domingo, 11 de abril de 2010

la exposición del niño ante la justicia lo afecta .

‘Mi hijita Micaela (nombre protegido) me contó lo que el profesor de natación le había hecho y recordé que un año atrás, cuando tenía 3 años, había llegado escaldada y llorosa de la guardería. Nuestra odisea comenzó cuando decidimos poner la denuncia”, dice Cristina (nombre protegido), sobre el abuso sexual a su hija.

“Se debe crear conciencia social frente a la violencia sexual”, enfatiza Sandra Cervantes, del Consejo Metropolitano de Protección Integral a la Niñez y Adolescencia (Compina). “Las estadísticas nos muestran que por lo menos tres de cada 10 niños han sufrido alguna forma de abuso sexual en el país. Pero las denuncias en la Fiscalía son mínimas”.

“Cuando estaba en cuarto grado, el profesor Rodrigo quería manosearnos, a mí no pudo tocarme pero a mis amigas sí les manoseaba, él quería amarcarnos para poder escribir en el pizarrón. Cuando nos íbamos al baño él sabía ir atrás de nosotras para poder abusarnos. Creo que sigue manoseándole a su grado”.

El relato es de una pequeña de 11 años. Lo escribió a lápiz, en una hoja de papel, durante un taller en el Compina, luego de observar una película sobre prevención de abuso sexual.

En la Unidad de Vigilancia y Exigibilidad Legal del Compina se llevan casos de abuso sexual a menores que en su mayoría son víctimas de sus profesores.

“En la dinámica del abuso sexual el victimario es mayoritariamente una persona conocida por el niño, niña o adolescente”, refiere Cervantes. “Hablamos de más del 90% de los casos en los cuales el abusador es papá, padrastro, hermano, tío, amigo, profesor, jefe de culto, etc.; alguien que ejerce autoridad frente al niño”.

Ella identifica tres momentos: primero, la construcción de complicidad, con regalos, afectos y otros aspectos que ayudan a aproximarse a los niños. Después viene el abuso en sí. Finalmente, la amenaza. De esta forma, los niños no hablan, se sienten culpables. “No siempre es una relación sexual, pero manosear a la niña, tocarla, ya es un abuso”.

Cuando Cristina escuchó a su pequeña de 4 años no pensó en ir a la Policía. La llevó a una casa de salud en el sur de Quito. “Fuimos al reconocimiento del cuerpito con un médico, pero ese examen no fue válido. Nos mandaron a realizar otra vez el examen con un médico forense de la Policía”.

“En ese examen el médico no tuvo ningún cuidado. No la trató como a una niña, sino como una adulta. Le dijo ‘abra las piernas’ y para mí fue un ‘shock’, pero así se hizo la evaluación. El médico dijo que no hubo penetración, que ¿de qué me preocupaba? Me indigné con esas palabras pero me armé de valor y seguí con la denuncia a través del Cepam (Centro Ecuatoriano para la Promoción y Acción de la Mujer), ellos nos patrocinan”.

En el artículo 80 del Código de la Niñez y Adolescencia se señala que los exámenes médico legales a un menor se practicarán en estrictas condiciones de confidencialidad y respeto a la intimidad e integridad físicas y emocional del paciente. También que se prohíbe volver a someter a un niño víctima de alguna de las formas de maltrato a un mismo examen o reconocimiento médico legal.

Contempla además que los exámenes practicados por profesionales de establecimientos de salud públicos o privados tendrán el valor legal de informe pericial.

Hasta el 2008, el examen médico legal para víctimas de agresión sexual también se realizaba en el dispensario médico que operan en las instalaciones de la Policía Judicial. Para Fabián Pólit, quien se dedicó a esta tarea por 26 años, las pruebas se realizan con respeto y confidencialidad.

La fiscal Moreno reconoce que la primera evaluación en los casos de abuso sexual es la ginecológica. Posteriormente, se realiza “la valoración psicológica, que es un elemento muy importante, y que es tan científica como la médica, pero con la experiencia que he tenido no se valora mucho al examen psicológico”.

Para la psicóloga Martha Ortega, los procesos de evaluación médica o psicológica profundizan el trauma sufrido por la víctima en un abuso. “Reviven el momento una y otra vez, cada vez que las examinan o que les toman las versiones. Se revictimiza a los menores; a veces, más que el abuso, les trauma el profesional”, dice Ortega, doctora en psicología a cargo del Departamento de Psicología de la Dinapen en Pichincha.
Ella resalta la importancia de efectuar una evaluación psicológica con métodos especiales. “Utilizamos diferentes técnicas, trabajamos con muñecos, juegos, dibujos. Presentamos un informe técnico para que sea una prueba dentro del proceso legal”.

No todos los menores reciben un tratamiento adecuado. Al Departamento de Psicología de la Dinapen solo llegan los casos solicitados por la Fiscalía.

Cristina relata una experiencia traumática en la Fiscalía. “Estuvimos cinco veces en la Fiscalía para que mi niña reviviera lo que pasó, pero siempre faltaba alguna autoridad y no se hacía nada. Micaela estaba en tratamiento psicológico y revivir eso le hacía mal”, dice la madre y llora.

“Después la secretaria tomó su versión. Al profesor ni siquiera le llamaron a declarar. Saqué a mi hija de la guardería. Micaela no está bien todavía. Un niño le empujo en la nueva escuela y ella retrocedió emocionalmente, tiene miedo a todo. Duele que haya sido tratada como victimaria; que tenga que demostrar que fue la víctima. Es una niña pequeña, pero a nadie le importa”.
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