viernes, 28 de enero de 2011

EL MONSTRUO DEL CASTILLO

EL MAYOR TRIBUTO QUE PUEDO HACER A LOS VALIENTES SOBREVIVIENTES ES PUBLICAR SUS RELATOS.

MIGUEL ADAME VÁZQUEZ.


Las víctimas de abusos tienen muy poca autoestima. La agresión te marca de tal manera te hace sentir menos que nada. Y yo no iba a ser menos, mi autoestima roza siempre la línea de flotación. Con los años he llegado a reconocer que es una consecuencia de los abusos, pero al principio, cuando no lo asociaba a ello me sentía perdida en mis etapas de depresión. Y eso, unido a otras secuelas lo he llegado a visualizar en un personaje inventado por mi imaginación: mi Monstruo.

La equivalencia me la enseño una amiga de la infancia: la mente es como un castillo encantado con miles, millones de habitaciones que cambian de lugar a su antojo. Cuando se tiene un recuerdo, es como entrar en la habitación que lo guarda para poder revivir ese momento. Pero en mi cabeza existe un monstruo atroz que de vez en cuando se escapa y campa a sus anchas por el castillo, y puedo encontrármelo en cualquier habitación.

Asoma con cualquier tontería: puede ser un objeto, una persona, el estampado de una prenda, una frase, tocar ropa de cama húmeda, un ruido... por ejemplo los escupitajos me ponen enferma, no puedo evitar que me recorra un escalofrió oír el sonido gutural que los produce. Son solo décimas de segundo, pero entro en la habitación y… ¡zas! El aullido de mi monstruo me traspasa. Es un flash, una imagen, un sonido. Un recuerdo de mi padre.

 
A veces sólo lo oigo porque está encerrado en las mazmorras y grita para que no le olvide, para que sepa que él está ahí; pero a veces está presente enseñando los dientes y amenazando con devorarme de un bocado para luego eructar sonoramente.

Es cuando me siento peor. Tengo nauseas, temblores, ansiedad… porque en mis más bajos momentos, mi monstruo practica además un juego macabro: es como estar encerrada en una sala de cine donde solo proyectan alguno de mis recuerdos, y la película se repite una y otra vez sin que pueda pararla; llegado ese punto, antes optaba por quemar el cine y salir por la pantalla, aun a riesgo de mi vida. De ahí las drogas sin control, los intentos de suicidio, las prácticas de riesgo, los retos al destino.

Ahora escavo túneles buscando una salida negociada bajo el suelo. He aprendido que no es real, que ya no puede hacerme daño, pero siempre está ahí, y actualmente me agrede más a menudo de otra manera.

Cuando emprendo un proyecto nuevo, cuando conozco a alguien, lo primero que me asalta la mente son pensamientos negativos que el monstruo me impone: “no saldrá bien, fracasarás, no te merece la pena, solo te conoce para reírse de ti porque eres fea por dentro…” o por el contrario, me “anima” a seguir adelante, pero con la seguridad de que es una estupidez lo que voy a hacer, que me arrepentiré el resto de mi vida… pero que es lo único que merezco. Y entonces comienza el trabajo de reestructuración. Es como vivir una lucha interna entre mi monstruo y yo, como si hubiese dos personas dentro de mi cabeza, y es agotador.

Siempre es el mismo proceso mental. El primer pensamiento invariablemente es negativo. Con la practica he conseguido que muchas veces esa parte dure apenas unos segundos. Logro apartar esos pensamientos con rapidez de la cabeza, pero están ahí esperando el primer resbalón para decir: “te lo dije”, y a veces el monstruo toma el control. Lo hace sin darme cuenta, no soy consciente de su presencia hasta que es demasiado tarde, tal vez porque forma parte de mí, y no le reconozco cuando actúa, hasta que la oportunidad de tener, conseguir o conocer algo o a alguien nuevo se ha desvanecido.

Y eso siempre me limita. Tengo la sensación de que me coarta las decisiones que tomo. Que no soy libre de elegir la mejor opción.

Mi marido dice que me valoro muy poco. Por eso nunca me promociono en mi trabajo, y soy conformista con lo que tengo. Nunca aspiro a grandes cosas. Admiro a aquellos que se ponen metas y dedican su tiempo a ellas. Yo apenas puedo predecir que prepararé para comer la próxima semana.

 
El último ejemplo lo tenéis aquí. Llevo años escribiendo. Tenía diarios y libretas escondidos entre mis cosas para que nadie los encontrase. En ellos descargaba pensamientos de todo tipo. Cuando tuve mi propio ordenador, dediqué muchas horas a pasar y poner en orden esos pensamientos. Ha sido como vomitar.

Hace semanas me planteé la posibilidad de hacer este blog. Pensé que si había decidido no callar más mi condición de víctima, de superviviente, y contarle a mis amistades lo que me había ocurrido de niña, no había razón para no sacar a la luz mis pensamientos. Así que me marqué el reto de hacerlo, y enseguida mi monstruo entró al ataque.

Primero me puse escusas: no tengo ni idea de ordenadores, no sé nada de internet, es un asunto que no le interesa a nadie, no les va a gustar como escribo… después me puse plazos: esperar a un ordenador nuevo, o a que pasen las vacaciones, o después de navidad… un día me sentí valiente y me decidí, ahora o nunca. (Debí pillar al bicho dormido, o el monstruo me pilló dormida a mí) y en una tarde, colgué el blog.

En ese momento me hundí. Al leer mis propias palabras flotando sobre el faro, siendo consciente de que eran visibles a todos, me derrumbé.

Hacía muchos meses que no me sentía tan mal. He vuelto a llorar y vomitar siempre a escondidas, que nadie se dé cuenta, he vuelto a pasar noches en vela por miedo a dormir, porque las pesadillas han regresado. He vuelto a tener doce años, y me he visto otra vez en mi cama, sin hacer ruido, inmóvil, mirando las moscas revolotear bajo la lámpara, esperando a que él entre en mi habitación cerrando la puerta. Mi monstruo estaba tomando el castillo.

Pero esta vez ha ocurrido algo extraordinario. Ahora que ya no escondo mi condición de víctima, ahora que me he quitado la mordaza de la boca, no me ha dado vergüenza decir a mis conocidos que estaba mal, incluso alguno de ellos se ha dado cuenta, y me han preguntado, sin problemas si me sentía mal por mis abusos. He tenido algunas conversaciones con ellos, sin tabúes, consolándome, haciéndome sentir querida y apreciada, y ha sido realmente reparador.

Poder hablar de cómo me sentía en ese momento ha sido la mejor “terapia de choque” que he tenido en mi vida. Pero no ha sido fácil, debo confesar que casi fueron ellos los que me arrastraron fuera del pozo, porque estaba otra vez construyendo la barrera, formando la coraza en la que esconderme hasta nueva orden.

Y de hecho, mi familia más cercana continúa en la más absoluta ignorancia de la existencia de este blog, y aunque me han visto mal, y no me he visto con fuerzas para contarles la razón exacta, jamás he estado presionada por ellos. Saben que algún recuerdo se ha reactivado, y que solo necesito su ternura, su consuelo y esperar que yo les hable de lo que siento, o de lo que callo, y me hacen ver que son como un rincón seguro donde acurrucarme cuando me siento herida. Y eso para mí, es muchísimo. Creo que mi próximo reto será contarle a mi marido mi aventura en internet, pero eso será otra historia, y otra batalla contra el dragón.

Afortunadamente, éste asalto ya está pasando. Hace tres noches que duermo mejor, y las aguas vuelven a su cauce. Supongo que el trabajo extra, que me mantiene entretenida, también me ayuda a ocupar mi mente. Y los métodos de relajación funcionan, pero me siento como si saliese de una noche de resaca, aún en medio de la bruma, y sin saber muy bien qué dirección tomar.

Aún quedan resquicios. Una parte de mí sigue diciéndome que no debería haber hecho el blog, que los más cercanos pensarán que es un asunto personal, íntimo, que nadie tiene porqué conocer, porque demuestra que estoy sucia por dentro; otra parte me dice que sí, que está muy bien, que no importa lo que opinen los demás, si con esto alguna víctima se siente un poco más valiente… y a veces no sé reconocer a mi monstruo.

 
He recibido muestras de apoyo, ni un solo correo ha sido negativo, por lo tanto creo que ha sido una buena idea, o al menos no el desastre que me vaticinaba mi monstruo. Pero sigo aterrada. Cada vez que veo mensajes nuevos, entro en un estado de ansiedad enorme, y a medida que la relación que tengo con el remitente es más estrecha, esa ansiedad es mayor. Y a veces me siento como cuando tenía dieciocho años, y esa ansiedad me empujaba a hacer tonterías y a correr riesgos innecesarios.


Pero creo que ahora los “riesgos” que corro son buenos para mí. Mi pareja no siempre me apoya, lo que me demuestra que empiezo a ser capaz de tomar mis propias decisiones (errores incluidos) y que el monstruo no forme parte de ello.

Empiezo a tomar el control, Aunque a veces haya bajones, aunque a veces él me envenene la cabeza y necesite volver a rehacer mis pensamientos, tengo la sensación de que ahora eso ocurre cada vez con menos frecuencia, y esa sensación me encanta. Porque cuando estoy bien, cuando pienso en positivo, me siento realmente orgullosa de lo que hago. Tengo la sensación de que nada puede pararme y me siento muy poderosa.

"Los monstruos son reales, y los fantasmas también, viven dentro de nosotros, y a veces, ellos ganan"

Stephen King. Escritor estadounidense
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