viernes, 28 de enero de 2011

LO QUE LOS SOBREVIVIENTES TIENEN QUE DECIR

Participo en un foro de ayuda mutua para víctimas de abusos sexuales infantiles. Y entre otros hilos y sugerencias, encontré uno muy interesante donde los sobrevivientes descargan de alguna manera su frustración con algunas de las preguntas que (con intención o sin ella) les hace la gente al conocer su situación personal. Algunas son especialmente sangrantes. Yo me limitaré a contestar, en la medida de lo posible, las más habituales, siempre desde un punto de vista totalmente personal. Que puede estar equivocado.

¿Por qué no lo contaste entonces?

¿Por qué no lo denunciaste si tanto daño te hizo?

Es sencillo. Por la misma razón por la que ninguna víctima habla: el miedo. En mi caso fue el miedo a no volver a ver a mis padrinos.

Tú, que me estás leyendo te supongo una persona adulta, con miedos racionales y lógicos, pero yo hablo del miedo infantil, ese miedo irracional que la imaginación de un niño alimenta con su fantasía. Intentad, por un momento, volver a vuestra infancia. A la época en que creíais firmemente en la existencia de los Reyes Magos, o el Ratoncito Pérez, o Papa Noel… ¿acaso no estabais convencidos de que eran reales? Y ahora en la madurez, aunque sepáis la verdad, seguramente guardáis un entrañable recuerdo de esos personajes, por la nostalgia en esa creencia que os evoca.

A nosotros, creo que nos ocurre algo parecido. Nuestro abusador nos inculcó el temor, más o menos explicito, a que si lo contábamos mataría a nuestra madre, o se romería la familia, o nunca más nos iban a querer, o jamás nos creerían… como en lo bueno, nos ha quedado la reminiscencia de ese temor hasta bien entrada la madurez. Incluso diría que ese miedo irracional permanece en el subconsciente, acechando por el resto de nuestra vida.

En mi caso, lo conté cuando era una niña (creo que la primera vez que se lo dije a mi madre tendría nueve o diez años) pero cuando lo hice, mi madre me dijo que era culpa mía, que si lo contaba, no volvería con mi Madrina, y opté por callar temerosa y avergonzada. Creo que incluso previamente que mi madre lo pusiera en palabras, yo ya percibía ese riesgo mucho antes, por parte de mi padre. Porque era él quien en última instancia decidía que yo volviese con mi Madrina a estudiar, y si me resistía a sus abusos, además de su violencia, podría castigarme con su propia prisión, junto a él.

Solo iba a casa de mis padres en vacaciones. Hasta los doce años estudiaba en la ciudad donde vivía mi Madrina. Así que opté por “pagar” a cambio de volver con ella. Sólo pensar que no volvería a verla ni a ella ni a su familia me provocaba un pánico enorme.


De hecho, el último año de mis abusos, (el más espantoso que recuerdo) mi Madrina se había casado y esperaba su primer hijo. Y aprovechando esa circunstancia, mi padre decidió que me quedase con mis progenitores. “Solo hasta que nazca el bebé”, me dijeron.

La situación empezó a ser insostenible para mí, y conseguí que mi madre lo denunciase. Pero el resultado fue precisamente el contrario del lo que esperaba: mi padre, al conocer la denuncia nos amenazó a todos de muerte. Estaba seguro que mi Madrina había tenido algo que ver en aquella denuncia y tomó la decisión de que yo no volviese a ver ni a mi Madrina ni a su familia. Incluso llegaron a decirme que ahora que mi Madrina tenía su propio hijo, ya no quería saber de mí.

No os podéis hacer idea de lo que sentí en ese momento. Creí que había cometido el mayor error de mi vida, que al contar lo que me hacía mi padre todo mi mundo se había roto y había perdido el único refugio que poseía. Fue la primera vez, con doce años, que me plantee la muerte como una alternativa. Incluso deseé, en una de sus palizas, que mi propio padre me matara.

Durante muchísimos años he sido incapaz de hablar. Y no porque alguien me lo impidiese, sino porque mi mente no me lo permitía. Yo no era consciente ni tenía edad para entender lo que pasaba, y terminé por esconderme, por callar y asumir lo ocurrido.

He pasado años disimulando cuando algo me traía un recuerdo que me paralizase. He pasado horas enteras encerrada en el cuarto de baño, esperando a que las náuseas y los temblores de mis manos se detuvieran, sólo para que nadie de mi familia adoptiva se diese cuenta de que me ocurría algo. Sin duda un comportamiento recuerdo de mi infancia.

Si hablas ahora de esto es para vengarte, o para dar pena…

Te gusta hacerte la víctima. ¡Te encanta llamar la atención y ya no sabes por dónde salir!

Creo que ahora empiezan a cambiar las cosas. En el foro cada vez entra gente más joven para buscar ayuda, y eso me alegra muchísimo, porque significa que las victimas empiezan a darse cuenta mucho antes de la importancia de lo ocurrido.

Yo he tardado casi cuarenta años en asumir lo que me sucedió, y aunque mi familia adoptiva conocía los abusos, nunca les conté detalles de ningún tipo. He estado “adormecida” durante años, hasta que me desperté. Y hablo, porque al despertar… necesito vomitar. Como todas las víctimas.

¿Crees que lo hago para llamar la atención, por venganza? ¿Opinas que después de cuarenta años aún busco represalias, o lástima?

Si tuviese alguna razón que implicase poner en evidencia a todos aquellos autores y cómplices de mis abusos, no sería por venganza, sería por justicia.

Pero ya ni siquiera busco eso: yo hablo porque necesito sacarlo fuera, porque si sigo guardando el secreto un minuto más acabaría devorándome, consumida por el dolor. Y… ¡qué diablos!, porque no tengo de qué avergonzarme. Que callen otros que si tienen de qué sonrojarse.

Pobrecita…

¡Odio inspirar lástima! Nos degrada aun más la autoestima, porque nos hace sentirnos lo más bajo de la sociedad, los marginados.

Debes tratar de superarlo. Pero eso fue hace un montón de tiempo. No sirve de nada remover el pasado.

El problema es que cada vez que me levanto, cada vez que me enfrento a un reto, por simple que sea, tengo un bicho en la cabeza que me recuerda lo que me han hecho. Y tengo que hacer el ejercicio diario de apartar ese pensamiento de mi mente que se impone cada minuto.

Sé que lo haces con buena intención, porque crees que si lo entierro, lo olvidaré y seguiré con mi vida, pero esto no funciona así: todos cuando nacemos somos una hoja en blanco, un ordenador vacío, en el que los adultos escriben. Nuestros padres escriben las normas que debemos conocer y cumplir, la sociedad escribe nuestras tradiciones, en el colegio escriben los conocimientos que nos servirán en nuestra vida de adultos.

Y todo queda marcado en el disco duro, TODO. Y las víctimas de abusos tenemos un borrón en nuestra hoja que no nos permite leer bien las normas del comportamiento. Nuestro disco está dañado. La desgracia de las víctimas es haber sobrevivido a aquello y vivir el resto de nuestra vida con la duda de si somos útiles, o por el contrario se nos debería tirar a la papelera, por ser un proyecto mal acabado.


Es como llevar una silla de ruedas. La gente, que no sabe de tu minusvalía, se extraña de tu comportamiento, sobre todo los más allegados, los amigos más cercanos, que con el trato se dan cuenta de que algo no va bien. Y además algunas personas, al conocer la razón, sugieren que se esconda la silla.

Porque así nos sentimos los sobrevivientes de A.S.I. Nuestra silla de ruedas es mental, y poca gente la ve. Pero está ahí, y es para toda la vida, no podemos decir: ya está olvidado, ya pasó. Tan solo podemos mejorar nuestra calidad de vida, pero para eso necesitamos que gente como tu quite las barreras arquitectónicas, y ayude en las campañas de concienciación que ayuden a proteger a los niños, a meter a los degenerados entre rejas para asegurarse que no vuelven a acercarse a un niño y a ayudar a las víctimas, a los sobrevivientes de ese horror a superar el daño y eliminar secuelas.


Porque cada vez que alguien me dice que ha pasado mucho tiempo, que es hora de pasar página me pone un escalón delante. Se podría decir que mi recuerdo es la frase de presentación de mi página del facebook. Y por más que se actualice, siempre es lo primero que leemos.

"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio."

Proverbio indio.
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