lunes, 13 de junio de 2011

La raíz de la violencia

Lorna Norori*

Opinión

A propósito de la situación generada por el adolescente que asesinó a un joven estudiante universitario, quiero compartir con ustedes algunas ideas sobre la creciente violencia en Nicaragua, invitándoles a reflexionar desde una visión más inclusiva de la situación de violencia que vive la niñez y la adolescencia.


El abuso sexual es un horror que viven niñas, niños y adolescentes cotidianamente. Los daños que genera pueden marcar la vida de una persona para siempre; muchas mujeres jóvenes y adultas acuden a la consulta y refieren sentir que están “muertas en vida”; también las sobrevivientes recurren regularmente al intento suicida –yo le llamo la puerta falsa-, como una alternativa para terminar con una vida que consideran totalmente sin valor alguno, cuando se encuentran desesperanzadas y solas en su dolor.

Por eso, considero que quien provoca estos daños debe ser condenado, sea quien sea. Cuando me han preguntado si creo que un abusador sexual puede cambiar y dejar de ser abusador, si puede ser rehabilitado para no abusar más.

Mi respuesta, cuando se trata de hombres jóvenes y adultos, -es decir mayores de 18 años- es que no. Porque no es un enfermo, porque no se le “metió el demonio”, no es por estar ebrio o drogado que lo hace. Lo hace como una expresión de su poder, sobre alguien a quien domina y somete; comete un delito y lo que hay que hacer es procesarlo judicialmente.

Los daños son los mismos cuando el abuso es cometido por un adolescente, por lo tanto, también deben pagar por su delito. La diferencia en este aspecto es que debemos considerar en los adolescentes abusadores las alternativas de recomposición personal, para su reinserción social. Esto significa que debemos considerar la posibilidad de generar cambios en ellos, para que no vuelva a cometer el abuso.

Eso es lo que establece el Código de la Niñez y la Adolescencia, y debemos considerarlo una alternativa viable, en tanto el Estado, la familia, la sociedad entera, asuma la responsabilidad que le compete con niñas, niños y adolescentes.


Yo me he preguntado desde hace rato, qué pasa con los adolescentes que en sus horas de clases son llevados a un estadio virtual para ver un juego de fútbol, qué pasa con las/os adolescentes que son llevados a un plantón o a una marcha para agredir a otras personas, para manchar paredes, para dañar la propiedad privada, para restringir la libertad de movilización de otras personas.

Con mucha tristeza pienso que los valores que se están transmitiendo a nuestras/os adolescentes desde las instancias de poder, están precisamente basados en el uso del poder de dominio, se les está diciendo que tienen permiso para violentar.

Qué pasa en la familia, cuando a las niñas, niños y adolescentes se les asume como seres de segunda categoría y se les desvaloriza, se les grita, ofende, denigra y maltrata físicamente. Qué aprendizaje esperamos que tengan las niñas, niños y adolescentes, si el lenguaje en que se les habla es el de la violencia; si lo importante no es resolver los problemas y conflictos, sino crearlos y dominar.

Antes de pensar en una reforma al Código de la Niñez y Adolescencia, debemos reflexionar sobre esto con responsabilidad. No podemos recurrir nada más a la salida más sencilla de reformar el Código y aumentar las penas, porque igual puede ser muy peligrosa; después de las condiciones que se han venido generando para las/os adolescentes, como ya apunté más arriba.

Cada quien tiene uno/a responsabilidad con las niñas, niños y adolescentes. El Estado en particular deberá revisar su actuación, así como los resultados de la misma. La familia tiene un papel fundamental en esto.

Quiero cerrar mi reflexión con un texto de Alice Miller:

“Cada niño viene al mundo para expandirse, desarrollarse, amar, expresar sus necesidades y sus sentimientos. Para poder desarrollarse, el niño necesita el respeto y la protección de los adultos, tomándolo en serio, amándolo y ayudándolo a orientarse. Cuando explotamos al niño para satisfacer nuestras necesidades de adulto, cuando le pegamos, castigamos, manipulamos, descuidamos, abusamos de él, o lo engañamos, sin que jamás ningún testigo intervenga en su favor, su integridad sufrirá de una herida incurable.

Los niños, cuya integridad no ha sido dañada por las/os adultas/os, que han obtenido de sus padres la protección, el respeto y la sinceridad necesaria, se convertirán en adolescentes y adultos inteligentes, sensibles, comprensivos y abiertos. Amarán la vida y no tendrán necesidad de ir en contra de los otros, ni de ellos mismos, menos aún de suicidarse. Utilizarán su fuerza únicamente para defenderse. Protegerán y respetarán naturalmente a los más débiles, y por consecuencia a sus propios hijos, porque habrán conocido ellos mismos la experiencia de este respeto y protección y será este recuerdo y no el de la crueldad el que estará grabado en ellos”.

La reflexión está abierta. El Código de la Niñez y la Adolescencia no es el punto a debatir, sino la educación violenta. El consenso debe llevarnos a encontrar alternativas para cambiar esos comportamientos.

*Movimiento Contra el Abuso mailto:hablemosde.abusosexual@gmail.com
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