martes, 12 de octubre de 2010

un ejercicio de la terapia

Ha sido muy difícil crecer conociendo esta verdad asquerosa; mi padre fue un monstruo, no me amó, jamás me quiso. Lo más doloroso del abuso, no fue el abuso en sí, sino esa verdad lacerante.

Ahora, después de tantos años, en la terapia me han pedido que vea mi historia con otra mirada. Mi padre fue un ser humano que me amaba de una manera bizarra. No era la forma de amor que yo necesitaba, no era la forma de amor aceptable, pero era amor. Él, en su mundo enfermizo me amó.

Mi padre creció en una familia incestuosa, hermética: nadie de fuera podía entrar a su círculo, pero tampoco nadie podía abandonarlo. Amor para esa familia era sinónimo de poseer. Te amo, te poseo.

Mi padre me amó de tal forma que quiso que yo formara parte de ese clan.

Él era mi padre, pero yo tenía otra familia. La familia materna. Una familia estructurada, sana (en la medida de lo posible) que me permitió tener un referente del amor. Él me quiso poseer porque para él esa era la expresión del amor. Para mí, hubiera sido mayor expresión de amor que me matara antes que me obligara a vivir con esta verdad. Me hizo mucho daño. Me lastimó en lo más profundo del alma, del cuerpo, de la mente.

Ahora tengo que aprender a ver a ese hombre, no como un monstruo, sino como un ser humano con una visión retorcida del amor. ¿Acaso me va a ayudar a sanar saber que me amó a su modo? ¿Saber que la forma como mi padre me amó se parecía tanto al odio? ¿Acaso aprenderé a confiar en un hombre si acepto que fui amada por mi padre de una manera que me produce asco?
 
 
SOBREVIVIENTE.
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