martes, 26 de julio de 2011

Infancia robada.

El abuso sexual en la infancia es un fenómeno casi invisible porque se supone que los niños son felices, que la familia y los adultos de confianza son protectores y que el sexo no existe. Pero todo esto es mucho suponer. El abuso sexual no aparece solo en situaciones de marginación y pobreza; en realidad, es la forma de maltrato más homogéneamente repartida en todas las clases sociales. El abuso sexual grave puede llegar a afectar a un 4%-8% de los menores, lo que supone un problema social importante y que afecta a ambos sexos (especialmente a niñas).


En la mayor parte de los casos no es cometido por el hombre del saco, sino por familiares o personas relacionadas con la víctima. En estos casos los abusadores dan salida a un problema de insatisfacción o de adicción sexual por medio de los menores sobre los que ejercen una mayor influencia.

Los menores más vulnerables son los más pequeños, los que muestran retrasos del desarrollo y los que tienen carencias afectivas graves en la familia.


Las conductas de abuso son difíciles de detectar porque no suelen dejar huellas físicas y porque las víctimas se resisten a revelarlo, bien por el temor a no ser creídas, bien por el miedo a destrozar la familia o a las represalias del abusador. De ahí que el abuso sexual pueda salir a la luz de una forma accidental cuando la víctima decide contar lo ocurrido -a veces a otros niños o a un profesor- o cuando se descubre una conducta sexual casualmente por un familiar, vecino o amigo. Otras veces son los cambios bruscos de conducta o los indicadores sexuales (por ejemplo, una sexualización precoz o un sentido del pudor excesivo sobrevenido recientemente) los que pueden alertar sobre la existencia de un abuso sexual. En general, el descubrimiento del abuso suele tener lugar bastante tiempo después de los primeros incidentes.

A corto plazo más del 80% de las víctimas sufren reacciones psicológicas negativas. La gravedad depende de la frecuencia y la intensidad del abuso, así como de los recursos psicológicos del menor. La interferencia emocional es más profunda cuando el abuso es continuado, hay penetración y es ejercido por un miembro directo de la familia. En general, las niñas tienden a presentar reacciones ansioso-depresivas; los niños, fracaso escolar y dificultades de socialización, así como comportamientos sexuales agresivos.


Respecto a la edad, los menores muy pequeños pueden no ser conscientes y tener dificultades para verbalizar lo ocurrido, lo que puede explicar la paradoja del cariño mostrado al adulto por el menor. En los niños un poco mayores son más frecuentes los sentimientos de culpa y de vergüenza. Y el abuso sexual presenta una especial gravedad en la adolescencia porque el abusador puede intentar el coito y el adolescente toma conciencia del alcance de lo que ocurre. Así, la víctima puede sentirse sucia y adoptar conductas como huidas de casa, consumo abusivo de alcohol y drogas, promiscuidad sexual e incluso intentos de suicidio.

Las secuelas emocionales a largo plazo son menos frecuentes y más difusas que los efectos iniciales, pero, a modo de cicatriz psicológica, pueden afectar al 30% de las víctimas. En estos casos las víctimas adultas no pueden sentir ni disfrutar, como si no tuvieran derecho a la ilusión, al amor y al sexo.

Sin embargo, no todas las personas reaccionan de igual manera. El equilibrio emocional de la víctima, dar crédito al testimonio del menor y el apoyo psicológico de la familia y de los amigos son factores protectores. Por el contrario, cuanto más crónico e intenso es el abuso y más próximo emocionalmente es el agresor, mayor es el desarrollo de un sentimiento de indefensión y de vulnerabilidad.


Pero hay un mensaje de esperanza porque, afortunadamente, hay vida después de un suceso traumático. Hay menores que, aun habiendo sido abusados sexualmente en la infancia, son capaces de llevar una vida ilusionante de mayores. La clave es detectar de forma temprana el abuso, interrumpirlo de inmediato y arropar psicológicamente a la víctima, así como tomar las decisiones adecuadas según los casos: el tratamiento de la víctima, la salida del agresor del hogar, el apoyo social a la familia y la terapia del abusador.

Susana Balao

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