miércoles, 20 de abril de 2011

UNA CARTA DE AMOR A MI ENOJO

Hay personas que me dicen que no debo sentirte. Ellos te juzgan como si tú fueses algo malo que haya que eliminar. Sugieren que tengo resentimientos cuando te experimento y que debo liberarte para lograr la “paz interna” y “ser sanada”. Me hacen sentir como si tú fueses un agravio detestable, hasta malvado, que me convierte en un monstruo imperdonable.


Tampoco quieren saber acerca de ti ni POR QUÉ estoy enojada. No les interesa cómo me siento. Por el contrario, me dan consejos y sermones. Tienen miedo de escucharte y entender lo que representas, por eso te juzgan solo cuando apareces en su interior o a su alrededor, y creen que eso resuelve el problema que les planteas.


En mi infancia, una guerra feroz fue peleada en tu contra, la cual me obligó a eliminarte de mi alma y de mi repertorio emocional. Luego, continué esta lucha contra ti por mí misma porque quería ser buena y clemente –perfecta- según todos esperaban que fuera. También me desconecté de ti porque experimenté a mi encolerizada madre siendo tan repulsiva y aborrecible que hice lo posible por no parecerme a ella. Esta fue otra razón esencial por la cual te silencié. Me dio dolores de cabeza y otros síntomas físicos, hasta enfermedades; además de sentirme miserable, confundida, disgustada y sin poder dormir. Cerrándome a ti me convertí en una servil y sumisa esclava, sin verdadera voz propia, que no podía hablar ni tenía poder sobre su vida.


Cuando era una adolescente, recuerdo que aparecías en lo oculto cuando aún no tenía conciencia de tu existencia; entonces, me refugiaba en el silencio. Era notorio no hablarle a mi familia por días, incluso cuando salía hacia la escuela ni siquiera daba los buenos días. Más adelante, hice lo mismo en otras relaciones cuando, en vez de expresar mi opinión, me escondía en el silencio que me había sido impuesto desde la niñez.


Nunca podré olvidar mi primer encuentro consciente y terrible contigo. Lo recuerdo con gran tristeza, vergüenza y horror porque me había convertido en algo que siempre había odiado: una persona furiosa y enojada igual que mi madre, que dirigía su ira contra su propia hija. Mi hijo tenía sólo tres años y su hermano dos cuando sucedió. Los observaba en el jardín a través de la ventana de la cocina mientras se mecían en un columpio de madera. Mi hijo mayor sostuvo el columpio en sus manos, pero al soltarlo éste rozó muy cerca la cabeza de su hermano menor. Salí furiosa y exploté haciendo lo que nunca hubiera querido hacer a uno de mis hijos: azotarlo; así golpeé a mi hijo mayor. Aunque me arrepentí de inmediato y sinceramente de lo que había hecho, me arrodillé a su lado tratando de consolarlo; mi hijo, un niño que jamás había sido golpeado, lloró por más de una hora en estado de choque mientras respiraba dificultosamente. Me sentí devastada y profundamente abatida. El cuerpo vulnerable e indefenso de mi hijo y su alma apenas en evolución recibieron un trauma. Su confianza hacia mí, su propia madre, se había roto. Lloro profundamente mientras escribo estas líneas muchos años después, pensando en esa severa y profunda traición llevada a cabo contra la confianza de mi hijo y mis propios valores.


Me había convertido en una abusadora porque había olvidado y perdonado los abusos cometidos por mis padres. Había dirigido mi ignorada, vieja y encerrada furia y odio, originalmente dirigidos hacia los abusadores, contra mi hijo indefenso. Seguí su ejemplo mientras usé la violencia y el enojo para matar los sentimientos de mi hijo, igual que los míos ya reprimidos.


Mi hijo necesitaba mi entendimiento y protección, pero no el violento arrebato de enojo que nunca me había atrevido a enfrentar. Un volcán producto de una furibunda niñez irreconocida y demás problemas explotó y fue la razón real de mi acción cruel. Golpeé a mi propio hijo fuera del dolor y la ira inconsciente que había permanecido dormida dentro de mí y que nunca pude experimentar hacia mis padres y mi niñera. Golpeé a mi propio hijo -en la misma manera en que yo había sido silenciada durante mi niñez- ignorando mis propios sentimientos y sufrimientos, y tratando de ahogar mis viejos celos que el rechazo de mis padres y el vil favoritismo habían enardecido. La acción de mi hijo había despertado en mí sentimientos dolorosos que nunca nadie había escuchado, entendido y reconfortado. Los gritos de dolor ignorados, y mi deseo de eliminar a mis hermanos y hermanas para poder estar cerca de mis padres de nuevo, se manifestaron de manera injusta y destructiva hacia mi hijo. Fue en la terapia donde aprendí por qué no podía ser la madre que deseaba ser: protectora y compasiva, capaz de explicarle a su hijo acerca de una peligrosa situación cualquiera, mientras éste le expresaba sus sentimientos.


Cuanto más me daba cuenta, a pesar de mis fuertes intenciones, de que no podía ser la amorosa madre que quería ser, y mientras luchaba con un matrimonio conflictivo, entré en terapia. Bueno, querido enojo, tú empezaste a aparecer en la terapia para iluminarme en cuán terrible y dolorosa había sido mi infancia y en lo furiosa que me había convertido. Empecé a darme cuenta de que tú tenías el poder de proveerme con la perspicacia, la fortaleza y el coraje para confrontar mi pasado, enfrentar mi realidad, afirmarme a mí misma y encontrar y defender mis propias necesidades y valores.


Me había convertido en una abusadora porque había olvidado y había perdonado los abusos cometidos por mis padres. Había dirigido mi ignorada, vieja y encerrada furia y odio, originalmente dirigidos hacia los abusadores, contra mi hijo indefenso. Seguí su ejemplo mientras usé la violencia y el enojo para matar los sentimientos de mi hijo, igual que los míos ya reprimidos.


Mi hijo necesitaba mi entendimiento y protección, pero no el violento arrebato de enojo que nunca me había atrevido a enfrentar. Un volcán producto de una furibunda niñez irreconocida y demás problemas explotó y fue la razón real de mi acción cruel. Fui la mayor de seis hermanos y había sido empujada a un lado más y más, sin permitirme compartir mis sentimientos de celos y mis necesidades de entendimiento y proximidad con los demás. Tuve que convertirme en la mayor, la razonable, la obra maestra que debía sentirse responsable por el bienestar de todos menos el de ella misma.


Golpeé a mi propio hijo fuera del dolor y la ira inconsciente que había permanecido dormida dentro de mí y que nunca pude experimentar hacia mis padres y mi niñera. Golpeé a mi propio hijo -en la misma manera en que yo había sido silenciada durante mi niñez- ignorando mis propios sentimientos y sufrimientos, y tratando de ahogar mis viejos celos que el rechazo de mis padres y el vil favoritismo habían enardecido. La acción de mi hijo había despertado en mí sentimientos dolorosos que nunca nadie había escuchado, entendido y reconfortado. Los gritos de dolor ignorados, y mi deseo de eliminar a mis hermanos y hermanas para poder estar cerca de mis padres de nuevo, se manifestaron de manera injusta y destructiva hacia mi hijo. Fue en la terapia donde aprendí por qué no podía ser la madre que deseaba ser: protectora y compasiva, capaz de explicarle a su hijo acerca de una peligrosa situación cualquiera, mientras éste le expresaba sus sentimientos.


Cuanto más me daba cuenta, a pesar de mis fuertes intenciones, de que no podía ser la amorosa madre que quería ser, y mientras luchaba con un matrimonio conflictivo, entré en terapia. Bueno, querido enojo, tú empezaste a aparecer en la terapia para iluminarme en cuán terrible y dolorosa había sido mi infancia y en lo furiosa que me había convertido. Empecé a darme cuenta de que tú tenías el poder de proveerme con la perspicacia, la fortaleza y el coraje para confrontar mi pasado, enfrentar mi realidad, afirmarme a mí misma y encontrar y defender mis propias necesidades y valores.


No se me ocurrió pensar que tú eras mi amigo y que podía aprender de ti. Más bien, te veía como un enemigo peligroso que necesitaba extinguir. Sin embargo, hasta ahora, ¡cuánto he aprendido de ti! En la terapia, cobraste vida, gracias a la aceptación de mi terapista. Fue una experiencia empoderadora, iluminadora y liberadora. Me ayudó a efectuar muchos cambios en mi vida. Aunque también me di cuenta que sólo podía cambiarme a mí misma, no a los otros, no a mis esposos. Me mostraste que era inaceptable para mí en mi primer matrimonio y que tenía el derecho humano de cuidarme amorosamente y satisfacer mis necesidades. Tú permitiste que esta percepción creciera gradualmente en mí hasta convertirse en una realidad interior. Tan pronto experimenté mis propias necesidades, me empoderé a realizar una importante decisión por mí misma sobre todo lo demás: dejar aquel matrimonio. También me enseñaste que podía ser una madre diferente, valiente, libre y sana si me rebelaba contra la hipocresía y los tranquilizantes, dejándolos detrás.


Durante ese tiempo, también empecé a entender que grande es tu poder sanador cuando regresé solamente por una sesión, con mi primer terapista pocos años después de haber terminado nuestro trabajo inicial. Poco tiempo después, tenía una picazón, habiéndose formado una fea y rojiza erupción alrededor de mi garganta que permaneció por semanas. Probé sin éxito cada tratamiento que pude encontrar.La erupción sanó solamente cuando te permití expresarte. Y se marchó luego de escribirle una carta de mi enojo a este terapista, la cual no llegué a enviar, aunque sí liberó dentro de mí muchas preguntas enojosas, sobre todo el por qué había permanecido por tanto tiempo en un difícil y sofocante matrimonio. Después que me mudé y empecé a vivir sola, la erupción regresó dos veces. Sólo las cartas escritas a ese terapista, a nadie más, pudieron eliminar cada vez la erupción; desde entonces, no ha vuelto más. Quizá te sentiste comprendido cuando finalmente escribí y envié la carta a ese terapista; él me contestó con sentimientos de remordimiento y tristeza.


Tú también me mostraste el camino de escape de mi segundo matrimonio, donde había quedado atrapada en un laberinto diferente, igual creado por mi niñez, el cual, eventualmente, me ayudaste a ver por dentro. Pero, sobre todo, tú me permitiste sentir y enfrentar las consecuencias de las acciones y actitudes de mi niñera hacia mí. Hasta que hablaste, yo la había idealizado porque ella había vivido conmigo como si fuese mi madre, marchándose seis años después, cuando yo tenía siete años de edad. Esta devastadora separación, que me produjo un dolor enorme y que surgió a menudo en la terapia, me había cegado. Aquella atesorada cercanía física que hubo entre nosotras –y que había sido despreciada, condenada y no practicada por mi madre- me hizo creer cuando niña que esta niñera me amaba verdaderamente. Esta niña se había aferrado desesperadamente a creer en el amor de su niñera, igual que en el amor de su segundo esposo. Como resultado, no me percaté, ni en la terapia, cuán cruel había sido esa niñera; y también como me había golpeado sin piedad; su frialdad al abandonarme ya que nunca regresó a visitarme luego de su marcha. Había cerrado firmemente los ojos para no ver las dolorosas experiencias vividas con ella, hasta que el término de mi segundo matrimonio quitó la cortina que tuve frente a mis ojos por más de cincuenta años.


Después que me separé de mi segundo esposo, tú surgiste en forma de dolor alrededor de mi cadera izquierda, el lugar donde la niña había sido golpeada y herida cuando ella era azotada, no sólo con las manos sino hasta con perchas y un batidor de alfombras. Tú me mostraste que estos abusos no sólo significaban tortura para una niña, sino cómo la habían subyugado y la habían obligado a la adulta, a aprobar y obedecer al hombre que amaba. Tú me diste el poder de darme cuenta de las consecuencias de la crueldad de mi niñera y de mis padres. Cada ataque cruel, cada justicia vil provocó nada más que terribles sentimientos de terror, culpa, dolor, soledad y miedo, forzando a la niña a creer que estaba equivocada, que era malévola y que era tarea de ella, y sólo de ella, aceptar la carga de la culpabilidad y la solución del problema el cual era ser obediente y cumplir con las expectativas, las exigencias y las órdenes. Mientras me comunico con el dolor en mi cadera, tú me permites ver cómo las personas pueden ser crueles conmigo y cómo su crueldad me obligó a ser sumisa. Finalmente, puedes manifestar tu protesta e ira contra la niñera idealizada. De este modo, reconozco y puedo dejar atrás mi rol de sirvienta complaciente, el cual fui obligada a asumir desde niña. Seguramente que no deseas que sea una servil esclava sin necesidades, sin voz, sin ser tratada con respeto y amor. ¡Gracias, querido enojo!


Luego del divorcio, el dolor alrededor de mi cadera se me había quitado, pero cuando distraje mis sentimientos tratando de reconectarme con mi segundo esposo, como amigos después del divorcio, sentí un nuevo dolor alrededor de la parte superior de mi brazo izquierdo. Era el lugar donde la niña era sostenida mientras la sermoneaban y le gritaban. Este dolor me hizo ver cómo la niña había sido sujetada en su desarrollo por la ira, la arrogancia y la rectitud. El dolor me advirtió a no ser agradable hacia alguien que se había convertido en sordo y ciego a mis sentimientos y necesidades. Me enseñó cómo mi niñera, padres y esposos, hasta mis terapistas, me habían atado a sus ilusiones y mentiras, y cómo empuñaron el poder para agarrarse de mí, poseerme y aprovecharse de mi espíritu, mi generosidad y mi vitalidad.


Los arrebatos de furia y violencia que tuve que sufrir cuando niña me retuvieron e impidieron mi libertad y mi vida. Mientras escuchaba mi dolor, tú hablaste, querido enojo, entretanto una fuerza intimidante se manifestaba: la compulsión de que debía ser agradable con los demás a cualquier precio, y lograr que todas las cosas estuviesen “bien”, sin importar que me hubiesen herido y defraudado; desorientado, traicionado y mentido; tratado con amor y respeto, pero sin sentimientos de culpa ni remordimientos, sin mostrarme su comprensión. La niña solamente quería sentirse segura de nuevo y poder creer que era amada. En cambio, en vez de percatarse de lo que ocurría y cómo era maltratada, su único propósito era crear armonía para ganar nuevamente a la “buena” niñera y a una madre que NO fuese capaz de asustarla.


Esa vieja niñez deseaba ansiosamente reunirme con un arrogante, mal agradecido esposo que usó mi entrega generosa y servicial para suplir sus necesidades hasta que mi enfermedad, surgida por el estrés, me impidió estar disponible para satisfacer sus deseos. Tuve que reconocer a un hombre egoísta que pretendió controlarme y manipularme. Enfrentar que había sido atrapada de nuevo en una trampa de niños. Fuiste tú, mi querido enojo, que hizo esto visible para mí, y cómo los horrores de mi pasado me habían programado para tolerarlo y soportarlo.


Lo que tú has compartido conmigo se convierte en conocimiento consciente; se sumerge en mi conciencia y luego me provee de información valiosa y hechos claros. Tú no deseas que yo sea una egoísta; que en vez de compartir, se haya aprovechado y se haya tratado a sí misma sin respeto, amor, consideración y cuidado. ¡Gracias por revelarme la verdad, querido enojo!


A menudo me he preguntado por qué atraes tanto rechazo, resistencia y condena. ¿Por qué en el mundo te dieron a mí? Evidentemente, te dieron a mí por una razón, igual que todos mis sentimientos. Ellos existen para protegerme de ser herida y lastimada, para guardar mi integridad, para salvar mi salud y mi vida. Mis sentimientos y necesidades verdaderas me hacen única, el ser humano que soy; ellos crean mi verdadero yo. Mis sentimientos trabajan para asegurarse de que mis necesidades son satisfechas. Tú estás claramente designado a surgir como una importante reacción auténtica de mi cuerpo, como un valioso, revelador y verdadero sentimiento propio. ¿Por qué las personas te juzgan con tanta dureza?


Tu condena se inició en mi infancia, donde tú, mi querido enojo, fuiste nombrado criminal y perseguido sin misericordia. El enojo era propiedad única, exclusiva e inherente del dominio de mis padres y otras figuras de autoridad. Fui enseñada a creer en un Dios que lo veía “todo”, lanzaba las personas al infierno, sostenía los “juicios finales” y castigaba con furia y colérica ira. Cada día de mi infancia estuvo lleno de “juicios finales” que me condenaban en las llamas ardientes de la culpa, miedo, vergüenza y el horror de mi supuesta maldad. Ese Dios parecía como un súper padre, la extensión y el partidario todopoderoso del ilimitado poder parental. Ese Dios me aterrorizaba e igual los temibles e intimidantes mensajes bíblicos. A pesar de que Jesús condenaba fuertemente a aquellos que provocaban el tropiezo de un niño, y enseñaba que sólo se podía entrar al reino de los cielos si nos convertíamos en niños, ese mensaje no impactaba en ningún aspecto en cómo yo era maltratada.


Dios y mis padres eran co-conspiradores. Eran una clase especial y escogida que podía expresar y sentir el enojo libremente hacia los impotentes. Mis hermanos, mis hermanas y yo fuimos víctimas constantes de su ira. Sin embargo, nunca vi a mis padres enojados con sus propios padres, hacia Dios o hacia autoridades importantes. Dios se parecía a ellos: tenía poder ilimitado y lo usaba para perseguir a cualquier persona o cosa que lo desagradara y tuviera menos poder que él.


La guerra del enojo contra mí empezó antes de que tuviese acceso al lenguaje y al conocimiento consciente. Mi madre ya había usado la violencia contra mí cuando era una pequeña bebé, menos de un año de edad, según ella misma una vez me dijo. Es temible y aterrador para mí imaginarme lo que esa violencia temprana hizo a ese pequeño cuerpecito; cómo me ha horrorizado y me ha abrumado su absoluta impotencia, torturándome con espanto, dolor y la anticipación ansiosa de más dolor y miedo. Ese pequeño cuerpecito no podía huir, ni protegerse a sí mismo de ninguna manera, todavía no estaba capacitado para formar palabras y pensamientos; no tenía consciencia para procesar nada. Ese cuerpo indefenso, tiranizado y consumido por sentimientos mutilados y devastadores, era nada más que sentimientos. “Siento, luego existo”, expresa el inicio de la vida. Qué desesperante debía sentir esa niña su existencia, qué indefensos sus esfuerzos de saber por qué era golpeada y qué podía hacer al respecto. La experiencia de la ira estaba fuera de su panorama. Desde sus inicios, tan pronto ella tuvo que confrontar la fuerza parental, su enojo fue liquidado y suprimido. No tuvo la oportunidad de entender de ninguna manera, lo que se suponía que debía hacer y qué le estaba ocurriendo. Y así fue como al final de su primer año, ella había cumplido con el propósito de su madre: no mojar los pañales.


La vida para este bebé significaba ser atacada, torturada, perseguida, y en la búsqueda de encontrar una forma de lidiar con el dolor y el terror que le fue provocado. Aprendió temprano, a través de una forma inconcebible de comunicación física violenta, que su vida, sus sentimientos y necesidades –esa ELLA- no importaban. Fue considerada como una cosa y tratada como una posesión que se suponía no debía molestar ni ser una carga para sus padres. Tuvo que usar toda su energía, fuerza y vitalidad para enfocarse exclusivamente en las exigencias de ellos. No podía experimentar la paz en su interior, ni conocerse, ni estar con ella misma. Tuvo que ganarse su existencia complaciendo los deseos de sus padres.


Si tú y yo, querido enojo, hubiésemos estado a su lado y sido testigos de mi madre atacando a ese pequeño bebé, nuestra afrenta lo hubiese salvado de esa cruel mujer sin piedad tomándolo en mis brazos para siempre. También le diría lo que pienso de su barbárica brutalidad. Y de su ineptitud para ser madre. A menudo me pregunto por qué no hubo nadie del lado de ese maltratado y solo bebé, por qué es todavía legal hacer esto a bebés y niños, y por qué publican libros donde golpear a un niño es correcto. Estos no son más que horrendos crímenes contra la vida y la humanidad.


El enojo era juzgado negativo sólo si un niño lo mostraba; un niño no tenía derecho a estar enojado, ¡sólo las autoridades! Te silenciaban con dureza como un condenable crimen de “contradicción”, “voluntariedad”, “arrogante desfachatez” o “pretensión inapropiada”. El enojo de un niño era considerado un delito estrictamente prohibido, castigado y perseguido; sin embargo, la ira de mis padres y mi niñera se desencadenaba contra mí libremente, sin control, en cualquier momento. Sus ataques viciosos, violentos o confabulados, y humillantes regían mi vida llenándome de un miedo mortal. Destruyeron mi auto confianza y arrebataron mi habilidad de analizar la realidad con precisión.


Estaba aterrorizada y en pánico cuando fui atacada con violencia, la cual siempre expresa enojo y odio. Es una mentira enfermiza el que la violencia se puede administrar “sin ira”, según afirman algunos acerca de la violencia contra los niños, los que tienen el arrojo y el descaro de defender su crueldad escondiendo la verdad. Durante mi infancia tú no podías ayudarme a desenmascarar esa inhumanidad, menos aún terminarla. Cualquier protesta de un niño indefenso, desprotegido e impotente lo hubiese puesto en gran peligro. Los azotes y los sermones amenazantes que sufrí cuando niña me aterrorizaron. Cuando ocurrían, sólo quería volver a sentirme segura y cerca del atacante, a quien no pude reconocer nunca como el perpetrador. Tal como tú, mi enojo, no te era permitido vivir, yo tampoco lograba sentir y menos ver enteramente que era la víctima abusada con una violencia inhumana. Fuera de aquella oscura desesperanza y confusión, el deseo porque todo estuviese “bien nuevamente”, permitió que la relación fuese “agradable de nuevo” y se convirtió en una adicción abrumadora.


Los adultos estaban convencidos, de manera inquebrantable, que tenían derecho a su ira, la cual convenientemente era designada y disculpada como: “es por tu propio bien”. Ellos creían que Dios les había dado el derecho de criticar, humillar, castigar, gritar y vociferar, hasta golpear a una niña no importando que pusiese en peligro su seguridad e integridad. Mientras ellos desahogaban su propia ira desinhibidamente, prohibían el enojo de la niña, exigiendo su autocontrol, al tiempo que le daban sermones acerca de cómo debía “recogerse ella misma”. Alegaban que yo merecía su crueldad y que los delitos cometidos por ellos mediante el abuso violento verbal y físico contra mí, era bien merecido y basado exclusivamente en MI propia culpa y faltas. Me vendieron su crueldad tiránica como un acto justo, mentira destructiva que extinguió toda la compasión por mi misma, contribuyendo a crearme una devastadora confusión y lavado mental. Parecían santos que no podían equivocarse, y que eran libres de cualquier responsabilidad acarreada por ellos mismos, sus acciones y sentimientos. De esta manera, hicieron imposible que yo estuviese de mi propio lado.


No obstante, si me hubiese atrevido a golpear a otro niño, hubiese sido sermoneada y castigada por ese acto malvado, por el mismo acto que marcó mi niñez y que tuve que sobrellevar y sufrir con frecuencia. Cuando niña, no podía ver a través de esa hipocresía repulsiva. Nunca se me hubiese ocurrido pensar en: “¿quién sermonea y castiga a los adultos cuando pegan o golpean a un ser humano más débil y vulnerable? ¿Quién los golpea a ellos cuando cometen errores? ¿Por qué esas autoridades poderosas tienen la fuerza y el derecho de inventar, mediante un capricho, todo tipo de pecados y arbitrariamente elaborar supuestos errores?”


Los sentimientos y necesidades de la niña, por encima de todo su enojo, fueron los pecados fundamentales. Todo el tiempo, mis padres y la niñera estuvieron inclinados a encontrar razones que reprobar en la niña, pero ninguno de ellos trató de escucharla, entenderla y cuidarla. ¿Cómo podía escapar alguna vez del laberinto de este astuto juego de fuerzas, de este peligroso e insano abuso de poder?


Se convirtió en mi estilo de vida durante mi niñez: perdonar la injusticia sin reconocerla ni protestar en su contra. No tuve otra alternativa que seguir aceptando la culpa injusta e inclinarme ante las mentiras, manipulaciones y violencia. Los adultos siempre tenían la razón, la niña era automáticamente presumible y declarada culpable. Ni la comprensión ni el perdón eran otorgados, por lo tanto, la niña fue obligada a creer, día sí y día no: “Estoy equivocada y siempre lo hago todo mal”. Se convirtió en su silenciosa, enterrada y profunda agonía interna que emergía durante la terapia como su herida más dolorosa y fundamental.


Nadie observó el sufrimiento de esta niña; nadie la protegió; nadie estuvo de su lado para hablar contra los horrores que ella tuvo que soportar. Por el contrario, todos le exigieron a ella que dejase la resistencia y soportara las injusticias cometidas en su contra con bondad eterna: siempre perdonando buenamente al poderoso, sus padres y la niñera, por todas las cosas que ellos le habían hecho. Ella los amaba y quería nada más que su amor y bondad, por lo cual hizo todo lo posible, incluso cargar con la cruz de los inmensos sentimientos de culpa que nunca debieron formar parte de sus tribulaciones. Pero su amor, su entrega egoísta y sus sacrificios no tuvieron respuesta. La violenta crueldad la condenó a una existencia sin esperanza en el oscuro calabozo de la soledad, el miedo, la vergüenza, la culpa y el aislamiento, sin dignidad ni respeto.


En la infancia existe una sola manera de sobrevivir: aceptar, disculparse y continuar con las agresivas actitudes y acciones humanas. Pero, luego, en la adultez, ¡hay una forma de escapar! Tú cambiaste mi vida, querido enojo, pues me permitiste ver a través de las mentiras, desenmascarar y rebelarme contra el cáustico juego de poder, dándome la fortaleza de ser lúcida y firme. Tú me diste la habilidad de decir que no, cuando no fui tratada con respeto. Tú me diste el conocimiento y la sabiduría para retirarme de relaciones no saludables, según me ibas mostrando mis realidades pasadas y presentes.


Ni como niña, ni por los años transcurridos como adulta, pude darme cuenta de lo que me habías enseñado: que NO ERA MI conducta, pero si la de mis padres y niñera, lo que estuvo lleno de resentimiento, equivocación, imperdonabilidad, fuera de control y maldad. Su comportamiento no hablaba más que del uso equivocado de la fuerza, la arrogancia y la crueldad. Aquellos que predicaban el perdón no practicaban el perdón. Se sentían superiores, poderosos, hasta omnipotentes, y siempre consideraban justificable cuando castigaban, degradaban y liberaban su ira contra débiles e indefensos seres humanos, actividad que hasta disfrutaban. ELLOS fueron los que cargaron con el resentimiento y los que tuvieron un enorme problema con el enojo. Sus almas y mentes no eran accesibles. No podían comunicarse ni abiertamente ni con la verdad.


Mientras más surgías en la terapia, más me mostraste cómo el sistema de locura humana había manipulado a la niña, lo que destructivamente imprimió en mí, y cómo todavía me persigue en la adultez llenándome de aversión y odio a mí misma. Tú me revelaste cómo me había programado para acusarme, a experimentar cada problema y adversidad de la vida como resultado solamente de MI culpabilidad irremediable y grado innato de maldad. Era la meta de toda pedagogía negra a la que yo tuve que someterme y obedecer sin voluntad propia. Los adultos tenían el derecho de tener una voluntad, no los niños. Esto se demostró por una enfatizada doctrina que tuve que escuchar una y otra vez. Todavía permanece grabada en mi memoria:


“Los niños con propia mente y voluntad, deben ser golpeados por detrás”


Los adultos nunca admitían sus errores, nunca estaban arrepentidos, por lo contrario, siempre estaban en lo correcto. Tenían la ley y la justicia de su lado. No había nadie para defender a un niño. Cada criminal tiene derecho a un abogado para asistirlo en la corte. La ley injusta de mi niñez unió junto a mis padres y la niñera, a los acusadores, jueces y ejecutores de un estricto sistema penal donde la acusada no tenía el derecho a un abogado ni a un juicio justo, sino permanecer en silencio sin la facultad de opinar y defenderse ella misma. Un niño no tenía ni derechos humanos ni legales, y aún no los tiene.


El terrible resultado fue que estuve aterrorizada de la vida y de cualquier conflicto. No tenía voz. No podía hablar de lo que veía, pensaba y sentía. Me impidieron tener necesidades propias y no tuve la oportunidad de satisfacerlas. Durante años, estuve convencida de que era incapaz de resolver problemas, por lo que nunca me atreví a enfrentarlos ni a lidiar con ellos. Tuve que dejarte a un lado, mi querido enojo y buen apreciado amigo, igual que a mis otros sentimientos y verdaderas necesidades. Los únicos sentimientos permitidos durante mi infancia fueron: agradecimiento, piedad, admiración y adoración de mis padres y de Dios. Las únicas necesidades permitidas fueron aquellas que mis padres, niñeras, religión y escuelas me endosaban y fomentaban. Por años, creí que mis necesidades consistían en seguir el ritmo que los demás exigían y esperaban de mí.


Durante un largo tiempo, no podía vivir con mi verdadero yo, por lo tanto me perdí de la vida. Estuve programada para enterrar mi cabeza en la arena, a creer ciegamente en las autoridades, y a servir y seguirlos como una esclava. Necesitaba tu poderosa vitalidad y entendimiento, y el apoyo de la terapia para reclamar mi verdadero yo y mi vida. Como siempre, yo había sido quien tuvo que cargar sobre mis hombros la culpa y el perdón, había sido obligada a creer que estaba equivocada y resentida si me hubiese atrevido a expresar mi propio y diferente punto de vista cuando hablaba y protestaba, y cuando no quería continuar unas relaciones por encima de la de mis padres. Cuando tú te manifestaste en la terapia, ¡me mostraste la salida fuera de esa locura! Tú te convertiste en un aliado y amigo que me permitió reconocer a las personas por quienes son, en vez de aceptar ciegamente cómo ellos querían que los viera y deseara ser vista según su egocéntrico punto de vista. Tú me diste el valor para saber cómo yo era tratada. Tú me salvaste de consagrar mi energía en anhelar y tratar de llegar a las personas que me habían herido y dañado, aunque éstas no sintiesen remordimiento ni estuviesen arrepentidas, ni tampoco mostrasen algún tipo de conocimiento al respecto.


Me siento tan agradecida de ti, mi querido enojo, que me diste la fortaleza de caminar el sendero de la dignidad y de ser verdadera conmigo misma. En lo más profundo de mi interior, siempre tuve ese anhelo. Tú no quieres controlarme o dirigir mi vida, sino protegerme y ayudarme a tomar conciencia de la realidad y de mi verdad. Todo lo que tú siempre necesitaste, y todavía necesitas de mi, es que te escuche, con respeto y cuidado, para que pueda aprehender tu mensaje, luego, sigues tu camino. Tienes la habilidad y el poder de mostrarme lo equivocado en mi vida y lo desacertado de mi pasado hasta que yo pueda comprenderlo, y realice los cambios necesarios para mejorar mi vida y afirmar mi libertad.


Aunque sólo acudes a veces para compartir conmigo lo que entiendes, los demás parecen creer que yo tengo un problema con la ira si me permito explorarte. Ellos me juzgan si trato de comprenderte y de que quiero aprender de ti. Te colocan en la categoría de las tan mencionadas “malas emociones” que deben ser “liberadas”. Hasta te condenan a pesar de que tienes tanto que decir, ¡sobre todo acerca de la niñez del ser humano!


Muchas personas, religiones, ideologías y sociedades se consideran ellas mismas compasivas, justas y humanas, sin embargo, tienen creencias llenas de resentimientos y prejuicios que alientan a sus seguidores, hasta permitirles odiar a otros y a actuar con venganza. Se presentan como verdaderos intolerantes, creencias odiosas acerca de “otros” que no les han hecho daño, pero que se niegan a seguir sus limitantes y autoritarias doctrinas. Ellos usan sus creencias para justificar sus crueles y vengativas acciones, y la difamación y condena de los demás, incluso luego de que estos han muerto.


Las llamadas creencias espirituales se enorgullecen de haber superado el dogma religioso. Sin embargo, se aferran a unas vagas, impalpables e indefinibles ideas esenciales acerca de la “salvación” y de una mejor vida, las cuales generalmente surgen de tradiciones ancestrales que también han servido de negación de sentimientos y de violentos tratos con los más vulnerables seres humanos. Estas tradiciones ni reconocen los orígenes de las llamadas “emociones malas”, ni la importancia de la ira en los sentimientos de todas las personas. Suprimen la más valiosa y esencial información que los sentimientos proveen acerca de la naturaleza verdadera y única de la individualidad, historia y desarrollo de cada ser humano. La ira y el odio son condenados como “sentimientos negativos”, aconsejando el perdón como panacea de sanación de todo tipo de enfermedades sociales, de conflictos y de relaciones personales, especialmente con nuestros padres. Pero, ¿funcionará esto? ¿Eres tú, querido enojo, algo sin sentido, uso y valor? ¿Serás un simple error, una equivocación, un loco antojo de la naturaleza que puede ser echado a un lado y enterrado sin mirarlo, sin las consecuencias que esto conlleva?


Tiene sentido el hecho de entender el perdón como un recurso de abandonar la venganza. Pero el objeto de la ira no es estar resentido o desaparecer, sino ser comprendida. He tenido la experiencia de cómo las personas pueden entender su enojo y sus causas: cuando las llamadas “emociones negativas” son escuchadas, y el deseo de venganza y el injustificado y ciego deseo del odio pasa.


Muchas creencias espirituales quieren que superemos las “emociones negativas” y nos dicen que solamente las “emociones positivas” son provechosas. Un famoso líder espiritual, el Dalai Lama, enseña: “Debemos también darnos cuenta de que estas emociones negativas no son sólo muy malas y dañinas para uno personalmente, sino que son igualmente perjudiciales para la sociedad y el futuro de todo el mundo.”


Si, estoy de acuerdo, exponer la ira y el odio en personas inocentes, sobre todo en niños indefensos, es un peligroso, despreciable crimen que crea violencia, enojo y odio desde la cuna en adelante, pero nunca, nunca la paz. La violencia contra los niños engendra más violencia. Aunque no estoy de acuerdo en que el enojo puede desaparecer solamente mediante la meditación.


El enojo ha sido comprendido como algo que nos da la fortaleza para romper con los aspectos destructivos que sufrimos durante la niñez; a apreciar nuestros sentimientos y necesidades y, por lo tanto, a amarnos a nosotros mismos; a definir nuestros verdaderos valores; a trabajar para convertirlos en realidad; a exigir nuestra humanidad y dignidad; a aceptar nuestro llamado. Nos provee del coraje y la fortaleza para pronunciar con fuerza la verdad. Nos permite comprometernos a terminar con la violencia contra los inocentes, sobre todo los niños indefensos, quienes todavía en nuestro día y edad, deben sufrir sin esperanza como víctimas de tanto inmerecido, irresponsable e injustificada incomprensión parental, crueldad, abuso e injusticia. El mayor, más peligroso, destructivo y dañino poder ilimitado de nuestro tiempo descansa en las manos de los padres de los niños.


La ira y el odio no desaparecen aunque lo deseemos y lo forcemos a ello. En su importante, fascinante artículo: “¿Qué es el Odio?” Alice Miller (alice-miller.com) escribe: “Yo también creo que el odio puede envenenar el organismo, pero solamente si es inconsciente y dirigido por cuenta ajena como sustituto de figuras o chivos expiatorios.”




Emociones de ira y odio reprimidas, desconocidas, solo crean devastación y destrucción soterrada. Debemos entender no solamente las causas y las razones de esos fuertes sentimientos, sino también los traumas y verdades que estos sentimientos nos piden destapar. El mundo se convertiría en un lugar menos contrariado y odiado, tan pronto la humanidad despierte finalmente de sus antiguas cegueras hacia el sufrimiento de los niños. Esto evitaría a padres, profesores, instructores religiosos y otras figuras de autoridad, de golpear a proteger a niños indefensos confiados bajo su protección, amor y cuidado, ausentes de conocimiento y emociones suprimidas en el nombre de la disciplina y la llamada educación “por su propio bien”.


La resolución UNO de 1996, exige que debemos considerar a los niños como seres humanos con derechos de vivir y crecer sin violencia y en dignidad. La violencia infligida en los más jóvenes, seres humanos más vulnerables, destruye el desarrollo saludable de sus tiernos y más vulnerables cerebros, que crecen dramáticamente durante los primeros años de vida. La crueldad y el maltrato negligente daña la formación de un intacto, saludable cerebro que puede sentir compasión por su propio sufrimiento y el sufrimiento de los otros, especialmente los de los niños. (Ver la nota al pie de la página) Estos críticos, imperturbables cerebros no se detendrán a justificar la violencia contra los niños, nombrada eufemísticamente como: paliza, bofetada y disciplina. Jordan Riak en "Nospank" escribe acerca de su lista de sinónimos de la palabra paliza en su panfleto: “Hablemos francamente sobre el castigo físico de los niños”. (Está disponible en red: http://www.nospank.net/castigo.htm.)


Antes me sentía culpable cuando te experimentaba dentro de mí, querido enojo, porque percibía que me habías convertido en algo que no quería ser: una niña mala o una adulta mala y despreciable. Cuando tú apareciste, creía que algo terrible me ocurría. Me sentí avergonzada de ser como mi madre. Pero, cuando la gente me dice ahora que tú eres malo y que no sirves a propósito alguno, siento cómo afloraste fuertemente en mí. Tú no estás de acuerdo en ignorarte a ti mismo a través de engañosas técnicas como: “meditación”, “estar centrado”, una forzada “paz interior”, “desatarte” y el “perdón”. Tú me respondes y me proteges ahora cuando otros me etiquetan como: “resentida”, “no recuperada”, “inclemente” o “no libre” cuando hablo acerca de ti o te muestro a los demás.


He llegado a la conclusión de que aquellos que predican el perdón y condenan el enojo están a menudo profundamente atormentados por su propia e irreconciliable ira. Rechazan reconocer su actitud enjuiciadora, irreverente, respecto a sus problemas con el enojo, y el dolor y el daño que le hacen a los otros. Pienso que ellos actualmente te temen, querido enojo, y de lo que tú les dirías acerca de su historia y sus vidas. Ellos niegan los sentimientos de los demás y no desean saberlos. Venden su negación, disfrazada de una decepcionante túnica de perdón que pide ser “liberada de la ira y del odio”, como una panacea de sanación. Pero esto no funciona, según muestran a menudo, tristemente, sus acciones destructivas y auto destructivas.


La meditación intenta derrotar los “sentimientos negativos” dejándolos pasar, para luego transformarlos en “centrados” y así obtener “paz interior”. Este concepto también ha entrado en el ámbito de la terapia. El trabajo de mi terapista estuvo influenciado por este concepto. Uno de ellos exigía que “el verdadero yo” era un lugar descrito por las palabras que inician con C: calma, compasión, centrado, creativo, confidente, corajudo y curioso. No mencionó el enojo a pesar de ser considerado la parte de la personalidad más informativa, importante y vital. No obstante haberte aceptado con certeza, querido enojo, cuando tú a veces te mostraste y no aconsejaste el perdón, él no te apreció verdaderamente ni tampoco te valoró. Ciertamente que no tomó seriamente la información que tú le proporcionaste. La razón es –estoy segura- fue que él mismo te evitó en su vida. Él fue el paciente y comprensivo terapista para todos. No confrontó sistemáticamente su propia niñez, por lo que no podía experimentar los sentimientos de indignación y atrocidad que ese trabajo hubiese manifestado en él. No aspiró a aprender de estos sentimientos acerca de sí mismo, su pasado, su vida y sus necesidades verdaderas.


Creo que no tenías espacio para la vida personal de mis tres terapistas. Ellos todavía vivieron como los impotentes, compasivos, buenos niños quienes desearon crear armonía. Los tres fueron influenciados por tradiciones espirituales. Tú no fuiste un sentimiento bienvenido, reconocido ni apreciado por ellos, que les permitiera descubrir la verdad acerca del dolor de su niñez. Al final, dejé de trabajar con ellos porque me sentí mal dirigida y traicionada. Sin el reconocimiento del rol vital que tú juegas confrontando mi niñez y lidiando con mi realidad presente, no podía convertirme en un ser humano auto confidente porque tú, mi querido enojo, eres especial en sumo grado, y parte esencial de mis sentimientos y mi verdadero yo.


Me tomó largo tiempo darme cuenta de tu importancia y de darte la bienvenida. Ahora, nuestra relación ha cambiado; tú te has convertido en mi amigo. Mientras me comunico de manera física y emocional por medio de las cuales mi cuerpo expresa viejos dolores, tú me revelas cada vez mas profundos niveles de cómo los horrores de mi niñez me han mal dirigido y aprisionado atándome a personas destructivas.


Mis experiencias contigo son fascinantes e iluminadoras. Cuando te escucho con respeto –o hablo de ti con alguien que me entiende y me escucha, y comparte el por qué estoy enojada- entonces, sé que tú te sientes aliviado porque tú también puedes expresarte y sentirte comprendido.


Cuando te he escuchado, tú me calmas y me das paz interior. Lo que me revelas se convierte en un hecho. Me das la facultad de ver la realidad sin tapujos. Tú me concedes claridad acerca de mi pasado y mi vida presente. Tú me has dotado de auto confidencia. Tú me facultas con fortaleza. Hoy, puedo tratar a los indefensos con respeto y compasión, y hablar la verdad con autoridad. Hoy sé que todos los sentimientos transmiten informaciones sumamente importantes si las respetamos y estamos abiertos a éstas.


© Bárbara Rogers, enero 2007
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