edad es obligatorio denunciar. No hacerlo, según el Código Penal, se castiga con una multa de entre 13 y 75 salarios mínimos mensuales; y si quien omite la denuncia es un servidor público, con la destitución.  
A pesar de que la noticia de un posible abuso colectivo ya era conocida por el Distrito y por las autoridades, Melissa se sentía cada vez más sola y frustrada. Entonces decidió grabarse con su celular. “La idea de hacer este video es que muchos padres de familia sepan lo que está pasando con los jardines del Distrito”, dijo en un video que subió a Twitter el pasado 5 de enero y hoy suma 31.900 reproducciones. Así nos enteramos de su caso. Una semana después, nos recibió en su pequeño apartamento de la localidad de Fontibón.
“Asumí la vocería de todo esto, pero ha sido como cargar una maleta a cuestas”, nos dijo esa tarde. Melissa repetía que estaba muy cansada, que la desconcertaba profundamente la actitud de la coordinadora y la psicóloga del jardín. “Como se han comportado, me da a entender que están de acuerdo con este tipo de cosas”, asegura. La secretaria Cristina Vélez dice que el supuesto comportamiento de las empleadas del jardín no son “un lineamiento de la entidad”, sino una “tergiversación desafortunada” de los protocolos. “La instrucción que tenían era no vulnerar la identidad de las víctimas… creo que actuaron desde el miedo y la desinformación”.
Ni la coordinadora ni la psicóloga de El Principito están hoy en sus cargos. Según la Secretaría, no se renovaron sus contratos como una “medida preventiva en aras de blindar un interés superior”. Para este reportaje intentamos comunicarnos en varias ocasiones con la coordinadora, pero no atendió nuestros llamados.
Lo que le sucedió a Melissa no es una rareza. La historia de El Principito es solo un síntoma de un problema más grave, cuya dimensión nadie está midiendo en la actualidad. Los colegios y jardines, públicos y privados, son micromundos amurallados, en donde se replican violencias de género y contra la infancia, lejos del alcance de las autoridades. Muchas veces, sonar las alertas, proteger a las niñas y los niños y denunciar a un abusador no son prioridad para el plantel y su equipo directivo. Y son muchas las razones que pueden desincentivar que estos cumplan con lo que la ley les ordena.
“Las instituciones tienen temor al escándalo porque viven del prestigio”, dice Luis Miguel Bermúdez, reconocido por el Global Teacher Prize como uno de los diez mejores maestros del mundo en el 2018, por reducir las tasas de embarazo en el colegio Gerardo Paredes, de Bogotá. “Es una táctica clave: no contar lo que está pasando porque es la imagen del colegio. Lo mismo que ocurre en el ámbito familiar: ‘En esta familia tan perfecta no puede pasar eso’”, señala Carolina Piñeros, directora ejecutiva de la ONG Red Papaz.  
Además del temor a comprometer la imagen de la institución, la omisión de la denuncia se alimenta de otros motivos: “Quien descubre un abuso siente miedo por las complicaciones jurídicas o los conflictos laborales que esto le pueda traer a un superior o a un compañero”, dice Óscar Sánchez, exsecretario de Educación de Bogotá. También se manifiesta la solidaridad de cuerpo, gremial o sindical: “Hay gente que cree que debe defender el ejercicio de una profesión, a todo el colectivo”, señala el fiscal Mario Gómez, delegado para la Infancia y la Adolescencia. Y en la Colombia rural está el temor al destierro y al aislamiento social, asegura Deidamia García, coordinadora del Programa Nacional de Educación para la Paz: “Son lugares con un tejido social que ha normalizado las situaciones de abuso y por eso hablar es tan complejo”.
El problema de fondo es que las omisiones de los planteles educativos terminan generando en las víctimas la sensación de que están solas en la búsqueda de justicia. Es el caso de Melissa, quien además sabe que esta lucha no es solo por su hija, sino por otros niños y niñas que también pudieron, y podrían, ser violentados. Hasta ahora, hay seis denuncias por abuso sexual en El Principito, aunque ella insiste en que las víctimas son muchas más. El presunto victimario fue desvinculado de la institución el 22 de noviembre y se encuentra en libertad, aunque se ha presentado a las citaciones de la Fiscalía. En este caso, por ser contratista, la Secretaría pudo desvincularlo inmediatamente; pero con los profesores de planta la historia es distinta, pues no existen argumentos legales para retirarlos del cargo mientras concluye la investigación. Entonces, sus superiores optan por moverlos a cargos administrativos. Así, al menos, mantienen a los niños y niñas al margen de su posible agresor.
Un rango de impunidad alto
“Muchas cosas se quedan ocultas; de eso no te quepa la menor duda”, dice al respecto una funcionaria de la Procuraduría especializada en casos de abuso sexual contra niños y niñas. Es un sentimiento generalizado. Muchos de los expertos en estos temas conocen historias similares. De hecho, en el transcurso de esta investigación dimos fácilmente con otras tres historias de estudiantes bogotanas que denunciaron haber sido agredidas sexualmente por empleados de sus colegios, sin que sus directivas hicieran todo lo que ordenan la ley y los protocolos del Ministerio de Educación.
Es el caso de una estudiante de 16 años de la Escuela Pedagógica Experimental de Bogotá, que el 14 de marzo del 2018 denunció que un profesor le tocó la cola mientras la saludaba con un abrazo. El colegio retiró al profesor de sus funciones mientras “aclaraba la situación”; y aunque informó al ICBF, no advirtió sobre el caso a la Fiscalía. La madre interpuso en abril una denuncia penal en contra del docente. Y sin embargo, hace unas semanas, cuando la adolescente se fue a matricular, se llevó una sorpresa: el presunto agresor había sido vinculado nuevamente como profesor. La joven, entonces, decidió no matricularse y el caso fue llevado por su madre a la Secretaría de Educación.
Al ser cuestionado por esa Secretaría, el colegio aseguró que en todo momento ha velado por los derechos de la joven. Y explicó que el reintegro del profesor obedecía a respetar la presunción de inocencia y su derecho al trabajo; sin embargo, luego de ese requerimiento, el colegio informó que acordó con el docente “que se apartara de sus labores como profesor”.
Nadie tiene hoy la capacidad de monitorear de manera efectiva lo que está ocurriendo dentro de los colegios. Y una evidencia clara de esto es la ausencia de información. Para este reportaje, enviamos derechos de petición a cinco secretarías de Educación (Cali, Bucaramanga, Medellín, Barranquilla y Bogotá) y a las personerías de las mismas ciudades, preguntando por cifras de denuncias y sanciones. De Medellín nos pidieron una prórroga de un mes para responder. De Bucaramanga respondieron que solo la Fiscalía manejaba esos datos, y en esa entidad, nos dijeron que es imposible desagregarlos. De Cali y Barranquilla no obtuvimos respuesta.  
Las únicas tres entidades que nos que dieron cifras revelaron un último fenómeno: la bajísima tasa de sanción frente a estos casos. Entre 2012 y 2018, la Secretaría de Educación de Bogotá ha destituido a veinte docentes por delitos relacionados con abuso sexual hacia estudiantes, a pesar de que en el mismo tiempo, según Medicina Legal, en Bogotá se reportaron 215 casos. Los datos de la Personería Distrital y la Procuraduría lo confirman: la primera solo ha impuesto diez fallos sancionatorios de 92 investigaciones abiertas en los últimos ocho años; mientras que la segunda abrió 252 procesos disciplinarios en todo el país y solo 18 terminaron en sanciones disciplinarias.
Al cierre de este reportaje, Melissa seguía esperando la audiencia de imputación de cargos. Hoy no sabe si la historia de su hija será una más que nutra este prontuario de impunidad. Cuando reflexiona sobre lo que ha sucedido dice que su vida cambió radicalmente. Está buscando una nueva casa para arrendar en otra zona de la ciudad, porque la vida en Fontibón se volvió un calvario.
“Lo que me pasó con Leidy me da rabia porque sé que hay muchas cosas que están pasando dentro de los jardines y nadie es capaz de denunciar”. Ella sí. Y por eso, el suyo se está convirtiendo en un hito en la lucha por justicia en casos de abuso sexual a niños y niñas en Colombia.
*Este reportaje hace parte de #HablemosDeLasNiñas: la primera conversación social sobre violencia sexual contra niñas en Colombia. Levanta la mano y participa en los canales @MutanteOrg.
María Claudia Dávila colaboró en la reportería de este artículo.

138% más de denuncias de abuso infantil





Números alarmantes. Durante la apertura del Foro Paraguay 2030, se dieron a conocer los datos actuales referentes a la niñez en el país.
El dato más revelador señala que entre el 2015 y 2017, el servicio de Fonoayuda 147 registró un aumento del 138% en las denuncias recibidas sobre abuso sexual infantil.
En el 2015, el servicio contestó 532 llamados sobre este tipo de delitos. Para el 2017 la cifra se elevó a 1.267. Ese mismo año, el total de denuncias por abuso se situó en 2.382, constituyéndose en la cifra más alta desde el 2013. Las niñas abarcan el 82% del segmento afectado por esta situación. Entre el 2013 y el 2017, el Ministerio Público recepcionó por día un promedio de 11 denuncias de hechos punibles contra menores de edad. En total, se registraron 20.363 casos.
Panorama. A más de los datos sobre abuso sexual infantil, la doctora Teresa Martínez, ministra de la Niñez y la Adolescencia, presentó otros del 2017 que muestran la realidad de este sector.
Los números señalan que 4 de cada 10 niños viven en situación de pobreza extrema. Por otra parte, el 26,4% de las niñas, niños y adolescentes entre 5 y 17 años se encuentran en situación de trabajo infantil. En el 2017 fueron registrados 180 partos de niñas entre 10 y 14 años, solo en los Departamentos de Alto Paraná y Central.

lunes, 11 de marzo de 2019

Más de dos millones quinientas mil visitas




Llegamos a  2,577,500 visitas al blog


Hay temas que se resisten a ser tratados porque son muy penosos, pero hacerlos visibles es la forma en que podemos evitarlos e incluso advertirlos.

 Hablar de prevención de abuso sexual infantil puede ser doloroso, pero es un tema que debemos abordar.





http://migueladame.blogspot.mx/
http://redcontraelabusosexual.blogspot.mx/
http://forosobrevivientesasi.blogspot.mx/



Niñas, las principales víctimas de abuso sexual en México

En 2017 se registraron 36 mil 158 delitos sexuales, de éstos, 44 por ciento son delitos de abuso sexual, de los cuales nueve de cada 10 víctimas son mujeres.
En 2017 se registraron 36 mil 158 delitos sexuales, de éstos, 44 por ciento son delitos de abuso sexual, de los cuales nueve de cada 10 víctimas son mujeres.
En México, las niñas son las principales víctimas de abuso sexual; sin embargo, las autoridades desconocen la información sistematizada para documentar este delito, así como mejorar las acciones de prevención.
Así lo denunció Early Institute, una organización de análisis y diseño de políticas que garanticen el bien de los menores, en su “Diagnóstico sobre la situación del abuso sexual infantil en un contexto de violencia hacia la infancia en México”.
Aseguró que se necesita incluir la modalidad “infantil” en el registro de abuso sexual, así como el género de la víctima y la entidad en donde sucedió la agresión.
De acuerdo con cifras del instituto, 641 mil 417 hospitalizaciones de personas menores de 18 años registrados en 2015, 309 egresos estuvieron relacionados con abuso sexual infantil, de esos casos el 87.7% fueron niñas entre los cero y los cinco años hubo 43 casos.
En la óptica de Mario Arroyo, miembro del Consejo Consultivo e investigador del Early Institute, es más probable que una niña sea hospitalizada por un abuso sexual a que lo sea un varón.
Estas cifras revelan un dato contundente: la posibilidad de que una niña sea hospitalizada a causa de un abuso sexual es siete veces mayor que la de un niño”.
Mario Arroyo
En 2017 se registraron 36 mil 158 delitos sexuales, de éstos, 44% son delitos de abuso sexual, de los cuales nueve de cada 10 víctimas son mujeres.
El enemigo está en casa
El análisis del Early Institute detectó que “60% de los delitos son cometidos en el hogar de la víctima, y cuatro de cada 10 víctimas son menores de 15 años”.
La fundadora y directora del Colectivo contra el Maltrato y Abuso Sexual Infantil, Lizzette Argüello Rocha, señaló a La Jornada que los principales agresores suelen estar en el seno familiar “padres biológicos, padrastros, hermanos, abuelos, tíos, sobrinos, primos…”.
Un estudio del Consejo Ciudadano de la Ciudad de México, los principales agresores sexuales de los niños son familiares, luego maestros y después sacerdotes: 30% abuelos o padrastros; 13%, tíos; 11%, padres biológicos; 10%, primos; 8%, vecinos; 7%, maestros, y 3% hermanos.
Las fallas
Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), a pesar de que México ocupa el primer lugar en la escala mundial en abuso infantil, tiene los presupuestos más bajos para combatir este ilícito al destinar el 1% de sus recursos.
En el marco del Día Internacional de la Mujer, el Early Institute recalcó la importancia de contar con información sistematizada y clasificada sobre abuso sexual infantil para identificar factores de riesgo, variables y tendencias sobre este delito.
Asimismo, se requiere impulsar una agenda entre organizaciones civiles y autoridades para dar seguimiento, evaluar las fuentes de información disponibles y asegurar que haya datos monitoreables.
Se explica que “en México, cada estado tiene su código penal, por lo que frecuentemente una situación que implique abuso sexual, puede ser clasificada como violación u otro tipo de delito sexual, lo cual dificulta conocer la incidencia real del abuso sexual desde el punto de vista jurídico penal”.

Sobre los agresores sexuales


Sobre los agresores sexuales
Columna
 
CECILIA DE MARCHI MOYANO
Publicado el 10/03/2019
   
Los predadores sexuales infantiles tratan siempre de pasar desapercibidos y estar cerca de sus víctimas, por ello es muy común que ataquen a quienes estén dentro de su radio de influencia y oculten su comportamiento, ya sea escondiendo el comportamiento con cariño, amenazando a la víctima o ridiculizándola. La mayoría de los predadores son parientes de la víctima, pero también los hay entre las personas encargadas del cuidado y protección de niños: maestros, religiosos, policías o niñeras, entre otros. Sí, leyó bien: niñeras.

Michele Elliott es una psicóloga infantil que fundó el centro Kidscape que protege a niños víctima. Recibió la medalla de honor en el Reino Unido por sus propuestas en la prevención de delitos contra los niños y formó parte del comité ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud. Es, además, una pionera en la denuncia de las mujeres pedófilas. Sus publicaciones causan mucha incomodidad porque nos cuesta imaginar que haya mujeres agresoras sexuales. Después de la publicación de las investigaciones de Elliott, muchas víctimas se animaron por primera vez a hablar de las agresiones que habían sufrido, pensando que se trataba de un caso raro o único y que nadie les creería.

Tendemos a pensar que el abuso sexual infantil es un delito raro, producido por hombres contra niñas. Se trata de una percepción errada: este delito afecta a muchísimos niños y niñas por igual, en pequeñas y grandes comunidades, en todos los grupos culturales y que es perpetrado tanto por hombres como por mujeres.

En Estados Unidos comenzaron a llevar estadísticas de las agresiones sexuales cometidas por mujeres. Según datos del Center for Disease Control (CDC), cada año entre el 10 y 20% de las denuncias por pedofilia son agresiones cometidas por mujeres. Al igual que en el caso de los hombres pedófilos, muchas agresoras se encuentran dentro del círculo de confianza de los niños y niñas víctima. Es decir, son las madres, tías, niñeras, enfermeras, educadoras, religiosas, personas que deberían proteger a quienes son sus víctimas.

Se podría pensar que esto es algo que sucede solo en los casos de pedofilia, pero no es así. Una serie de investigaciones muestra que las mujeres agresoras sexuales que tienen como víctima a adultos son más frecuentes de lo que se pensaba antes. Los datos del CDC muestran que es mucho más frecuente de lo pensado encontrar hombres víctima de abuso sexual, con prevalencia muy similar a la del abuso a mujeres. La cantidad de mujeres agresoras era mucho mayor a la que habían esperado.

Quizá el principal impedimento para ver esta prevalencia sea nuestro propio prejuicio de género que identifica a las mujeres con víctimas frágiles y a los hombres con agresores privilegiados.

La mayoría de las mujeres agresoras sexuales fueron a su vez víctima de agresión durante su infancia, al igual que en el caso de los hombres pedófilos. Esto no es ni puede ser una excusa. Es, más bien, un dato fundamental si queremos acabar con la reproducción de este delito. Solo protegiendo a las víctimas con apoyo y terapia adecuadas se logrará evitar que el ciclo se repita.

No se puede encontrar aquello que no se busca. Si nuestra idea de agresor es sesgada, no veremos nunca a quien se sale de ese patrón –o pensaremos que su incidencia es menor. Ser mujer no garantiza pureza. Las mujeres somos humanas, y los humanos tenemos una gran capacidad para ser violentos y agredir. Todas las víctimas deben ser protegidas, atendidas, ayudadas; sean hombres o mujeres. Todos los agresores deben ser procesados y deben pagar el delito, sean hombres o mujeres.

Abuso sexual infantil: “el Estado trató a la niña con impericia y negligencia”

Contreras, aspirante a defensora de la infancia, afirmó que el cese del embarazo no puede ser negado a la víctima de una violación. La finalista del concurso que organizó el Congreso dijo que los niños deben acceder a información sobre sus derechos sexuales.

09 Mar 2019 31 309 Por Irene Benito
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"Estamos atrasadísimos. Nosotros ni siquiera podemos reconocer a los chicos como sujetos de derecho", dijo Contreras.
La única candidata tucumana y del Norte a la Defensoría de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de la Nación considera que otro debió haber sido el desenlace del caso de la víctima de violación de 11 años que quedó embarazada, y que fue sometida a una cesárea (se informa por separado sobre el deceso de la recién nacida). “De ninguna manera se puede negar la interrupción de la gestación a una mujer abusada porque este derecho está reconocido en el Código Penal desde 1921 y en el fallo ‘FAL’ desde 2012. El Estado trató a la niña de 11 años con impericia, negligencia e imprudencia”, opina Roxana Contreras.
La finalista del concurso que organizó el Congreso de la Nación desliza que el abuso sexual seguido de abuso estatal es más común de lo que se cree. “La mayoría de las violaciones suceden puertas adentro de la vivienda y de la familia. Entonces, la instrucción es necesaria. Los padres deben aprender a creer y a tomar en serio los relatos de los niños”, observa Contreras. Y diagnostica: “estamos atrasadísimos respecto de lo que sucede en otras partes del mundo. Nosotros ni siquiera podemos reconocer a los chicos como sujetos de derecho”.
La educación es el único camino para evitar los abusos sexuales infantiles y los embarazos forzados. Contreras afirma que esto es “básico” y lamenta que Tucumán no haya adherido a la Ley de Educación Sexual Integral. “Es fundamental que los niños accedan a información atinente a su cuerpo. No podemos negar la realidad: los chicos tienen y ejercen derechos sexuales, y nosotros no debemos retacearles la información que necesitan para tomar decisiones”, propone en la entrevista. Los chicos precisan ser educados, pero Contreras no deja afuera de esa necesidad a los padres: “debemos pensar en quienes no están capacitados para educar a sus hijos porque no tuvieron, a su vez, posibilidades de educarse ellos”.
La aspirante a defensora cuestiona la indiferencia y el individualismo de la ciudadanía. E ilustra el fenómeno con una anécdota: dice que ella a menudo se encontró con funcionarios que se reunían a debatir sobre los derechos de los niños, pero luego salían a la calle y ni miraban a los chicos abandonados que se les cruzaban por el camino. “La apatía es generalizada”, advierte.
Centralismo doloroso
Contreras, de 46 años, es abogada y trabaja como mediadora judicial. Dice que siempre le atrajo la niñez y que por ello se involucró en la creación de la Fundación Cainaf. Por ese sendero llegó a postularse para la Defensoría nacional, a la que la Ley 26.061 encomienda velar por la protección y promoción de los derechos consagrados en la Constitución, la Convención sobre los Derechos del Niño y las normas federales. En Tucumán no existe la figura del defensor de los derechos de los niños y adolescentes: Contreras apunta que la Legislatura provincial sacó el capítulo completo al sancionar la Ley 8.293 en 2010.
El cargo con mandato por cinco años (prorrogable por un término más) ha de ser cubierto por medio de un concurso: el Congreso adeuda la designación desde 2005. La competencia fue convocada en 2017. Rindieron 68 inscriptos el examen escrito. Luego de exponer un proyecto de trabajo, quedaron 14 competidores y sólo dos del interior: Contreras y el mendocino Gustavo Álvarez Pereira. Sólo falta la “parte política”, que es difícil porque dos tercios de la comisión bicameral tienen que ponerse de acuerdo y elegir quién ocupará la Defensoría. La decisión ha de ser tratada en forma expresa por ambas cámaras. Los diputados y senadores que integran el comité bicameral también pueden seleccionar a los defensores adjuntos. La estructura no existe y hay que armarla desde cero. “Aspiro a que este proceso no sea postergado porque estamos en un año electoral. Se trata de un concurso muy complejo, que puede caer. Pero la deuda que existe con la defensa de la infancia no admite más demoras”, reflexiona Contreras.
La candidata tucumana se tiene fe entre otros motivos porque representa a la región del país con los índices más altos de pobreza infantil. Explica: “somos los más postergados y necesitamos que nos defiendan. A mí me duele el centralismo argentino porque profundiza las asimetrías y las inequidades”.

Yucatán, segundo lugar nacional en acusaciones de abuso sexual infantil

Lilia Balam
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Viernes 8 de marzo, 2019

La situación de las mujeres en Yucatán es vergonzante: la entidad ha ocupado el séptimo lugar a nivel nacional en casos de violencia física y el segundo lugar en acusaciones de abuso sexual de niñas y niños. De igual forma, el sector femenino de la población enfrenta de manera cotidiana diversas formas de violencia, desde las “más visibles” como la física y la económica hasta las “invisibles” como la sexual, la psicológica, la comunitaria y política, declararon las activistas que solicitaron la Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres (AVGM) en la entidad hace dos años.

En el marco del Día Internacional de la Mujer, la directora del Observatorio Ciudadano del Feminicidio en Yucatán, Adelaida Salas Salazar, recordó que de acuerdo con la Encuesta Nacional Sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) en el 2016, Yucatán ocupó el séptimo lugar por la cantidad de casos de mujeres violentadas a lo largo de su vida.

Agregó que el Observatorio Ciudadano Nacional de Violencia ha indicado que la entidad se encuentra en segundo lugar en casos de abuso sexual de menores. Este dato llama la atención tomando en cuenta que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), anunció que México ocupa el primer lugar en esos ilícitos, pues cada año más de 4 millones de niñas y niños son víctimas de abuso sexual en el país.

Sobre este asunto, la investigadora de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), Ligia Vera Gamboa, insistió en la urgencia de que el sector salud esté capacitado en cuanto a la operación de la Norma Oficial Mexicana (NOM) 046 para atender los casos de violencia sexual. “Solo se denuncia una de cada cuatro violaciones, es decir que un ataque puede terminar en un embarazo forzado si no se brinda el tratamiento adecuado a las víctimas”, sostuvo.

La académica subrayó que hasta la fecha las activistas no han entablado diálogo con la Dirección de Salud Mental de la Secretaría de Salud Estatal y se desconoce si las unidades médicas cuentan con los “kits de violación” para atender a las víctimas de los ilícitos de índole sexual.

Las violencias invisibles: violencia política de genero

Las activistas no se cansaron en enfatizar los peligros que representa la invisibilización de algunos tipos de violencia, como la comunitaria y en especial, la política.

Aunque a raíz de la implementación de la Ley de Paridad (a nivel federal desde el 2015 y a nivel estatal desde el 2017), la participación política de las mujeres se cuadriplicó –de un índice de 7.5 presidentas municipales en todo el país antes del 2018 a 27 tras concluir el proceso electoral del año pasado-, la investigadora de la UADY, Gina Villagómez Valdés, señaló que este avance no fue sustantivo en la entidad ya que en los 25 municipios más grandes del estado –con mayor número de habitantes y que perciben más recursos públicos-, el 80 por ciento de los candidatos durante los comicios del 2018 fueron hombres.

Al concluir dicho proceso, sólo en una de esas 25 comunidades resultó ganadora una mujer. “6 por ciento de la población yucateca está bajo el mando de una alcaldesa, pese a que 27 por ciento de las 106 presidencias municipales fueron ganadas por mujeres. Esto porque se les asignaron municipios pequeños. Las redes de poder de los varones lograron mantenerlas fuera de la competencia”, sostuvo la académica.

A través de un estudio, Villagómez Valdés pudo detectar que las mujeres atraviesan tres fases de violencia política: la primera en la lucha interna de los partidos, que es la que “deja más debilitadas y lastimadas a las féminas, como para no volver a participar en otro proceso electoral”; después en la campaña, en la que observó 12 tipos de violencia en contra de las mujeres que aspiraban cargos políticos, incluyendo hombres persiguiendo con armas a las mujeres para que abandonen sus candidaturas; y la tercera la enfrentan quienes obtienen un puesto y asumen el poder. “Hay bloqueo por parte de los regidores de oposición, y estos tipos de violencia son menos visibles que los demás”, puntualizó.

La especialista hizo un llamado a las mujeres que quieren participar en la política que se informen y acudan con las instancias adecuadas para asesorarse y en su caso, denunciar, ya que el año pasado únicamente se interpuso una demanda por violencia política de género. También hizo hincapié en que las autoridades electorales “ya dejaron en el olvido” estos asuntos y no se han realizado nuevas acciones para combatir ese flagelo.

La AVGM: suspendida

Las activistas reiteraron que no cuentan con cifras certeras sobre los casos de violencia contra las mujeres. Pese a que una de las conclusiones que emitió la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres (CONAVIM) ante la solicitud de la AVGM fue el fortalecimiento e integración del Banco Estatal de Datos e Información sobre Casos de Violencia en Contra de las Mujeres, para administrar la información de todas las instancias involucradas en la atención y sanción de la violencia contra las mujeres, hasta la fecha no se tienen avances de esa medida.

Bertha Elena Munguía Gil, integrante de CASDE A.C., informó que hasta enero se sabía del registro de 12 mil casos en dicho Banco y de la capacitación de 150 personas en el tema, pero no se sabe si ya se integró a todas las instancias involucradas en esos asuntos. Además, comentó, el 80 por ciento de los municipios no cuenta con computadoras ni internet para conectarse con el Banco.

Tampoco se ha dado seguimiento a las otras recomendaciones de la CONAVIM, según las activistas. “Todo lo que se hizo el año pasado en programas, en capacitación, todo está detenido, no se ha vuelto a reactivar nada”, apuntó Salas Salazar.

Sin embargo, este mes las solicitantes de la Alerta enviarán un informe de seguimiento a la CONAVIM, con el cual dicha instancia determinará si la AVGM será decretada o no. “Yo voto porque sí se active”, dijo Gina Villagómez levantando la mano, mientras las demás mujeres que la acompañaban manifestaban estar de acuerdo.

“[Las autoridades] Dicen que están trabajando en políticas públicas por las mujeres. Pero la realidad es vergonzante”, sentenció la activista y miembro de la Asociación Civil “Kookay”, Nancy Walker Olvera.