viernes, 22 de abril de 2011

LA TRAICIÓN FINAL LOS QUE MALTRATAN SEXUALMENTE (PRIMERA PARTE)

El incesto es quizá la más cruel y la más incomprensible de las experiencias humanas. Representa la traición de la confianza más básica entre el niño y el padre o la madre, y es emocionalmente devastador. Las pequeñas víctimas están en una situación de dependencia total de sus agresores, de modo que no tienen a dónde ir ni a quién recurrir. Los protectores se convierten en perseguidores, y la realidad, en una prisión llena de sucios secretos. El incesto traiciona el corazón mis¬ino de la niñez, su inocencia.

En los dos últimos capítulos nos hemos adentrado en algunas de las realidades más sombrías de las familias que estamos estudiando. Nos hemos encontrado ton padres que tienen una extraordinaria carencia de empatía y de compasión en su relación con sus hijos. I .os golpean con cualquier arma, desde críticas humillantes hasta cinturones de cuero, y siguen racionalizando los malos tratos al presentarlos como actos de disciplina o de educación. Pero ahora entramos en un ámbito del comportamiento tan perverso, que en él no fu posible racionalización alguna, y aquí debo dejar de lado todas las teorías estrictamente psicológicas: yo creo que la violación sexual de un hijo es un acto de inequívoca perversidad.

¿QUÉ ES EL INCESTO?


El incesto es difícil de definir porque entre las definiciones jurídicas y las psicológicas hay mundos de distancia. La definición jurídica del incesto es suma¬mente estrecha; por lo común, en los códigos de los países de habla inglesa se lo define como penetración sexual entre con sanguíneos. Así, millones de personas no se han dado cuenta de que han sido víctimas del incesto porque en el contacto no hubo penetración. Desde el punto de vista psicológico, el incesto abarca una gama mucho más amplia de comportamientos y relaciones, que incluyen el contacto físico con la boca, pechos, genitales, ano o cualquier otra parte corporal de un niño, cuando el objeto de dicho contacto es la excitación sexual del agresor. Y este último no tiene que ser necesariamente un con sanguíneo; puede si i cualquiera a quien el niño considere como miembro de la familia; así, un padrastro o un pariente político.
Hay otros tipos de comportamientos incestuosos sumamente dañinos aunque quizá no impliquen contacto físico alguno con el cuerpo del niño. Por ejemplo, si un agresor comete un acto de exhibicionismo o se masturba en presencia del niño, e incluso si lo persuade de posar para fotografías sexualmente insinuantes, está cometiendo una forma de incesto.
A nuestra definición de incesto debemos añadir para completarla, que el comportamiento tiene que mantenerse en secreto. Un padre que abra/a y I afectuosamente a su hijo no está haciendo algo que haya que mantener en secreto. De hecho, estas formas de contacto son esenciales para el bienestar emocional de un niño, pero si el padre acaricia los genitales de su hijo, o hace que el niño se los acaricie a él, eso sí debe ser secreto: se trata de una relación incestuosa.
Hay además varios comportamientos mucho más sutiles, que yo llamo incesto psicológico. Las víctimas de este último tal vez no hayan sido tocadas ni agredidas sexualmente, pero han tenido la vivencia de una invasión de su intimidad y su seguridad. Me refiero a actos de invasión como pueden serlo espiar a un niño mientras se viste o se baña, o dirigirte repetidos comentarios seductores o sexualmente explícitos. Aunque ninguno de estos comportamientos se ajuste a la definición literal del incesto, es frecuente que las víctimas se sientan vio¬ladas, y que sufran muchos de los síntomas psicológicos que presentan las víctimas de un incesto consumado.



LOS MITOS DEL INCESTO

Cuando inicié mis esfuerzos por movilizar la atención pública sobre las proporciones epidémicas del incesto, me encontré con una resistencia tremenda. En el incesto hay algo especialmente feo y repulsivo, y a muchas personas incluso les cuesta reconocer su existencia,
en los últimos diez años, la negación ha empezado a ceder ante una abrumadora cantidad de pruebas, y se ha llegado a analizar públicamente, aunque todavía no de manera franca y abierta, el tema del incesto. Pero persiste otro obstáculo: los mitos del incesto, que durante
mucho tiempo han sido artículos de fe, imposibles de cuestionar en nuestra conciencia colectiva. Pero en ellos no hay verdad ni jamás la hubo.
Mito: El incesto se reduce a casos excepcionales. 
Realidad: Todos los estudios y datos responsables, entre ellos los provenientes del Departamento de Servicios Humanos de los Estados Unidos, demuestran que, antes de los dieciocho años, por lo menos uno de cada diez niños sufre los avances sexuales de un miembro de la familia, en quien tiene confianza. Sólo a comienzos de la década de los ochenta se comenzó a advertir en los Estados Unidos hasta qué punto el incesto alcanza caracteres de epidemia. Antes de esa época, la mayoría de las personas creían que se producía en no más de una de cada cien mil familias.
Mito: El incesto sólo se da en las familias pobres y sin educación o en comunidades aisladas y sumidas en el atraso.
Realidad: El incesto es implacablemente democrático y se da en todos los niveles socioeconómicos. Puede ocurrir tan fácilmente en la familia del lector como en la aldea rural más aislada.

Mito: Quienes cometen este tipo de agresión son pervertidos sociales y sexuales.
Realidad: El agresor incestuoso típico puede ser cualquiera. No le caracteriza un denominador o perfil común. Estas personas suelen ser hombres y mujeres aparentemente «promedio»: trabajadores, respetables y religiosos. He visto entre estos agresores a funcionarios policiales, maestros, poderosos industriales, damas de sociedad, albañiles, médicos, alcohólicos y pastores protestantes. Los rasgos que todos ellos tienen en común son más bien psicológicos que sociales, culturales, raciales o económicos.
Mito: El incesto es una reacción a una situación de privación sexual.

Realidad: La mayoría de los agresores llevan una vida sexual activa en su matrimonio, y con frecuencia tienen también relaciones extra conyugales. Se orientan hacia los niños por la sensación de poder y control que ello les da o bien por el amor incondicional y no amenazante que sólo los niños pueden ofrecer. Aunque estas otras necesidades e impulsos acaben sexual izándose, es raro que la motivación sea la privación sexual.


Mito: Los niños, y en especial las niñas adolescentes, son seductores, y por lo menos parcialmente responsa¬bles de la agresión.
Realidad: La mayoría de los niños ponen a prueba sus sentimientos e impulsos sexuales, con ánimo exploratorio, con las personas por quienes sienten afecto. Las niñitas flirtean con el padre y los niñitos con la madre. Algunas adolescentes son francamente provocativas. Sin embargo, ejercer un control adecuado en tales situaciones y no llegar a una actuación de sus propios impulsos es siempre una responsabilidad que corresponde en un cien por ciento al adulto.

Mito: La mayoría de las historias de incesto no son verdad. Realmente son fantasías derivadas de la propia ansiedad sexual del niño.

Realidad: Este mito fue creado por Sigmund Freud y desde comienzos de siglo ha impregnado la enseñanza y el ejercicio de la psiquiatría. En su práctica psicoanalítica, Freud recibió tantos informes de incesto de Lis hijas de respetables familias vienesas de clase media, que, sin fundamento alguno, decidió que todos los casos no podían ser verdad. Para explicar su frecuencia, llegó a la conclusión de que los hechos sucedían principalmente en la imaginación de sus pacientes. El resultado del error de Freud es que a miles, o quizá a millones de víctimas del incesto se les ha negado, y en algunos casos se les sigue negando, la validación y el apoyo que necesitan, incluso cuando consiguen reunir el valor suficiente para buscar ayuda profesional.

Mio: Es más frecuente que los niños sufran la agresión de extraños que de alguien a quien conocen. 


Realidad: La mayoría de los crímenes sexuales cometidos contra niños son perpetrados por miembros de la familia, en quienes la víctima confía.



UNA FAMILIA TAN AGRADABLE…

Lo mismo que sucedía en el caso de los agresores físicos, la mayoría de las familias incestuosas parecen normales al resto del mundo. Incluso puede que los padres ocupen cargos importantes en la iglesia o en la comunidad, y que sean bien conocidos por sus riguro¬sos patrones morales. Es pasmosa la forma en que pue¬de cambiar la gente cuando está protegida por una puerta cerrada con llave.
Tracy, de treinta y ocho años, es una mujer esbelta, de pelo y ojos castaños, dueña de una pequeña librería en un suburbio de Los Ángeles, y provenía de una de ¬esas «familias normales».

Nos parecíamos a todo el mundo. Mi padre era vendedor de seguros y mi madre, secretaria ejecutiva. Todos los domingos íbamos a la iglesia, y salíamos e vacaciones todos los veranos. Realmente, la gente más normal e Rockwell…, salvo que cuando tenía más o menos diez años, mi padre empezó a tratar de rozarse contra mi cuerpo y oprimirme. Algo así como un año después, lo sorprendí espiándome mientras me vestía, a través de un agujero que había taladrado en la pared de mi dormitorio. Cuando empecé a desarrollarme solía acercárseme desde atrás para cogerme los pechos. Después empezó a ofrecerme dinero para que me acostara en el suelo sin ropa…, para que él me mirase. Yo me sentía realmente sucia, pero me daba miedo decirle que no. No quería avergonzarlo. Después, un día me llevó la mano hasta apoyársela sobre el pene. ¡Me asusté tanto…! Cuando empezó a acariciarme los genitales, como no sabía qué hacer, lo dejé hacerme lo que él quería.
A los ojos del mundo, el padre de Tracy era un típico padre de familia de clase media, y esa imagen aumentaba la confusión de la niña. La mayoría de las familias incestuosas mantienen durante años esa facha¬da de normalidad; a veces, durante toda la vida.
Liz, una rubia de ojos azules y aspecto atlético que trabaja en la edición de cintas de vídeo, constituye un ejemplo especialmente trágico de la escisión entre apa¬riencia externa y realidad:
Todo era como muy irreal. Mi padrastro era un ministro protestante muy popular, en una con¬gregación muy grande, y la gente que venía los domingos a la iglesia lo adoraba. Yo recuerdo haber estado sentada en la iglesia, escuchándole un sermón sobre el pecado mortal, y deseando poder gritar que aquel hombre era un hipócrita. ¡Quería levantarme para dar testimonio ante la iglesia entera de que aquel maravilloso hombre de Dios se estaba follando a su hijastra de trece años!
Liz, lo mismo que Tracy, provenía de una familia que en apariencia era un modelo. Sus vecinos se ha¬brían quedado atónitos si hubieran sabido lo que estaba haciendo su pastor. Pero no era excepcional el hecho de que aquel hombre tuviera ascendente moral y autoridad, y de que confiaran en él. Una carrera prestigiosa o un título universitario no sirven para nada cuando se trata de controlar impulsos incestuosos.

¿CÓMO ES POSIBLE QUE HAYA SUCEDIDO ESTO?

Abundan las teorías contradictorias sobre el clima familiar y el rol que les cabe a los demás miembros de la familia. Según mi experiencia, sin embargo, hay un factor que nunca falta: el incesto no se produce jamás en las familias abiertas y comunicativas, donde el amor se da sin restricciones.
Aparece, en cambio, en aquellas en donde hay mucho aislamiento emocional, secretos, necesidad afectiva, estrés y falta de respeto. En muchos sentidos, se puede considerar que el incesto es parte de un derrum-be total de la familia, pero quien comete la violencia sexual es el agresor, y solamente el agresor. Tracy des¬cribió la situación en su casa.
Jamás hablábamos de cómo me sentía yo. Si algo me molestaba, me limitaba a tragármelo. Recuerdo que, de pequeña, mamá me tenía en brazos y me mecía, pero jamás vi que a mi madre y a mi padre les uniera ningún afecto. Hacíamos cosas juntos, como una familia, pero no existía verdadera intimidad. Creo que eso era lo que bus¬caba mi padre. A veces me preguntaba si podía besarme, y yo le decía que no quería. Entonces me lo rogaba y me decía que no me haría daño, que solamente quería estar cerca de mí.
A Tracy no se le había ocurrido que, si el padre se sentía solo y frustrado, tenía otras alternativas aparte de molestar a su hija. Como muchos agresores, el padre de Tracy buscaba la solución dentro de la familia, en su hija, en un intento de compensar las frustraciones que experimentaba. Esta forma desviada de usar a un niño para atender a las necesidades emocionales de un adulto puede llegar a fácilmente a sexualizarse si el adulto no es capaz de controlar sus impulsos.

LOS MÚLTIPLES ROSTROS DE LA COERCIÓN

Es tremenda la importancia de la coerción psicológica en la relación padre/madre-hijo. El padre De Tracy no necesitaba forzar a su hija para tener acceso a una relación sexual con ella.
Yo habría hecho cualquier cosa para hacerlo feliz. Me sentía aterrorizada cuando me hacía todo aquello, pero por lo menos nunca se puso violento conmigo.
Las víctimas como Tracy, que no se han visto some¬tidas a coerción física, suelen subestimar el daño que han sufrido porque no se dan cuenta de que la violencia emocional es tan destructiva como la física. Los niños son afectuosos y confiados por naturaleza; es decir, blancos fáciles para un adulto apurado e irresponsable. La vulnerabilidad emocional de un niño es, por lo ge¬neral, el único recurso de que necesitan echar mano algunos agresores incestuosos.
Otros refuerzan su ventaja psicológica con amenazas de daño corporal, humillación pública o abandono. Una de mis clientas tenía siete años cuando su padre le dijo que la daría en adopción si no se avenía a sus de¬mandas sexuales. Para una niña pequeña, la amenaza de no volver a ver su familia ni a sus amigos fue lo suficientemente aterradora como para persuadirla a hacer cualquier cosa.
Los agresores incestuosos también se valen de amenazas para asegurarse el silencio de sus víctimas. Entre las más comunes se cuentan:

• «Si lo cuentas, te mataré.»
• «Si lo cuentas, te azotaré.»
• «Si lo cuentas, mamá se pondrá enferma.»
• «Si lo cuentas, la gente pensará que estás loca.»
• «Aunque lo cuentes, nadie va a creerte.»
• «Si lo cuentas, mamá se pondrá furiosa con nosotros.»
• «Si lo cuentas, ya no te querré nunca más en la vida.»
• «Si lo cuentas, a mí me meterán en la cárcel y no habrá nadie que pueda mantener a la familia.»
Este tipo de amenazas constituyen un chantaje emocional que saca partido de la vulnerabilidad y el miedo condicionados por la inocencia de la víctima.

Además de las coerciones psicológicas, muchos agresores recurren a la violencia física para obligar a sus hijos a someterse al incesto. Aparte el abuso sexual, es raro que las víctimas del incesto sean niños favoreci¬dos. Quizá unos pocos reciban dinero o regalos o un trato especial como parte de la coerción, pero la mayo¬ría son objeto no sólo de malos tratos emocionales, sino con frecuencia también físicos.
Liz recuerda lo que sucedió cuando intentó resistir¬se a su padrastro, el ministro protestante:


Cuando estaba a punto de terminar la escue¬la primaria, me sentí valiente y le dije que había decidido que él tenía que dejar cíe venir a mi habitación por las noches. Se puso furioso y empezó a estrangularme, y después empezó .1 vociferar que Dios no quería que yo tomara ñus propias decisiones. El Señor quería que él decidiera por mí, como si Dios realmente quisiera que él tuviera relaciones sexuales conmigo o algo así. Para cuando dejé) cíe apretarme el cuello, yo apenas podía respirar, y estaba tan asustada que dejé que me hiciera tocio lo que quiso.

POR QUÉ NO HABLAN LOS NIÑOS

El noventa por ciento de las víctimas de incesto jamás le dicen a nadie lo que les ha sucedido, lo que les está sucediendo. Permanecen en silencio no sólo porque que tienen miedo de que les hagan daño, sino en buena medida porque temen que la familia se desintegre si ellos denuncian el comportamiento de uno de los progenitores. El incesto puede ser aterrador, pero peor es la idea de ser responsable de la destrucción de la familia. La lealtad familiar constituye una fuerza increíblemente poderosa en la vida de la mayoría de los niños por más corrompida que pueda estar la familia
Connie, una dinámica pelirroja de treinta y seis años, encargada de la sección de créditos de un gran banco, fue la clásica hija leal, cuyo miedo de hacer daño a su padre y perder el amor de él era más poderoso que cualquier deseo de pedir ayuda para sí misma.
Retrospectivamente, veo que él hacía de mí lo que quería. Me dijo que si yo decía algo de lo que hacíamos se acabaría la familia, que mi madre lo echaría y yo me quedaría sin papá, que me darían en adopción y todos en la familia me odiarían.
En los raros casos en que el incesto se descubre, es muy frecuente que la unidad cíe la familia se haga trizas. Sea por el divorcio u otros procedimientos lega¬les que apartan al menor del hogar, o por el intenso estrés que provoca la hostilidad pública, muchas familias no logran sobrevivir a este descubrimiento. Pero, aunque la desintegración de la familia bien puede favorecer el mejor interés del niño, éste se siente invariablemente responsable de tal destrucción, lo cual suma un peso enorme a una carga emocional ya de suyo abrumadora.


LA FALTA DE CREDIBILIDAD

Los niños que son víctimas de abusos sexuales se dan cuenta precozmente de que su credibilidad no es nada en comparación con la de sus agresores. No importa que el padre o la madre sea alcohólico, desempleado crónico o propenso a la violencia; en nuestra sociedad un adulto es casi siempre más creíble que un niño. Y si el progenitor ha alcanzado cierta medida de éxito en la vida, esta brecha en la credibilidad se convierte en abismo.
Dan es un ingeniero aeroespacial de cuarenta y cinco años, que desde los cinco hasta que se fue de casa para ingresar en la universidad fue víctima de los abusos sexuales del padre:
Desde pequeño, supe que jamás podría contar a nadie lo que me hacía mi padre. A mi madre él la tenía totalmente dominada, y yo estaba seguro de que no me creería ni en un millón de años. Era un importante hombre de negocios y conocía a toda la gente que había que conocer. Imagínese usted que yo tratara de con¬seguir que alguien creyera que casi todas las noches aquel monstruo sagrado se llevaba a su hijo de seis años al cuarto de baño para que se la chupara. ¿Quién iba a creerme? Todos habrían pensado que yo estaba tratando de crear proble¬mas a mi padre o algo así. No podría ganar nada con eso.
Dan se encontraba en una trampa terrible. No sólo era una víctima sexual, sino que lo era del progenitor de su mismo sexo, y eso no sólo aumentaba su vergüenza, sino su convicción de que nadie le creería.
El incesto entre padre e hijo es mucho más común de lo que cree la mayoría de la gente. Por lo general, lo perpetran padres que parecen heterosexuales, pero que probablemente tienen fuertes impulsos homosexuales y, en vez de admitir sus verdaderos sentimientos, intentan reprimir su homosexualidad casándose y teniendo hijos. Al no canalizar su verdadera preferencia sexual, sus impulsos reprimidos siguen creciendo hasta que terminan por derribar sus defensas.
Las agresiones sexuales del padre de Dan se iniciaron hace cuarenta años, cuando tanto el incesto como la homosexualidad estaban siniestramente envueltos ¬en mitos e ideas erróneas. Como la mayoría de las víctimas del incesto, Dan percibía la inutilidad desesperada del intento de buscar ayuda, porque parecía ridículo que un hombre de la posición social de su padre pudiera cometer semejante crimen. Por más daño que estén haciendo a sus hijos, los padres tienen el monopolio del poder y de la credibilidad.



«¡ME SIENTO TAN SUCIO!»

No hay vergüenza como la que padece la vícti¬ma del incesto. Hasta las víctimas más jóvenes saben que el incesto debe mantenerse en secreto. No importa que les digan o no que guarden silencio; los niños per¬ciben el carácter prohibido y vergonzoso de la acción en el comportamiento del agresor. Aun cuando sean demasiado pequeños para entender la sexualidad, saben que los están violando y se sienten sucios.
También las víctimas del incesto interiorizan la culpa, lo mismo que los niños que son objeto de agre¬siones verbales y físicas, pero en el incesto a la culpa se le suma la vergüenza. La convicción de que «todo es culpa mía» jamás es más intensa que en la víctima del incesto, y esta creencia alimenta fuertes sentimientos de autoaborrecimiento y vergüenza. Además de tener que hacer frente como mejor pueda al hecho real del incesto, la víctima debe cuidarse de que no la descubran y la denuncien como una persona «sucia y repugnante».
A Liz le aterraba la posibilidad de que la descubrieran.
Aunque sólo tenía diez años, me sentía la peor de las prostitutas. Realmente habría queri¬do denunciar a mi padrastro, pero tenía miedo de que todos, incluida mi madre, me odiaran si lo hacía. Sabía que todo el mundo pensaría que era mala, y aunque en realidad yo misma me despreciaba, no podía soportar la idea de que se me considerara culpable. Por eso me lo tragaba todo.

Para quien lo ve desde fuera, es difícil entender porque una niña de diez años a quien su padrastro obliga a mantener relaciones sexuales con él puede sentirse culpable. La respuesta, naturalmente, está en la renuncia de la niña a aceptar la maldad en alguien en quien ella confía. Alguien ha de tener la culpa de esos actos ver¬gonzosos, humillantes y aterradores, y como no puede ser el padre, tiene que ser la propia niña.
Los sentimientos de ser malo y responsable y de estar sucio, crean en las víctimas del incesto un tre¬mendo aislamiento psicológico. Se trata de niños que se sienten totalmente solos, tanto en el seno de la fami¬lia como en el mundo exterior. Les parece que nadie creerá su horrible secreto, y sin embargo ese secreto oscurece su vida hasta el punto de que, con frecuencia, les impide incluso tener amigos. A su vez, es probable que su mismo aislamiento los fuerce a refugiarse en el agresor, a menudo la fuente de las únicas atenciones que reciben, por más perversas que sean.
Si la víctima obtiene algún placer del incesto, sólo sirve para intensificar su vergüenza. Algunos adultos que han sido víctimas de él recuerdan haberse excitado sexualmente, pese a la confusión o a la vergüenza que les provocaban aquellos episodios, y para ellos es incluso más difícil desprenderse más adelante de su sentimiento de responsabilidad. Tracy incluso tenía orgasmos:

Yo sabía que aquello estaba mal, pero la sensación era grata. Aunque él fuera un verdadero hijo de puta por hacérmelo, yo soy tan culpable como él porque me gustaba.
Aunque había oído otras veces la misma historia me partió el corazón, y le dije lo que había dicho antes a otras personas:
No hay nada malo en que el estímulo te gustara. Tu cuerpo está biológicamente programado para que te agraden esas sensaciones. Pero el hecho de que tú experimentaras placer no le eximía a él en lo más mínimo de su responsabilidad, ni significa que tú fueras culpable: seguías siendo su víctima. Controlarse era responsabilidad de él, en cuanto a adulto, con independencia de lo que sintieras tú.
Hay otra culpa que, típicamente, se atribuyen mu¬chas víctimas del incesto: separar al padre de la madre. Cuando el incesto se ha dado entre padre e hija, las víctimas suelen reconocer que se sintieron como «la otra», y naturalmente eso hace que incluso les resulte más difícil buscar ayuda en su madre, la única persona a quien podrían haber recurrido. En cambio, la sensa¬ción de estar traicionando a mamá era un nuevo motivo de culpa.



Tomado de Padres que Odian [Toxica Parents] de Susan Forward y Craig Buck.

traducción: CONY DIAZ.

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