miércoles, 18 de noviembre de 2009

Un nuevo comienzo bajo el sol.


En una de las más de 7.000 islas que forman Filipinas, con la frondosa jungla entrando a saco en la playa y el violento sol situado en el cenit, unos niños juegan alegres a la pelota. Viéndoles así, nadie adivinaría las historias que esconden sus sonrisas y sus cuerpos. Estamos en Puerto Galera, en la isla de Mindoro Oriental, punto caliente de la prostitución infantil. Precisamente aquí está la Fundación Stairways, que, desde hace 20 años, recoge a niños víctimas de abusos sexuales en la cruel área metropolitana de Manila y los trae a este paraíso tropical.

Uno de ellos es Jake Salvador, de 13 años (los nombres son seudónimos elegidos por los mismos niños para preservar su identidad). Risueño y algo tímido, de su boca sale una dura historia: un mal día se despertó en un autobús de línea y descubrió que su padre, que le acompañaba, no estaba a su lado. Le buscó en el autobús, le buscó en la parada y en los alrededores, sin ningún éxito: le había abandonado. Algún tiempo antes, su madre, una stripper en un night-club, había abandonado a ambos, padre e hijo. Jake estaba solo y en la calle, donde mendigó y esnifó pegamento durante dos años hasta que fue recogido y llevado a un centro de rehabilitación. A pesar de su nombre, estos centros son una especie de cárceles donde se hacinan gentes de todas las edades en malas condiciones de salubridad (abunda la sarna). Allí Jake fue víctima de abusos por un hombre que se infiltraba en el centro para tal fin.

este otro niño tiene una mirada torva. Es Armando Pasco, de 13 años. Tal vez se deba a su pertenencia a una banda callejera durante cinco años. Aparte de la expresión de su rostro, de la banda le queda un punto tatuado en la frente y otro tatuaje a la espalda. Con ellos robó bolsos, allanó moradas, y vendió su cuerpo por lo que al cambio son unos céntimos de euro. “He cambiado, ahora ya no digo tacos”, dice Armando. Lleva poco tiempo en la fundación y los responsables dicen que aún se muestra irritable y violento con los compañeros. Pero todo es cuestión de tiempo.

En el mundo, según estimó Unicef en 2006, hay 700.000 niños explotados sexualmente. El problema es grande en Filipinas, porque, según informa la agencia del país, esta práctica, aun estando perseguida por la ley, goza de cierta aceptación social (algo similar a lo que pasaba en España con la violencia de género). Para comprobarlo basta pasearse por el distrito rojo de Manila, en el que las menores se venden en masa a los turistas occidentales.

En la Fundación Stairways los niños aprenden a recuperar la confianza, a entender su cuerpo, y reciben cariño. Muchos de ellos no saben cuáles son sus zonas íntimas o no tienen conciencia de haber sido víctimas de abusos. Son aún muy jóvenes. “Aquí he aprendido a respetar, a controlar mi temperamento. Quiero cambiar y conocerme mejor a mí mismo”, dice Luis Pérez, un niño de 13 años que muestra una madurez inusual.

Luis, que como casi todos los demás niños fue arrojado a la calle del seno de una familia desestructurada, fue víctima de abusos en un arrabal chabolista por un atracador que le amenazó de muerte: “Me dijo que me encontraría y me mataría si se lo contaba a alguien”.

Luis quiere ser psicólogo y ayudar a los demás. Armando quiere ser profesor y enseñar a los niños sus derechos. Jake quiere ser arquitecto y construir casas para los pobres. Todos estos niños tienen deseos semejantes: ser solidarios como en este lugar lo son con ellos. Aquí aprenden a leer y a escribir, se divierten haciendo manualidades o deporte, y conocen sus derechos. “Ahora sé que tengo a derecho a decir no”, dice Luis. Tal vez el sol tan alto en el cielo, al borde del mar cristalino, borre todas las sombras de sus cuerpos.

ELPAIS.com

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