miércoles, 3 de agosto de 2011

MI EXPERIENCIA DEL PERDÓN.

Una mañana desperté angustiada y asustada, sumida en mi rincón favorito viendo la vida pasar a través del cristal. Me sentía diminuta, aterrada y quise preguntar a mi corazón si más a mi pesar, algo podía cambiar. Los años habían pasado haciendo estragos por mi cuerpo, mis ojos desquebrajados miraban el vacío colgados del suspiro de la eterna soledad.

En mis divagaciones ,tenebrosa, proseguía la lucha conmigo misma por despertar del letargo que me mantenía ausente, me sentía culpable por sentir sentimientos que me borraban la dulzura, sentía rencor y culpa que me inundaban de melancolía.

Una infancia rota quedó enterrada en la indiferencia, se había perdido la inocencia...
Mi corazón me escuchó y quiso hablarme desde la razón más latente. Me preguntó si sabía que era el perdón y contesté:
-La palabra perdón significa pasar, cruzar, una palabra tan sencilla pero tan difícil de lograr.pero tengo mis dudas...

Así reflexionaba y en alto expresaba mis cuestiones desde los adentros de mis temores, ¿es el perdón una actitud para enfrentar?, ¿Es la paz adquirida al renunciar al sentirnos enojados?, ¿es el camino a nuestra cura para controlar lo que sentimos y mejorar así la salud física y mental?, ¿significa olvidarnos de algo doloroso que sucedió?, ¿es justificar u olvidar un comportamiento?, ¿es elegir, ignorar, borrar...?.

Me cubrí de dudas, era una pregunta extensa, pero le dije a mi corazón lo que sentía en ese momento mientras me escuchaba atónito.
-No poder perdonar es no saber amar, poseer un alma esclava del pasado que se condena en la tormenta de sus días durmiendo en el rencor, absorbida por el dolor y culpabilidad, cubierta por la sed de venganza que sólo envilece y consume.

Y mi corazón no evitó contestarme, aún lo recuerdo como en aquel entonces, cuándo me decía que pensara, que el perdón era una expresión de amor, que rompe las ataduras de la tortura, que amargan el alma y pudren el cuerpo.

Me emociono al recordar que proseguía diciéndome que perdonar no era olvidar, no era injusto, no era aceptar lo ocurrido ni resignarme.

Me discutía narrando que perdonar no significaba que aprobara los hechos ni quitarme mi razón de sentirte mal, de estar hundida y enojada, no era reconciliarme con el causante de mi padecer, era perdón únicamente para mi.
Partiendo de un simple perdón personal, para mí, sólo para mí, para liberar mi alma, pero perdonar usándole a él, a mi corazón.
Reflexionaba y rebatía sus intentos, con un suave y débil hilo de voz. Avanzaba mi tormento replicándole que nada cambiaría lo ocurrido, que me sentía atada al suceso desde mi más profundo resentimiento.

Mi corazón me repetía una y otra vez que debía entender que perdonar se ejecuta sin esperar nada, Sin expectativas, no debía esperar que el culpable enmiende el error porque eso nada lo cambiará, esperaría en vano.

Me recalcaba que sumergida y anclada al problema me hallaba mientras el EGO dominaba mi vida, quería tal vez castigar lo vivido y el pasado no puede ser cambiado, no se puede resarcir ni esperar disculpa. Comprendía mi tristeza y desolación pero el perdón es una declaración que debía renovar a diario.
En esos momentos no esperaba disculpa, eso no cambiaba los hechos ni me daría alivio, sólo sentía sed de venganza mal enfocada. Debía buscar un perdón para mí, por no ser las cosas como quería o esperaba o perdón por sentirme avergonzada de lo que acaeció.

Dentro de la cruel amargura reaccionaba, mientras él sorprendido continuaba su discurso tan realista que me daba la mejor lección de vida. La experiencia del perdón sin mirar lo negativo de lo que me tocó vivir sino mirando más allá del infierno.

Miraba la vida desde mi cristal, sopesando lo acontecido, mientras me desahogaba recordando lo mucho que había llorado, luchando por seguir a la par que deseaba huir. Me sentía como aquel peregrino que recorre su camino sin más mapa que su instinto. No hay consuelo ni sustento que alivie el tormento. Me faltaba el aire anhelaba el calor, quería liberarme y romper mi mortaja.

Buscaba desaparecer mi culpabilidad, sembrar serenidad, no torturar mi existir y poder seguir, arrebatando el miedo y convirtiéndolo en algo bueno, con aliento para afrontarlo y fuerzas para sobrellevarlo.

Recurrí a la esperanza para soportar esos duros momentos y no ahogarme en mis lamentos,
solicité auxilio como donante para vivir, como bálsamo para sanar mis heridas y aliento para sobrellevar y no desistir el duro día.
A la esperanza, para que inspirara mis días, que llenara mi vida de pureza y constancia para no perder el equilibrio, como si de un puente se tratase entre yo y la felicidad, para no tambalear

Quería acabar con el invierno permanente y sacar el sol ardiente que permanecía inerte, cuan ilusionada esperaba, su fervor y valor ante el miedo.

Grité al mundo que deseaba oír, no quería saber, ni sentir. El frío recorrió mi cuerpo y me dio de beber, los minutos se hacían eternos y no pedía salir.

Contenía mi latir, nadie oía, nadie sabía, quería desistir, quería salir, quería respirar ver la claridad, sentir el aliento del miedo, el crespar del vació y temblaba.

La oscuridad secó mis lágrimas, del descontento, me enseñó la salida, las razones, arrancó el silencio de los corazones, devolviendo la luz y el calor de las emociones.
Esa noche, en el silencio oí un sollozo caer, el álgido sopor de mi cuerpo se apoderó sin querer, inerte mi suspiro retumbó en la dura tiniebla al callar.

Me sentí como una humilde mariposa de la noche que desea volar, que ve la luz del día, la pálida tarde y la fría noche divagar. En los sueños podrá revolotear cubierta de sosiego, si mis pavores decidía olvidar en el desafío ciego. Espolear los designios del camino y recobrar aliento, que se esfumara mi condena, dejar soñar al sentimiento. Así encontré mi perdón arrancando la culpabilidad y quedando el manifiesto presente de una sobreviviente.
 
NERY.
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