lunes, 13 de agosto de 2012

Mientras más pierdo, más gano


Logrando lo extraordinario



Una de las razones por las que los sobrevivientes seguimos guardando silencio incluso muchos años después del abuso, es el miedo a perder a las personas que son importantes para nosotros. Pensamos: si lo digo, mi madre me va a odiar. Si lo digo, mi padre nunca me perdonará. Si lo digo, mi hermana no me volverá a dirigir la palabra. Si lo digo, mi tío nunca volverá a casa. Si lo digo, la abuela no querrá saber nada de mí. Mi madre se moriría, si yo lo digo. Mi hermano iría a prisión y no lo volvería a ver, si lo digo. Mi prima se alejaría de mí para siempre. Mi esposo me dejaría, si lo digo. La lista sería interminable si cada uno de ustedes da sus razones para no decirlo. La verdad es que es muy probable que al decirlo, las relaciones importantes a nuestro alrededor cambien para siempre y en muchos casos queden irremediablemente rotas.

Recuerdo haber leído en algún sitio: “Ninguna familia sobrevive a la revelación del secreto del incesto. Por lo general, sobreviene el divorcio y la desintegración de la familia”. Y pensé, mi madre nunca se divorciara. Seguramente lo que pasaría si lo dijera, es que me odiarán para siempre y no querrían verme jamás. Bueno, mi familia no sobrevivió a la revelación del incesto. Mis padres se divorciaron. Nosotros seguimos juntos aunque en los primeros años posteriores al divorcio, la relación de todos conmigo, no marchaba del todo bien y parecía fracturarse inevitablemente. Afortunadamente luego de una década de malabares familiares, sobrevivimos y seguimos unidos. Mi padre, en cambio, malvivió los últimos años de su vida.
Las pérdidas humanas ascendieron a un número mayor del que yo habría imaginado. La familia paterna en su totalidad se perdió. Primos, primas, tías, tíos, hasta el gato… todos ellos me consideraron demente, loca, traidora, malagradecida, débil. Cargué con toda la culpa según ellos y su código incestuoso de vida. Podemos sumar a las pérdidas humanas, todas las relaciones no familiares que intenté antes, durante y después del proceso de sanar, que ya sea que se alejaron de mí por “ser rara”, por hablar de temas inapropiados y totalmente desagradables (léase incesto), por mi incapacidad para elegir parejas sanas y luego (en consecuencia) por mi incapacidad para mantener una relación de pareja, por estar deprimida todo el tiempo, por estar enojada todo el tiempo; o bien que yo me alejé de ellas por no apoyarme en el proceso de sanación, por abusivas, por machistas, por tratar de controlarme, por no comprenderme, por no quererme, por traicionarme (hubo un tiempo que no estar de acuerdo conmigo, era considerado alta traición), por no pasar mis cuasi imposibles pruebas de lealtad…

El número de bajas ha sido enorme.

Sin embargo, al pasar de los años, llego a una conclusión: no perdí a nadie. No fueron pérdidas. ¿Cómo podría lamentarme por haber perdido al tío que me dijo “Mejor que perdiste tu virginidad con tu padre y no con un desconocido”? Sacar a alguien así de mi vida fue una ganancia. No quiero a un pervertido como él cerca de mis hijos, ni en las reuniones familiares. ¿Podría lamentarme por perder al novio que me presionaba para tener relaciones sexuales cuando yo no lo deseaba? Si no respetaba mis decisiones en aquellos tiempos no veo cómo hubiera llegado a respetarlas luego de 20 años de matrimonio. ¿Me lamento acaso de haber perdido al primo abogado que dijo que estaba tratando a mi padre como a un criminal y que la única culpa soy yo porque no pude mantener la boca cerrada? No, y me alegra saber cuáles son las convicciones de ese abogado para no recomendárselo a nadie que busque justicia. ¿Sería de lamentar haber perdido a la prima psicóloga infantil que dijo que soy una exagerada, que no es para tanto, que debería estar agradecida con mi padre por todo lo que me dio en lugar de echar al viejo a la calle y armar un escándalo?

Si reviso caso por caso me doy cuenta que cada una de esas personas era nociva para mí en alguna forma. Que duele cuando alguien de quien se espera compresión, afecto, apoyo… nos da la espalda. Sí, duele y duele mucho. Pero mientras más rápido se han ido estas personas de mi vida, ha sido menor el daño pues han pasado 14 años desde que dejé de guardar el secreto y han sido 14 años sin estas personas nocivas en mi vida. No quiero imaginar el impacto negativo que cada uno de ellos podría haber causado en 14 años. En cambio, me quedé con las personas que me ayudaron y me siguen ayudando, de una u otra manera, a ser un mejor ser humano cada día. Mi crecimiento personal ha sido enorme, me enorgullezco de ello. El abuso ya no es el tema de mi vida. Es un hecho fundamental, pero sólo eso, un hecho. He tenido grandes logros. He dado pasos firmes. Esas pérdidas, han sido mi ganancia pues esas personas sólo saben tirar hacia abajo y yo voy en franco ascenso.
A ellos, sólo queda decirles: háganse a un lado que tengo una vida para ser feliz.

CONY DIAZ

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