viernes, 28 de enero de 2011

Soy una víctima de abusos sexuales infantiles.


Digo "soy" porque aunque éstos cesaron cuando entré en la adolescencia, para mí sigo sintiendo a veces, como el primer día, la sensación de que estoy rota por dentro, desgarrada, como una muñeca de trapo viejo que sólo sirve para nido de ratones, que me faltan piezas... mi padre me las fue arrancando una a una durante trece años.
Y ha llegado el momento de encontrar esas piezas, de reunir los pedazos de mi alma que aun se pueden rescatar y mostrar cómo mirar a través de un espejo roto.
Este blog os enseñará cómo se siente una sobreviviente de A.S.I. (Abuso Sexual Infantil)

Soy la menor de cuatro hermanos y todos hemos pasado por la misma situación, pero con distintos resultados.
Mi madre, víctima de violencia “de género”, como ahora le llaman, pero también cómplice, por omisión durante toda la vida.
 Mi hermano primogénito, doce años mayor que yo, terminó de voluntario con 17 años en la legión, ahora está retirado por problemas psicológicos.
 Mi hermana, ocho años mayor, jamás ha salido del circulo de fuego, sigue con mis padres, (ahora solo con mi madre) tiene problemas psiquiátricos graves, cree que dios le habla, defiende a capa y espada a nuestro agresor y a su cómplice y me reprocha que yo no haya “pasado por el aro” y no quiera tener relación alguna con ellos.
Mi segundo hermano, tan solo un año mayor que yo, se dedicó a recorrer el mundo con una mochila a la espalda. Pero con el paso de los años, el bloqueo de su mente ha sido tan brutal que ni siquiera sabe que es una víctima de abusos. Apenas recuerda su infancia y primera juventud.  
Y yo.
Mi padre era un completo tirano, de los que se quitaban el cinturón a la primera ocasión. Tengo la fortuna de que sus latigazos jamás me dejaron marcas permanentes.
Pocos días después de que yo naciese, mi madre sufrió un accidente que la postró durante nueve meses en un lecho de escayola, mas el tiempo de rehabilitación. (En mi familia biológica existen dos temas de los que está totalmente prohibido hablar: el accidente de mi madre y la muerte de una hermana acontecida cuatro años antes de mi nacimiento) Fui ingresada en una institución gubernamental.
El destino quiso que esos años fueran los últimos en que las jovencitas hiciesen una especie de servicio social obligatorio, y que una muchacha de 17 años que pertenecía a otra clase social estuviese allí en ese momento. Cuando hablo de esa persona de mi infancia siempre me refiero a mi Hada Madrina, porque como en los cuentos, ella se encargó de rescatarme de las fauces del dragón. Así que si alguna vez os hablo de “Mi Madrina”, a ella me refiero. Ella es la persona más importante de mi vida, la madre que debería haber tenido, y no el útero del que salí. Me conoció en la casa-cuna donde me ingresaron al nacer, y vivió quince años luchando por rescatarme.
No sé qué es lo que percibió mi Madrina en mí cuando aún era un bebé, pero empezó a llevarme los fines de semana a su casa, con sus hermanos, para que yo tuviera un contacto más familiar, y enseguida se percató de lo que ocurría.                                             
 
En las pocas ocasiones en que venía a visitarme al orfanato, mi padre aprovechaba para “meter el dedito” donde no debía, con la consiguiente infección vaginal.
A partir de ahí, mi Madrina y su familia trasladaron su vivienda a otra ciudad, y empezaron una cruzada por sacarme de allí y que no volviese con mis padres, hasta que un juez dictaminó, demasiado tarde, que ella tuviera mi Patria Potestad.
En esos años no fue posible evitar el daño, porque fue un constante movimiento de vida, ahora con mi Madrina, ahora con mis padres, ahora con mi Madrina… Siempre digo que tuve dos infancias: un cuento de hadas y una película de terror, en el cuento vivo con mi Madrina feliz, muy feliz; en la peli vivo con mi monstruo…
Obviamente no recuerdo cuando empezó, porque siempre ha sido una reminiscencia de mi memoria desde mi más tierna infancia. Tengo asociada la casa de mis progenitores con el cinturón de mi padre y sus manoseos.
Si recuerdo que, con los años, a los tocamientos habituales se sumó mi primera experiencia oral (aun tengo náuseas al recordarlo) y las violaciones, agresivas, perturbadoras, terroríficas. (“hoy te voy a estrenar. Para que cuando seas mayor, no te duela”…) Hasta que con 13 años aquello salto por los aires.
Mi Madrina vino a buscarme en su Renault 5 azul y ahí se acabaron los abusos, pero no el dolor.
Yo los llamo “mis años oscuros” que para mí son casi mucho más perturbadores que lo ocurrido en sí. Con noches en vela por miedo al sueño, por las pesadillas, o de dormir en exceso, para no tener recuerdos recurrentes, que me rompían como una nuez. Y con comportamientos que distan mucho de ser normales. Conductas de riesgo, intentos de suicidio…
Afortunadamente, ahora, a mis 44 años, creo que llevo una vida normal.
Y creo que el hecho de que mi vida esté asentada es lo que por fin me ha llevado a buscar la mejor forma de ayudarme a mí misma. Porque si algo debéis tener claro, es que las víctimas de abusos infantiles de cualquier tipo, jamás nos recuperamos del todo. Siempre habrá una fisura, una sombra negra que de vez en cuando nos envuelve la mente, y tenemos que volver a reconstruirnos. Mi herida siempre estará abierta.
Yo tuve la inestimable ayuda de Mi Madrina que estaba en el lugar adecuado en el momento justo, y gracias a ella, y a toda su familia, que me acogieron como una más de ellos, creo que he conseguido reconocer y valorar lo que me ocurrió en su justa medida, y de esa manera poder curar mis heridas con mayor o menor acierto. No es una tontería: la mayoría de las víctimas de abusos sexuales infantiles viven escondidos y se llevan su secreto a la tumba, tras una vida triste e incompleta.

Pero he descubierto que desde que hablo y escribo sobre lo que me ocurrió de niña, me siento mejor, mas "limpia" mas liberada. Por supuesto mis amistades lo saben y tengo la sensación de que es la hora de hablar, de gritar y de no esconderse. El único que debería haberse avergonzado es mi padre, que no merece ni la tumba en la que está enterrado.
Ahora, soy una mujer con una pareja estable y con un hijo, que vive en familia, con una vida tranquila y con todo mi pasado sobre mis espaldas, pero feliz.
Este blog quiere ser la prueba de que los malos tratos y los abusos se pueden superar, con voluntad, y sobre todo con ayuda de personas como mi Hada Madrina,  que no miran hacia otro lado.
Y no pido que todos introduzcamos a una víctima en nuestras vidas, basta solo con hablar abiertamente de los abusos infantiles sin tabúes. Si hemos superado hablar de sexo, también se puede hablar de algo mucho más grave.
La gente me cuestiona que mi hijo no debería conocer la historia. En general, no les gusta que se trate ese tema, les incomoda, y sutilmente sugieren que debería esconderse como un secreto inconfesable. Mi repuesta es siempre la misma: los únicos que deberían esconderse por vergüenza son los pederastas. Yo no soy responsable, no tengo que esconderme de nadie, y si tú, que me estás leyendo, te avergüenzas de hablar del tema, estas ayudando a que esos cabrones se mantengan en su urna de seguridad, y a que las próximas víctimas de abusos sexuales sigan teniendo sobre ellos una losa (la culpabilidad y el secreto) que les enterrará vivos en alguna catacumba de tu barrio.

 Si alguna víctima lee este blog, quiero que sepa que se puede escapar. Que no pierdan la esperanza.
 Y para los que no son víctimas, tenéis que saber que junto a vuestras vidas existen lobos con piel de cordero. No miréis para otro lado.
Y proteged a los niños. Lo que les ocurre en su infancia marcará su futuro de por vida, aunque ni ellos mismos lo recuerden. Jamás creáis que lo que hacéis con ellos lo olvidan. Por muy pequeños que sean, son mellas en el alma que no se quitan.
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