viernes, 2 de septiembre de 2011

El país de las luces rojas.


Fue en 1994 y era invierno. Lo recuerdo bien porque llegué a la casa de Ernesto Sabato con las manos ateridas, y él las sostuvo largamente entre las suyas para reconfortarme.
En esa ocasión, yo lo visitaba por un motivo especial: una conferencia latinoamericana sobre la vida de los niños de nuestro continente. Los organizadores aspirábamos a que fuese uno de los oradores magistrales, cosa que aceptó, aunque a última hora no pudo asistir.
"Si vamos a hablar con la verdad, Silvia, se le va a helar también el corazón y ya no podré ayudarla", me dijo.
Así fue: el corazón se me iba helando a medida que Sabato me refería, con su voz peculiar, el creciente ejercicio de la prostitución infantil en el norte argentino.
Han pasado 17 años, y hoy recupero instantes de nuestro diálogo, parecidos a relámpagos que descargan en mi memoria una luz que, si bien lacerante, me ayuda a reconocer el camino entre las brumas de nuestra actual desorientación.
Sabato me miró fijamente cuando dijo: "Es tan cruel que hasta duele ponerlo en palabras".
Es que hablábamos de niños, y de lo que nos dolía en la carne: los niños de nuestro país. Nuestros niños. Me paralizó un sentimiento de impotencia. "¿Cómo hemos llegado a esto?", pregunté torpemente.
"No se equivoque -repuso-, no hemos llegado todavía. Es sólo el comienzo de algo que crecerá, porque a nadie le importa. Llegaremos a ser destino de turismo de sexo infantil. El Noroeste y la Mesopotamia son ruta de tráfico y proveeduría de niñas."
"¿Qué podemos hacer nosotros?", pregunté.

El autor de Sobre héroes y tumbas reflexionó con hondura y, con gesto atormentado, respondió: "Un escritor, un periodista, un intelectual, sólo puede escribir, alertar, hablar. Pero es necesario que del otro lado esté el que lea, escuche y se haga eco. Se precisa del interlocutor sensible, y es lo que falta. El Estado está ausente y la sociedad, cada vez más entregada a la estupidez. Los políticos se ocupan de lo inmediato y redituable, y los niños no votan".
La prostitución infantil cuenta con dos aliados de hierro: la pobreza y la indiferencia. Y, por supuesto, con lo que la mantiene vigente y próspera: los clientes. Hoy ha ganado un nuevo aliado, acaso mucho más perverso, por más sutil: la imperante y progresiva permisividad social con las iniquidades. Es así como, últimamente, nos tuteamos con la prostitución, y hasta casi simpatizamos con ella. Sonreímos ante sus picardías, nos divertimos con sus transgresiones. La elevamos a categoría de labor acreditada. Confundimos el que haya existido milenariamente con que valga intrínsecamente como práctica y modo de vida. Cometemos la falacia de equiparar su legalización con su redención.
Sorprende que, en plena era de los derechos humanos, la prostitución sea vista como una manifestación de su ejercicio y no como su violación. A tal punto nos hemos extraviado en la falta de valores. Y no hablamos aquí de la prostituta. Hablamos de la prostitución. Parafraseando el famoso adagio según el cual Dios aborrece del pecado pero ama al pecador, justo es decir que la prostituta o el prostituto mayor de edad tiene el derecho de vivir de acuerdo con lo que elija, en tanto y en cuanto no dañe a indefensos u ofenda la libertad de otros. Le cabe el derecho a ejercer la prostitución, pero no de fomentarla y publicitarla atentando contra la salud de la sociedad. Porque urge decir en voz bien alta que, por encima del derecho de quien elija ejercerla, la prostitución sigue siendo abominable.

Aquel día, Sabato comentó que el trabajador sexual debe vérsela generalmente con esa zona oscura de la sexualidad entre lo instintivo de la bestia y el bello erotismo amoroso; ese oscuro abismo desde donde acechan los deseos más depravados. Aquí es donde la prostitución alcanza a los niños. No debemos olvidar que muchas de las prostitutas adultas de hoy fueron las niñas corrompidas de ayer, ni pasar por alto el hecho de que muchas de las meretrices que abogan por sus derechos bien pueden estar reclutando niñas que satisfagan a clientes con exigencias de muslos tersos y virginidad.

No sabemos lo que encierran los burdeles que ahora se propagan como hongos por los barrios de Buenos Aires y a lo largo de las rutas del país. Días pasados, una amiga que viaja con frecuencia por el interior, me dijo estremecida que las veras de los caminos están cada vez más infestadas de lucecitas rojas. Luces rojas: la convención internacional que señala el lugar del comercio de sexo. También el color universal del peligro. ¿Cuántas niñas son torturadas en esas fosas de las satisfacciones más infames? ¿Qué dolor alojan esos infiernos?

La prostitución no ha sido jamás un ámbito de virtudes. Negocia con el crimen organizado, con la trata de personas, con el tráfico de drogas. Practica con naturalidad la esclavitud, ilegal por cierto, pero pilar básico de su actividad legalizada. Y hay un término que, por principio, no aparece en sus transacciones: amor.
Aquella fría tarde de invierno, Sabato me confesó su desesperanza. La prostitución infantil en la Argentina, lejos de encontrar su nunca más, corría el riesgo de consolidarse, porque el niño no vota y el Estado está ausente, porque la sociedad se despreocupa y se divierte con el mismo mal que la genera. Y porque el ser humano es un pozo de turbias pasiones que hoy se exhiben y se festejan con descarada liviandad. 

La autora, escritora, es directora del Capítulo Argentino del Club de Roma  
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