lunes, 5 de septiembre de 2011

TIEMPOS DIFÍCILES


Una parte de mi vida

Recuerdo cuando tenía 12 años, lo único que me estimulaba era estar en la Iglesia, concretamente participar en grupos de oración, guiados por mujeres ancianas, grupos pequeños donde me sentía libre de tensión.
Fuera de la Iglesia no encontraba paz, porque no me aceptaban en mi familia, al menos así me sentía, mis padres estaban enfocados en sus cosas y sus problemas, no había tiempo para preguntarse si yo estaba bien.
Yo me acerqué a una persona, no había una intención en mí, solo me atraían los juegos de Atari (nintendo-juegos de niños), en aquel tiempo. Esa persona me lastimó, me hizo sentirme sucio, culpable de algo que él había hecho manipulándome. Me acerqué más a la Iglesia, ya no quería hacer otra cosa, dejé de dibujar, que tanto me gustaba, pero no deje de hacer ejercicio, salía a correr, eso me ayudó.
El deseo de estar en la Iglesia, cerca de Dios, al menos así en ese tiempo lo entendía, era intenso, tanto, que terminé por entrar a un seminario para prepararme para sacerdote. Todo era perfecto, por llamarlo de alguna forma, entré al seminario con una sola y gigante carencia, problemas con el amor. No me amaba a mí mismo, no me sentía amado por mis padres, no confiaba realmente en nadie, pero cuestionaba todo en mi mente, era imposible tener un poco de paz interior, eran cansados y agotadores mis días, todo me daba miedo.
En el seminario, en la búsqueda de aliviar mi dolor, mi culpa, los sentimientos mezquinos que me consumían al sentirme sucio, me hizo acercarme a un formador, sacerdote que me condujo a una psicóloga. La ayuda fue grande, fue el inicio de mi caminar hacia mí mismo, hacia mi encuentro. Un alto precio tuve que pagar por abrirme a ese sacerdote, precio que terminé por desechar cuando me salí del seminario.
El sacerdote-formador, como se les llama oficialmente, por encaminar a los seminaristas en el proceso y educación eclesiástica, me hizo más daño que nadie, jugaba emocionalmente conmigo, me observaba y me decía frecuentemente que ya casi era normal.
Al término de cada año, antes de pasar al siguiente curso, me evaluaba, me recordaba lo mal que estaba, no encontraba nada de positivo en mi, cuestionaba de manera agresiva y sin tolerancia mi persona.
Terminé por abandonar el seminario un año antes de ordenarme sacerdote, de cualquier forma si no lo hubiera hecho yo, lo hubiera hecho él, me quería fuera del seminario, me decía que no era digno para el sacerdocio, pero me permitió caminar casi hasta el final, casi 10 años torturándome con sus críticas.
Haber estado casi una década en el seminario, en un estilo de vida, marcó mi vida, los primos años que estuve fuera del seminario, era un dolor, no me podía adaptar a nada, una mezcla de sentimientos me consumían, confusión, coraje, indignación, hasta lo aprendido en mis terapias lo había olvidado
Después de muchos años de caminar, sintiéndome solo y cometiendo grandes tropiezos que me alejaban de mí mismo, una persona llegó a mi vida, conocí el amor, lo aprendido en las terapias fluyó y lo pude poner en práctica.
Me amo, me tengo paciencia, tengo mis propios y sagrados espacios para escucharme, todo lo sucedido atrás es historia, es un terrible cuento que aún aparece en mis sueños, es difícil de definir o explicar, porque es muy confuso, es asqueroso haber confiado en personas que sistemáticamente y de manera suave, me fueron alejando de mí mismo, destruyéndome.
No soy perfecto, pero soy feliz, vivo conmigo mismo, nunca más permitiré que otros tengan las llaves de mi vida, el amor es bello, pero no sabe ni se disfruta cuando uno no empieza por amarse a uno mismo.
Existe algo que nunca deje de hacer desde que era muy pequeño, escribir, ahora acabo de publicar mi primera novela, en ella hablo del abuso sexual dentro de la Iglesia católica, que se da mucho, en ella hablo del silencio anticristiano y de la inmunidad de la que gozan muchos sacerdotes y altos jerarcas, hombres disfrazados de siervos de Dios.
Muchos de mis personajes están marcados por mis sentimientos, pero no todos, he tenido mucho que leer sobre testimonios desgarradores, situaciones que todos conocemos. Aprovecho este medio que Miguel Adame me permite, para expresar, escribir y compartir, ahora la vida es mucho más sencilla para mi, no permito que otros me definan e intenten alejarme de quien soy.
Los invito a visitar mi página web, en ella podrán tener una idea de lo que hablo, no pretendo hablar solo de mi historia, hablo de una realidad que nos ha pasado a muchos, pero no todos se atreven a gritarlo.
Ese sacerdote del seminario, no solo me lastimó a mi, lastimó a muchos amigos y compañeros, era un abusador emocional no sexual, pero de igual forma se valió de una supuesta autoridad que la Iglesia le daba para formar a los futuros sacerdotes. Muchas palabras usaba para justificarse, pero el mal que nos hizo a muchos, es claro. Yo me quejé con el obispo, pero al igual, buscando el supuesto bien de la Iglesia, me dio la espalda.
Gracias a la vida, gracias a Dios, gracias al amor, gracias a mis amigos, gracias a mi mismo, estoy fuera de ese mundo religioso, fuera de la confusión. No temo gritar mi testimonio, no me avergüenza decir quién soy, nunca más me avergonzaré de mí mismo, pero no tolero el silencio ante el abuso, mucho menos cuando es manipulado usando el nombre de Dios. 

Escrito por Juan M. Castro
Autor de la novela, "Abandonados En La Oscuridad"
http://www.abandonadosenlaoscuridad.com/
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